• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Enero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 23

 

 

¡Yo no soy un premio que hay que ganar!

(Aladdin)

 

Pasándome la mano por el rostro, hice muchos esfuerzos para que las ideas vinieran a mi mente y poder elaborar esa declamación, sin embargo, sólo podía sentir la ira rondando por mis venas.

En mi cabeza sólo daba vueltas posibles conjeturas del porqué Adam había sido tan estúpido de dejar que todo se hubiera ido a la mierda, y todo por una estúpida apuesta.

Intentando calmar mi natural mal humor, apenas termino la clase del señor Mansilla, me levante con prontitud dispuesta a irme de ese lugar; su sola presencia me estaba repugnando, sin embargo, necesitaba una explicación.

Tenía derecho a saber el porqué.

Volviendome hacía él, noté como él metía con lentitud sus cosas y parecía estar absorto en la nada.

- ¿Será que puedes explicarme que sucede? – le exigí mirandolo con mala cara - ¡merezco que me digas que pasó por tu cabeza y me hicieras esto!

- No sé que decirte – se pasó las manos por el rostro con expresión cabreada – fue una estúpidez.

- ¡Maravilloso! – exclamé con sarcasmo - ¿me vas a decir sólo eso? ¿qué sólo fue una estúpidez reírte de mis sentimientos?

- No sé de qué estás hablando – alzo las cejas con una mezcla de no entender.

- ¡Eres un estúpido, Adam! ¿lo sabías, cierto? – lo increpe con rudeza – pero ¿sabes qué? ¡puedes irte al infierno con todos tus amiguitos buenos para nada, que sólo saben reirse de los demás como si el resto fueramos juguetes!

- Te lo vuelvo a repetir – resopló con al boca apretada mostrando ignorancia – no sé de que estás hablando.

- Cierto, ya me lo dijiste - acomode mi mochila en uno de mis hombros y exclame con furia - ¡pero espero que tengas un buen viaje al infierno!

Volviendome con brusquedad, me salí del salón ciega, sin ver nada más que el sendero de salida y e intenté buscar un lugar seguro donde soltar mi rabia, mi pena y decepción.

Respirando hondo, deje escapar un suspiro y me dirigí a la biblioteca; ese era un perfecto lugar donde estudiar, escribir y esperar el seminario de Kijones.

La verdad es que pude adelantar varias cosas, e incluso, mi coraje me ayudó a hacer fluir mi creatividad y elaborar algunas frases para la declamación sobre como veía a las madres luchar sin desfallecer, con la gratuidad inscrita en su rostro y la palabra de aliento lista en sus labios.

Para aquello pensé en mi madre.

Luego de tener mis cosas listas, me dispuse a ir al gimnasio, pero me encontré con una sorpresa: un cartel señaló que no habría seminario de kijones.

Un punzada en la cabeza me hizo parpadear muchas veces, no teniendo claro si era porque no había entrenamiento o porque no vería a Adam.

Necesitaba con urgencia poner mis músculos a funcionar y es que todo dentro de mí ardía haciéndome sentir doblada y contracturada, por lo que, tratando de visualizar a Adam como la manzana envenada del cuento de Blancanieves me propuse buscar paz

Avanzando con paso calmo, me dispuse a volver a casa con la idea de buscar tranquilidad para mi alma.

De pronto, en una esquina, junto a unos casilleros, como si mi mente lo hubiera invocado, el odioso de Adam estaba afirmado cómodamente en una pared hablando con esa tal Paula Ferguson.

A pesar de que no estaban haciendo nada fuera de lo común, no fui capaz de seguir mi camino; mis ojos recorrieron cada detalle de su postura junto al gesto de sus labios y la mirada que le dirigía a la chica.

A pesar de que una voz interna me decía que debía pasar sin verlo, otra voz, más visceral, deseó estrangularlo con mis propias manos. Es estúpido, lo sé, pero es que no podía creer que se hubiera olvidado de todo lo que habíamos compartido y sólo hubiera producto de una estúpida apuesta.

O, quizás, no quiero aceptarlo

Agitando la cabeza como si intentara salir de un trance, un par de ojos castaños se cruzaron en mi campo de visión provocando que pestañara muchas veces.

- Hola – saludó Omar mirándome con extrañeza - ¿estás bien?

- Si – repuse llevándome la mano a la cabeza en tanto alcé la vista sobre su hombro reparando que Adam, en ese mismo instante, estaba viendo hacía acá.

- Te estaba buscando – Omar tomó una de mis manos y me jaló hacia un lado – necesito hablar contigo.

- No – replique y tire mis manos para liberarme de su agarre.

- Quiero aclarar las cosas – me indico muy serio mirándome con detención, en tanto, me di cuenta que Adam nos veía con interés.

- Yo también – estuve de acuerdo y, haciendo un manotazo , me dirigí con decisión hacia donde se encontraba Adam.

Aun cuando no estaba pensando con lucidez, estaba de acuerdo con Omar; Adam, al darse cuenta hacia donde me dirigía, abrió los ojos violentamente mientras la gemela Ferguson, que ni cuenta se daba, se rió de algo que seguramente ella misma estaba diciendo.

- Disculpa – resoplé colocándome entremedio de ellos y, sin ninguna delicadeza, lo mire sosteniendo esos ojazos azules – se me olvidó decirte algo.

- ¿A sí? – bufó tratando de ocultar su nerviosismo, porque sí, estaba nervioso. Había aprendido a reconocer cuando lo estaba y si, definitivamente, lo estaba.

- Eres un idiota – acercándome amenazandoramente estuve a casi milimetros de su nariz – y un torpe.

- Muy bien – resopló con expresión inmutable mientras sostenía mi mirada y preguntó con voz enronquecida - ¿algo más?

Apesar de que trate de pensar en otra palabra, ninguna venia a mi mente con nitidez, por lo que levante mi rostro y, sin más, tomando con mis dos manos su cuello, apresé su boca contra la mía y lo besé con fuerza.

Creí que se resistiría o que me tiraría hacia un lado, sin embargo, no lo hizo; alargó las manos y me apretó con fuerza, hundiendo su rostro en el mío, paseando su lengua a voluntad por mi boca como si en verdad disfrutará del beso.

Fue la sensación más grandiosa que he tenido, y es que sólo fuimos conscientes de los labios de los dos por un momento.

No sé cuanto duró ese beso, pero lo suficiente para que cuando me despegue de su contacto, sentí los labios hinchados y las mejillas ardiendo.

- Adiós – logré musitar luego de percibir de recuperar algo de aplomo.

Sin más, camine con velocidad hacia la salida de la escuela.

No veía nada, sólo era consciente de la ardiente sensación de que muchas lágrimas estaban a punto de salir, y cuando sólo me faltaban dos pasos para cruzar la puerta principal algo, fuerte y potente, tiró de mí hacía atrás, aprisionandome en el espacio de unos brazos, me llevó hacia un costado.

- ¿Dónde crees que vas? – preguntó Adam con ese tono ronco que tanto adoraba.

- ¡Suéltame! – exclame como si fuera un látigo tratando de zafarme de su agarre y es que había hecho suficientemente el loco para seguir poniéndome en evidencia.

- ¡Qué increíble eres! – repuso con su típico sarcasmo en tanto me sujetó con fuerza - ¡vienes, me besas y te vas como si aquí no hubiera pasado nada!

- ¡No es lo que crees! – proferí con molestia buscando la manera de liberarme - ¡eso no debería ser tan importante! ¡esto es sólo una apuesta!

- ¡No hables de esa estúpida apuesta! ¡y no puedo soltarte! – susurró con la boca pegado a mi oreja – aunque quisiera no puedo hacerlo.

Como si fuera en cámara lenta, él se acercó a mis labios. Sin poner resistencia, clave mis ojos en su mirada azul.

- No puedo, Laia – musitó con suavidad – aunque quisiera, no puedo estar sin ti.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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