• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Enero 2020

Príncipe de mis sueños

Capítulo 22

 

 

¡No es posible que un mundo que hace tantas maravillas sea tan malo!

(La Sirenita)

 

Durante días no supe nada de Adam.

Fue como si la tierra se lo hubiera tragado.

Ronald se sintió culpable de lo sucedido a lo que yo le dije que no tenía nada que ver; los celos de Adam eran algo que él mismo debía controlar, en caso contrario, sólo nos traerían desdicha y sospecha, pero que, indudablemente, él debía hacerse cargo.

Por mientras, Omar, como antes, se sentó a mi lado en los almuerzos, y volvió a contarme las muchas aventuras con las cuales me entretenía y de las que él gozaba con ser centro de atención.

- Puede que haya sido mejor que Adam se haya alejado de ti – me dijo una tarde en la que me acompañó a mi casillero – aunque sea mi amigo, tengo claro que tiene un genio de mierda que es mejor evitar.

- Gracias por tu ánimo – repuse un tanto cansada, y es que el tema de Adam me había abrumado un poc, que incluso pase una noche en vela pensando en cómo hubieramos resolver aquella estupidez.

Carlie, por otra parte, sólo acarició mi brazo mientras estabamos en clase.

- ¿Lo has visto? – le pregunté intentando disimular mi tristeza.

- La verdad es que no – nego con la cabeza y los ojos apenados – he tratado de hablar con él, pero se ha negado a hablar conmigo y con cualquiera que se le acerque a más de 2 metros. Él muy idiota se está aprovechando que su papá está de viaje para hacer lo que se le ocurra.

- ¿Y por qué hace eso? – desde mi punto de vista me parecía rídiculo que hiciera cambios tan absurdos a su rutina por mi supuesta culpa, aunque con él nunca se sabe.

- No quiere hablar con nadie – dejó escapar un suspiro.

Alzando una ceja, intenté no pensar más en el asunto, y después de clases, me aproxime hacia la oficina de admisión. Mientras espere que la señora Ortiga, la orientadora, pudiera darme datos para lo de las postulaciones a la unviersidad, Paula Ferguson entró en aquel lugar como si fuera la dueña del mundo.

Llevaba puesta una polera negra apegada al cuerpo, una faldita que apenas le tapaba las muslos, y unas enormes gafas color blancas.

- ¿Y tú? – inquirió mirandome como bicho raro.

- ¿Tú qué? – señalé cruzandome de brazo frunciendo la mirada. Aún cuando me asustó la vez que la escuché ese día en la baño, no tenía ninguna intensión de parecer acobardada frente a ella.

- ¡Qué bien te sienta la soltería, chiquita! – exclamó sacandose los lentes, mostrando unos ojos verdes y grandes, de puro contacto - ¡yo ya pensé que estabas con una depresión terrible!

- ¿Y porqué tendría que estar con depresión? – exclamé sin entender.

- Porque a nadie le gusta que le tomen el pelo – enroscó una hebra de su largo cabello en su dedo – aun cuando sean dos tipos tan guapos como Adam y Omar.

- ¿A qué te refieres? – todavía no sabía a lo que quería llegar.

- ¡A esa apuesta ridicula que hicieron! – profirió tocándose el pecho como si fuera una estupidez - ¡la verdad es que, incluso yo me la creí!

- ¿Que apuesta?

Sólo en mi mirada podía leerse lo totalmente desconcertada que estaba.

- ¿No me digas que esa torpe de Carlie no te contó? – inquirió abriendo los ojos como si no lo pudiera creer - ¡Todos en la escuela saben que Adam y Omar apostaron que ligaba contigo se quedaba con un boleto en primera clase, ida a vuelta, a las islas canarias!

- ¿Qué dices? – repuse como si mis oidos se hubieran abombado.

- Eso – arqueo una ceja dubitativa - ¿no lo sabías? – al ver mi expresión de terror, resopló - ¿en verdad creíste que Adam podía fijarse en ti?

Sintiendo que mi cara se volvía roja y blanca, al mismo tiempo, respire hondo. Como si fuera un crujido, algo dentro de mí se rompió en miles de pedazos.

- Gracias por decirmelo – resoplé cuando tuve el aplomo de hablar.

- De nada – respondió ella, como si fuera un eco lejano, en tanto salí de la habitación sintiendo que todo me daba vueltas.

Tragando saliva, intente decirme que no debía preocuparme pero no podía evitar sentir dolor y es que una mezcla de ira, rabia y pena se arremolinaron en mi alma, pugnando por salir afuera.

Fue en ese momento, en que me propuse correr a todo lo que daba por la cancha del parque en las mañanas de esa semana, hasta que esa estúpida sensación asfixiante se evaporara.

Fue en ese intertanto en que se me hizo costumbre sentarme en una banca frente a la laguna del parque y contemplar esa agua quieta con la intensión de no pensar más que en la nada misma.

Buscando concentrarme, me dispuse a respirar y llenar mis pulmones de aire, en cuatro tiempos, siendo consciente de que yo, y sólo yo, podía salvarse a sí misma y no caer presa de este dolor.

Fue por ello que hoy pude entrar a la clase de literatura con una actitud resuelta y, como hacía varios días, el asiento de Adam estaba vacío. Sacando mis cosas de la mochila, insisti en la idea de que toda esta ridiculez iba a pasar y podría volver a continuar con mi vida.

Carlie y Peter me miraron del otro lado de salón y yo los salude con la mano.

- ¿Laia?

La voz del maestro me llegó como si fuera de ultratumba y, pestañeando muchas veces, sentí un par de risitas mientras trataba de entender lo que me decía.

- Laia te pregunte si sabías algo de Adam – insistió el señor Mansilla.

- No, maestro – respondí un tanto incómoda.

- Puede que este enfermo – se apresuró a contestar Peter alzando a medias la mano.

- ¡Qué extraño! – exclamó el profesor – de todas formas, avisenle que vaya preparando su declamación. El concurso anual es en un par de semanas.

- ¿Declamación? – inquirí frunciendo la mirada. Adam no me comento nada y no tenía porque extrañarme. Estaba clara que habían muchas cosas que de él no sabía.

- Todos los años hay un concurso local donde los mejores estudiantes exponen una obra literaria inédita sobre distintos temas. Este año la temática es la valentía en honor a las madres, y por supuesto, Adam es nuestro representante en el certamen.

- Ya no más, maestro.

La voz ronca de Adam resono por toda la clase provocando que todos, incluida yo, se volvieran a verlo.

- Este año no voy a participar.

- ¡Qué bueno que llegaste, Adam! – exclamó el maestro con una sonrisa sin hacer caso de lo que decía - ¿te sientes mejor?

- Si – pasando por su lado, dejó un papel sobre la mesa y se encamino hacia su puesto con la vista fija en ese lugar.

- No tienes porque decidirlo ahora – indico el señor Mansilla con calma al notar que algo le pasaba – quedan varios días...

- No, maestro – lo cortó inflando los cachetes como quien se contiene de decir algo desagradable – no voy a cambiar de opinión.

Un silencio profundo se instaló en la habitación por varios segundo, y estirando los labios, meneé la cabeza.

- Yo lo haré, maestro – indique levantando la mano, mientras sentí que varios me miraron extrañados. Note como el señor Mansilla arqueo una ceja como si no lo esperará y me envalentoné – yo puedo hacerlo.

- ¿En serio? – acomodandose en el borde de su mesa, me dirigió una mirada asombrada.

- Haré un borrador y usted me dirá si le parece – afirme con seguridad.

- Muy bien – asintió, mirando de reojo a Adam, quien parecía con la mirada perdida – probemos.

Moviendo la cabeza, tome mi lápiz, y mientras el maestro nos pidió que dieramos ejemplos de héroes, me dispuse a escribir palabras con la que elaborar ese escrito y y volver a ser quien debía ser.

Quien quiero ser

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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