• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 2

 

Si sigues las pisadas de un extraño

(Pocahontas)

 

La maestra Natalia me ayudó a llegar sin problemas a la oficina de admisión.

Habíamos conversado mucho en el trayecto y, lo cierto es que realmente no sólo parecía una agradable persona, también era muy buena conversando.

Luego de entrar, ella se dirigió a una de las secretarias, las cuales estaban ubicadas detrás de un largo mesón. Con abierta familiaridad, como si fuéramos amigas de toda la vida, se volvió a mí y me abrazó.

—Bienvenida a esta escuela —me indicó antes de salir—. Cualquier cosa ya sabes dónde encontrarme.

Aquello me hizo sentir muy bien.

—¿Laia Cabral? —me preguntó de sorpresa una mujer de cabello muy blanco que, sin embargo, se veía en extremo joven—. ¿En qué curso estás matriculada?

—En el último curso —contesté con rapidez para luego cubrir mi labio superior con el inferior.

—Entonces —la mujer sacó una carpeta color café, tipo reciclado, y reviso su contenido—, estás en la clase del señor Mansilla. —Luego me miró con cortesía—. Te voy a entregar tu horario de clases y, luego, te llevaré a tu salón.

Asintiendo, sólo atine a suspirar. Ahora en verdad comenzaría lo que sería mi primer día. La secretaria entró a otro cuarto mientras yo deje descansar mis brazos sobre el mesón e incline la cabeza hacia adelante con los ojos cerrados.

—¿Qué significa esto? —gritó alguien de improviso.

Debió de haber sido a un metro de distancia, pero casi llegue a saltar del puro susto. Intentando ignorarlo, me mordí la lengua e intenté contar, pero no podía.

Mirando de frente, noté que ese alguien, probablemente un chico por su tono de voz, increpó a una agradable mujer rolliza con un tono tan amenazante que me pareció que iba a perder el control en cualquier instante, por lo que me dije que no debía mirar.

Lo que más odió en esta vida son las discusiones.

—Muchacho —la mujer le habló casi temblando—, son los cursos que hay. Lamentablemente este año no tenemos guitarra clásica y el director no pudo encontrar un profesor calificado.

—¿Cómo no son capaces de encontrar un profesor con un mínimo de preparación? —preguntó este furiondo.

—Ya te lo expliqué —La voz de la mujer parecía quebrarse—. Pero si quieres habla con el señor Director, él te explicará…

—¡No quiero explicaciones! —rugió él con fuerza—, ¡quiero mis clases de guitarra!

Sin darme cuenta, apreté mi mano hasta que mis nudillos se pusieron blancos, mientras rogaba porque la mujer que debía llevarme a mi salón no se demorará demasiado.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó la secretaria de cabello cano—. ¿Qué pasa, Paulette?

—Este chico necesita una clase de guitarra —le indicó tímidamente.

—Adam. —El tono de reproche de la mujer no me pasó desapercibido, por lo que levante la mirada para verla al rostro—. ¿Qué sucede contigo?

—Quiero mis clases de guitarra —repuso el joven, al parecer, menos violento que hace un momento atrás.

—Intentaré hablar con el señor Bustamante. —Los ojos azul piedra de la mujer titilaban con suma confianza—. Haré todo lo posible para solucionar este inconveniente.

—Está bien —resopló este con voz más calmada—. Confío en usted.

La mujer esbozo una sonrisa satisfecha y, acto seguido, me entregó una hoja en la que contenía mi horario.

—Aquí esta, querida —me indicó y agregó—: Adam va a tu mismo salón. Él podrá llevarte.

No sé qué cara puse, pero si estaba segura que esa idea no era de mi agrado.

—No te preocupes. —La mujer extendió su mano sobre la mía y la palmeó con suavidad—. No muerde.

Al parecer aquel muchacho murmuró algo que no entendí, pero estaba demasiado nerviosa por tener que caminar cerca de alguien que tenía trazas de energúmeno que no puse atención.

—Laia —insistió la mujer con tono amable—, él es tu compañero, Adam.

Lentamente, giré mi cabeza hacia un costado y lo observé de lleno: aquel chico que tanto me atemorizo era un muchacho un poco más alto que yo, de cabello claro y liso, cayéndole algunos mechones sobre la frente tapando uno de sus ojos azules. Él me parecía muy familiar como si lo hubiese visto antes, y pensé al observar como fruncía la frente que su aspecto no era ni la mitad de aterrador que el sonido de su voz.

—Hola —lo saludé con sequedad.

El muchacho, a modo de respuesta, emitió un gruñido por lo bajo. Seguramente ese era su modo de habitual de saludo.

—Gracias, querido. —La mujer pestañeó complacida—. Llévala al salón de literatura.

Avanzando hacia la puerta de salida dónde él me estaba esperando, estiré los labios y cerré los ojos mientras meneaba la cabeza dándome ánimo. Él, con un gesto de cabeza, me indico que lo siguiera por un pasillo y, luego, por una amplia escalera que estaba a un costado.

—Tu cara me es conocida. ¿Nos habremos visto alguna vez? —pregunté sin poder reprimirme. Estaba segura que en algún lugar podríamos haber coincidido.

—No lo sé —expresó arrugando la nariz y pasándose la mano por el cabello se destapó ligeramente el otro ojo—. No soy buen fisonomista.

—Yo tampoco. —Estiré los labios con algo de turbación y al ver que poco caso él me hacía, pregunté mirando a mi alrededor—. ¿Este es el camino que tengo que hacer para llegar a mi salón?

—Es una de las maneras. —El muchacho metió las manos en los bolsillos y con la mirada fija en el frente, torció el labio—. No te perderás. Eso sólo ocurre el primer día.

—Menos mal —suspire aliviada—, este lugar es demasiado grande. Tiene demasiados pasillos. —Indiqué a un lado que reconocí haber pasado hacía un momento—. Por ahí llegue hasta un patio verde, donde cada lugar me parece interminable…

—¿Tienes que hablar… tanto? —me indicó haciendo un gesto con la mirada como si estuviera agobiado parando en seco en la mitad de la escalera.

Como si no me importara, alcé los brazos y lo miré sintiéndome de lo más tonta. La verdad es que no iba a discutir con él por eso. Si no quería conversar, no pasaba nada. Arrugando la frente, dejó colgar su cabeza y caminando con rapidez, no tardo ni dos segundos en llegar al siguiente piso.

Pestañeando un par veces antes de reaccionar, camine con lentitud siguiendo su huella. Si él quería vivir apurado, pues por mí no tenía por qué detenerse. Al llegar al rellano, aprecie como él estaba al lado de una puerta con un letrero dorado en que se leía SALÓN DE LITERATURA.

—Aquí es —señaló haciéndome una venía para que entrara.

—Has sido tan amable —indiqué con algo de sorna e imite su gesto—. Se vale que entres tú primero.

Asintiendo como si aquello no se le esperará, asintió y entró; dejando escapar un suspiro, me dije que debía darme valor. Aquellos chicos no podían ser más pedantes que este engreído.

—Buenos días —me saludó un hombre apenas crucé el umbral—. ¿Eres Laia, no es así?

—Laia Cabral —afirmé con suavidad.

—Bienvenida. Soy el maestro Mansilla y este es el salón de Literatura.

Afirmando, esbocé una ligera sonrisa mientras apreté la correa de mi bolso.

—Podrías ubicarte. —El profesor coloco un dedo sobre sus labios, al tiempo que observó el universo de jóvenes del salón, los cuales apenas prestaban atención al escrutinio que hacía y me indico—. Tú puesto será ahí.

Con su dedo me señaló un lugar cerca de la ventana, justo al lado de ese chico malhumorado. Este, al darse cuenta a donde iba, alzo las cejas como si aquello hubiera una pésima idea.

Acomodándome lo mejor que pude, tenía en mente ignorar a ese pedante, por lo que abrí mi mochila y busqué mi cuaderno favorito de Star Wars cuando, sin preverlo, un par de ojos de miel estaban frente a mí.

—Tengo que darte crédito —expresó el chico arrogante que vi cerca en ese patio color verde—. Eres bastante listilla. No eres de las que se pierden a la primera.

Ahogando un bostezo, me tape la boca mientras estiraba los labios. Lo cierto es que no me interesaba nada de lo que ese muchacho pudiera decirme.

—Nos vamos a encontrar muy seguido por aquí. —El chico se mordió el labio apoyando su espalda en la breve pared que estaba a su costado—. Soy Omar. Omar Faures.

—Qué bien —expresé sin ánimo.

—¿Y tú? —resopló alargando la frase más de lo necesario e intentando rozar sus dedos en el dorso de mi mano.

—¿No tienes algo mejor que hacer? —repuse sacando mi mano de su contacto y cruzando mis brazos lo miré como si fuera bicho raro.

—¿No crees que estás siendo demasiado resentida? —Y al notar que no iba a responderle, inquirió—. ¿Cierto que esta chica es demasiado resentida, Adam?

Esto es mejor que mejor.

—¡Vamos a empezar! —indicó el maestro—. ¡Omar, vuelve a tu puesto!

Pestañeando divertido, el chico se dirigió a su lugar, en tanto yo respire aliviada. Intentando que esta versión paralela de Rebelde Way no me afectara, inspire aire. Mucho aire.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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