• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 19

 

¿Qué hace que alguien sea especial? Supongo que todo depende de que es único en cada uno de nosotros

(La Sirenita)

 

“Creo que nunca en la vida me había sentido así de dichosa.

Mi pecho se siente hinchado y enorme mientras que mis labios sonríen sin que pueda contenerlos...”

Esbozando una sonrisa, volví a contemplar las palabras escritas por mi madre en ese viejo cuaderno, el cual ella usó cuando cumplió los 16 años, volviendose mi regalo de los 15 y el tesoro que conservo guardado en el cajoncito de mi velador con llave en forma de corazón.

Acariciando, casi al descuido, el borde de una vieja foto de mis padres cuando eran un par de mocosos, aprecie con deleite la mirada de amor que ambos compartieron.

“Sólo tuve que verlo para darme cuenta que no existiría otro muchacho con el cual quisiera estar y es que Charlie Cabral es el muchacho más lindo y galante de la galaxia.

¡Me dice cosas tan lindas! ¡me habla con tanto amor que me derritó! Tiene un tonito trompicado, como si fuera un alemán, tratando de hablarme y esos ojos ¡esos ojos! ¡son de un color canela el cual adoro!

Intentando pensar como el amor nos transforma, inevitablemente recordé los nervios de papá al acercarse a la maestra Natalia. No era típico de él ser tan torpe y olvidadizo y aunque la idea de que papá pudiera sentirse así con alguien no fuera mi mamá, aún cuando fuera la Sensei que, digase de paso, me cae genial, no tenía para mí nada de atractivo.

Ella era la mujer más maravillosa del universo

Sin embargo, no podía olvidar que, al final del día, papá estaba solo.

Esa era la trsite realidad: después de que cada uno de nosotros termine su carrera universitaria, trazaremos nuestro propio camino y él seguirá preso de sus recuerdos.

Desde mi mirada de hija, aquello no tenía nada de malo: mi padre es un hombre que amó mucho a mi madre y demostró mucha fortaleza cuando partió, atesorando cada objeto con que había simbolizado su amor como si fuese el tesoro más preciado: el disco de Survivor, la pañoleta blanca que ella se puso en la cabeza cuando saliamos a caminar por la playa y que, ahora él, coloca debajo de su almohada y la fotografía del día en que se conocieron, la cual tomó mi abuela, un día de campamento de verano.

Dejando escapar un suspiro, cerré con lentitud el cuaderno y me quede mirando a la nada: no era fácil pensar en el futuro en la soledad de no tener a ese alguien especial con quien compartir la vida.

Camine hacia mi ventana y observe el exterior e inevitablemente mi mirada observé que en la calle, mi hermano Tom, como todas varias tardes, se paró frente a la casa a esperar a Karen. Ella, con una gran sonrisa, sale a su encuentro y lo acompaña a dar un paseo, comer un helado o dar una vuelta, y aunque sé que son sólo amigos, ellos disfrutan de su mutua compañía, todo en plan de amigos.

Adam me había confiado que su prima estaba medio enamorada de mi hermano, y lo podía creer; de hecho, me lo esperé, quizás por la forma en que lo mira cada vez que nos acompaña en las mañanas y la expresión alegre que coloca cuando se encuentran por casualidad.

Y así es

El amor aparece inesperadamente, arropando el espiritu dejandolo expuesto para ser conquistado por una tierna mirada o unos cálidos labios.

Mirando mi mano, roce con suavidad una pulsera de piedras cristalinas que me regaló Adam hacía un par de días.

—Es muy bello —indique mirando hipnotizada la joya.

—Es una forma de decirte que no me olvides.

—Es como si te estuvieras despidiendo —repuse un tanto perpleja.

—No se trata de eso —alzó una ceja— sólo quiero asegurarme de que siempre me recuerdes.

—Pero no será por esto —señalé su regalo y coloque mi mano sobre mi pecho— lo será por todos los recuerdos que pueda atesorar.

—¿Quieres ser mi novia?

La pregunta resono con tanta fuerza en mi interior que, por poco creí que me desmayaba y agradecí al cielo que Carlie nos interrumpiera para saber algo sobre el campeonato de Karate.

Solo hacía un par de meses que Adam y yo parecíamos dos extraños, y tan sólo un par de días las cosas cambiaron tanto que nos hemos vuelto inseparables.

Todavía no lo puedo creer

No deja de sorprenderme esta nueva realidad que estoy viviendo, y es que ahora Adam le da por agarrar mi mano mientras caminamos por los pasillos de la escuela. Eso lejos de espantarme, me causa gracia ya que, con la velocidad de un rayo, comenzaron los chismorreos, el cuchicheo en el casino y risitas, sintiendome casi de la farándula.

Sin embargo, no podía darle una respuesta.

Aún cuando todo mi ser lo deseaba, me daba cuenta de sobra como la loca de Paula Ferguson me mira con desprecio, casi como si quisiera destriparme. Estoy segura que en cualquier momento saca el cuchillo de la mochila y me apuña sin piedad.

Omar, en tanto, ya no se me acerca. Lo noté en la entrada de la cafetería, donde apenas saludó a Adam.

Pero no quiero pensar en eso. Después de todo, él que nada hace, nada teme y yo no tengo responsabilidad en lo que crea o piense Omar. Es más, se lo había advertido.

Hoy, sin más,  al entrar a la clase de literatura, noté la cara de sorpresa que puso el maestro Mansilla al vernos entrar en el salón. Por un instante, pensé que se le caerían los lentes de la impresión, no obstante, luego de salir de su estupor, nos miró con una sonrisa que no se despintó en todo lo que duró la clase.

Cuando tocó el termino de la hora, nos llamó a ambos y, luego de esperar que salieran los compañeros, palmeó con afecto el hombro de Adam.

—Tenía una sospecha —expresó con una sonrisa traviesa— ¡son una linda pareja!

—¡Guau, maestro! —exclamó él algo azorado y se volvió a verme mientras estiraba los labios como un ruego— ¡sólo espero que a ella también le guste la idea!

—¿Cómo no le va gustar? —resopló el señor Mansilla alargando una mano para apretar con suavidad mi hombro mirándome directamente— ¿sabes, Laia? No es que sea un metiche, pero —alzo los hombros como si quisiera disculparse— le tengo mucho afecto a este chiquillo —hizo un gesto con el mentón hacia Adam como si estuviera nervioso— por eso me parece estupendo esta noticia.

—Le agradezco, maestro —sonreí un tanto cohibida y es que podía notar en sus ojos el cariño que le profesaba a Adam.

—John, quiero que veas...

Sólo fue una fracción de segundos para que ver como los ojos de la maestra Natalia se abrieron de manera descomunal quedando como una estaca en la entrada del aula.

—¡Dime, por favor, que estoy viendo lo que estoy viendo! —le pidió al maestro sin dejar de vernos con una expresión de asombro.

—Asi es —indico este con orgullo —al parecer tenemos un lindo romance en ciernes, lo cual me tiene muy feliz —alzo la nariz hacia Adam y preguntó— ¿lo sabe tu papá?

—Lo sospecha —respondió este bajando la cabeza sin despintarse la sonrisa.

—Y me imagino que tú papá también —repuso la maestra clavando sus ojos en mí.

—Si —asentí con rapidez, sintiendo que hasta el cuello lo tenía tieso, pues me había encargado de negarlo todos estos días, no queriendo ser objeto de algún interrogatorio por ahora.

—¿Saben algo? —la sensei paseo su vista por el rostro de ambos y frunció los labios como si aquello que estaba viendo estuviera fuera de lugar. Tuvo esa expresión de suspenso por lo menos 30 segundos, para luego sonreír con ganas y extender los brazos— ¡es una hermosa noticia!

Abrazandonos con efusión, sus ojos brillaron de emoción.

—Vayan chicos —resopló con suavidad— aprovechen su tiempo.

Afirmando con lentitud, Adam, soltó mi mano y aproximándose al maestro, lo abrazo con mucha fuerza, para luego hacer lo mismo con la maestra Natalia.

—Gracias —susurró cuando salimos del salón mientras se pasó el borde de la manga por la nariz.

Extendiendo mi mano a modo de despedida, sólo pude dedicarles una sonrisa y es que no sabía que más decir. Todo esto se estaba volviendo demasiado intenso, por lo que sólo me contenté con el silencio.

Adam, en tanto, sólo miró al frente. Me abrazo por el costado y caminamos hacia la salida.

Sin poner mucha atención en nada a mi alrededor, mis pensamientos retuvieron esa  imagen emocionada con que el chico se abrazó a los maestros.

—Vamos al cine —señaló cuando estuvimos fuera de la escuela. Besándome en la cabeza, agregó —creo que hay varias pelis que podrían gustarte.

—¿Hay alguna de extremo romanticismo? —quise saber pestañeando con ensoñación.

—No son de mis preferidas, pero acepto —resopló torciendo el labio y, cubriendo mi mano la beso con fuerza.

—Me alegro —musité con voz queda— me complace saber que mi novio me acompañe aunque no le guste.

—¿Qué dijiste?

Quedandose parado donde estaba casi me caigo de la pura inercia pues yo segui de largo y Adam tiró de mí quedando estampada en su pecho.

—¿Qué cosa? —inquirí haciendome la tonta.

—¿Somos novios? —indico estirando los labios como si no entendiera nada.

—Podemos intentarlo, si todavía quieres —clavé mi mirada en el fondo de sus ojitos de piscina y eleve mis hombros aceptando algo que moría por hacerlo, por lo que me dije a mi misma que no se valía reprimirse. El tiempo es demasiado corto— veremos que es lo que sale de todo esto.

Dejando escapar una suave carcajada, Adam me mostró una sonrisa luminosa.

—Muy bien, señorita Laia —subrayó— o mejor dicho, mi hermosa novia.

Con el corazón alborozado, lo besé de pleno en los labios y, apoyando mis manos en su pecho, me juré que, pasará lo que pasará, sólo quería vivir esta historia y atesorarla en lo más profundo de mi corazón.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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