• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 18

 

El que nunca arriesga, se suele perder lo mejor

(Cenicienta)

 

—¿Cómo te fue en España, Claudette?

La pregunta del señor Claverie retumbo en el comedor como un eco lejano y es que nadie en la mesa había hablado desde que nos sentamos a cenar.

Adam se sentó frente a mí y, a su lado, esa rubia despampanante que parecía sacada de la revista Vogue, la cual parecía estar vestida para matar: ataviada con una blusa negra de tiras mostrando generosamente sus hombros junto a una pantalones anchos a juego que exhibían sus bien torneadas piernas como si fuera una modelo de pasarela.

—Excelente —indicó ella con una sonrisita— ¡tenía razón cuando me dijo que era un país maravilloso!

—Lo es —afirmó el hombre con amabilidad— España es un lugar mágico, con mucha historia y lugares para recorrer.

—¡Es precioso! sus calles, sus plazas, sus museos ¡es un lugar soñado! Me encantó visitar Madrid, Barcelona, Bilbao —se río y se volvió a Adam con expresión soñadora— ¿te acuerdas cuando fuimos a Mallorca por mis quince?

Este sólo asintió llevándose a la boca un generoso bocado de ensalada mientras estiraba los labios. Su mirada azul chocó con la mía, a lo cual baje los ojos, y es que no quería poner más en evidencia lo disgustada que estaba.

Sí. Estaba muy molesta pero no estaba segura si era porque estuve a punto de besarme con el rubio de ojos lánguidos o la actitud posesiva de esa chica que parecía decir “Es mío. No tocar”.

 —Las iglesias fue lo que más me gusto —indico suspirando con dramatismo— ¡son magníficas! ¡Tienen unos detalles que se mueren!

—Yo pensé que vendrías hasta el próximo año —señaló el padre de Adam esbozando una media sonrisa— cuando hable con tu madre la semana pasada me dijo que todavía te quedaban algunas materias que cursar.

—¡Mi mamá! —se río— ¡típico de ella! ¡a veces no entiende bien lo que le digo! Pero ya estoy acostumbrada —resopló con voz desinflada mientras alzaba con suavidad una ceja— de todas maneras, no puedo quedarme mucho tiempo. Dentro de poco tengo que rendir las finales —volviendose a Adam, preguntó mientras aleteó sus tupidas pestañas— ¿me irás a ver?

Elevando los hombros, Adam hizo un gesto de no saber y siguió metiendose en la boca una buena cantidad de lechuga.

—¿Qué estudias? —preguntó mi padre.

—Diseño de modas en París —indico con orgullo— en una de las mejores escuelas, Institut Francais de la mode —resopló en francés.

—La escuela de Pierre Bergé —expresé asintiendo con admiración.

—¿Lo conoces? —preguntó con sorpresa.

—Algo —alce los hombros como si no fuera gran cosa —tuve que hacer una pequeña investigación sobre la moda.

—¡Qué linda! —exclamó aplaudiendo con entusiasmo— ¡estoy segura que hiciste un buen trabajo!

Sólo pude sonreír ante su comentario, y no expresarle que ese tema no me interesa en lo más mínimo.

—¿Y ustedes son compañeros de curso? —dirigiendome una mirada, me preguntó dejando descansar su cabeza en medio de sus manos— ¿de karate, tal vez?

—Sia ambas cosas —respondí mirando el tenedor con algo de aburrimiento.

—¡No te lo puedo creer! —profirió e hizo un gesto de desdicha— ¿y cómo se comporta Adam? ¿es muy gruñón?

—No mucho —me pase una mano por sobre la cabeza mientras intente mostrar mi mejor sonrisa— pero es un buen partner.

—¿Es cierto, Adam? —preguntó la rubia mirandolo con intención.

—Bueno —el chico parecía respirar hondo y clavo sus ojazos en mí antes de decir— ha sido la mejor compañera que he tenido.

—¡Qué novedad es esa! —la chica se paso dos dedos por la frente como si aquello no le cuadrara— ¡es increíble!

—Tienes que creerlo, Claudette —el padre de Adam extendió una amplia sonrisa— mi hijo ha cambiado mucho gracias a esta jovencita.

Sintiendo que me ponía roja de golpe, mire para todos lados sin saber muy que hacer, mientras sentía la mirada insistente de Adam y esa rubia de diseñador.

—¡Oh, por Dios! —replicó ella mirando su fino reloj de pulsera— ¡tengo que irme! ¡le prometí a mamá acompañarla a visitar a unas amigas! —se volvió al dueño de casa— gracias, señor Claverie por esta deliciosa cena ¡cómo siempre, la señora Clapson se supera!

—Gracias por tus palabras —señaló la mujer entrando con una bandeja para retirar los platos— ¿no te vas a quedar a tomar un té aromático?

—No puedo, quizás otro día —ladeando su cabeza, le pestañeó a Adam— ¿podrías acompañarme hasta mi casa?

—No puedo, Claudette —el chico estiro los labios como si le doliera la cabeza y se tocó el estomago— siento el cuerpo pesado.

Dirigiéndole una mirada de reproche, movió la cabeza dándose por vencida; se levantó con delicadeza, y miro a los presentes.

—Buenas noches —y se llevó los dedos a la boca lanzando un beso.

—Dale saludos a tu madre, linda —indico el señor Claverie agitando su mano a modo de despedida.

—Se lo dire —volviendose hacia un lado, camino con elegancia hasta que se perdió de vista en el corredor.

—Es hija de una de mis abogadas de la firma —John Claverie vertió un poco de vino en su copa— ha sido muy cercana desde que Adam era pequeño. Venía muchas veces a pasar las tardes, de hecho, vive a un par de cuadras.

—¿También fueron compañeros en el jardín de niños? —me anime a preguntar un tanto curiosa de saber cuanto podía conocer esa rubia platinada mirando directamente al chico.

—Quiero hablar contigo —susurró Adam, quien se había parado de su asiento mientras el señor Claverie le servía vino a mi padre, ambos un tanto ajenos a lo que pregunte, pues estaban comparando cosechas y grandes reservas.

No teniendo muchas alternativas, lo seguí hacia la puerta blanca, cruzándonos con la señora Clapson, quien traía unas tazas blancas con líneas doradas y una teterita con un té con aromas.

—Tú dirás —dije viéndolo con expresión interrogante.

Apretando los labios, él sólo me miró como si tuviera algo atravesado.

—¿Quieres decirme algo? —pregunté con curiosidad y es que estaba a punto de creer que se había vuelto mudo.

—Si —asintió tomandose con dos dedos el puente de la nariz— Claudette es sólo una amiga. No quiero que te imagines cosas que no son.

—¿Cómo qué cosas? —inquirí intentando morderme la lengua para no destilar ironía— yo no me imagino nada, sólo pregunte si habían sido “amiguitos” desde la tierna infancia.

—¿De qué estás hablando? —farfulló con los ojos abiertos— ella es una antigua amiga, sólo eso.

—No estoy tan segura de eso —indique frunciendo la frente.

—¿Qué te estás imaginando?

—Eso —sentencie con seguridad —que tienes una chica y que para más remate la tratas mal a sabiendas de que viajado miles de kilómetros para estar contigo.

—¡Qué imaginación tienes! —resopló a con la mirada enturbiada— ¡Claudette no es nada mío! —entrecerró los ojos con sospecha y preguntó— ¿y tú? —acortó la distancia entre los dos —¿no será que tienes algo con alguien y estás tratando de justificarte?

—¿Yo? —me reí— ¡tú si que eres muy divertido! ¿y yo qué tengo que ver?

—No me has respondido.

—No tengo nada que responder —sentencié adelantando mi rostro con expresión retadora y pase mi lengua por entre mis labios resecos.

—¿A sí? —señaló este haciendo un gesto de que no me creía nada— quiero hacerte una pregunta —adoptando una actitud muy seria, me miró sin parpadear.

—Tú dirás —indique tratando de mantener a raya un temblor traicionero.

—Tú me dijiste que te agrado ¿cierto?

—Si —señalé moviendo apenas un hombro.

—Noté, además, que al parecer —se acercó un poco más— y espero no equivocarme, te agrado bastante ¿estoy en lo correcto?

—¿A qué viene todo eso? —mis mejillas se encendieron en el acto.

—A que quiero saberlo —su voz se relantizó, aproximando su rostro al mío, afirmó— porque para mí es muy claro.

Dejando escapar un suspiro, moví la cabeza hacia un lado y cerre los ojos. No quería ponerme en evidencia, pero me estaba resultando dificil.

—Me gustas, Laia —le escuche decir como si fuera un ruego pegado en mi oreja— más de lo que podría creer.

Sintiendo una suave presión en mi cabeza, me volví lentamente hacia él mirando de lleno esos enormes ojos.

—¿Te gustó? —preguntó él dedicándome una mirada expectante clavando su azul en mis pupilas.

Por un segundo estuve tentada a negarlo: por ningún motivo quería morir asesinada por la loca de la gemela dorada Ferguson, soportar la molestia de Omar, o esa rubia a la cual tenía la firme corazonada que estaba más que interesada en Adam

 Y por supuesto, no quería sufrir.

Adam Claverie era el chico más insoportable del universo, y razones tenía de sobra para evitarlo: malhumorado, distante y poco amable, sin embargo, eran esas mismas razones las que me empujan a conocerlo más, a escucharlo, y a sentir su tacto tibio sobre mi piel.

—Bueno —sostuve su mirada con algo de nervio mientras intentaba controlar un parpadeo— si, me gustas.

—¿En serio? —repuso con los ojos brillantes mientras extendía una amplia sonrisa, aproximándose más a mí.

—Si —asentí un tanto aturdida de haberlo dicho en voz alta y añadí con un risita— ¿No me crees?

—Por supuesto —atrapando mi mentón, lo acarició con suavidad— por eso creo que debemos hacer algo al respecto.

Como si tanteará el terreno, Adam adelanto su cabeza y acarició mi nariz con la de él, paseandola en círculos con calma por el borde de mi boca y, sin que me diera cuenta, ese sutil roce fue reemplazado por la suavidad de la carne de sus labios.

Fue en ese momento en que todo se detuvo para mí.

Los brazos de Adam me apretaron, mientras que mis manos rodearon su cuello acercandolo más sintiendo, con violencia, el calor de la sangre correr por mis venas, incitándome a profundizar el beso, como si con ello se me fuera la propia vida.

—Laia —murmuró junto a mi boca— no sabes cuanto había querido hacer esto.

—¿Besarme? —inquirí un tanto mareada por esa grandiosa sensación— no soy más especial que una de las gemelas Ferguson que, por cierto, —él se río— está loca por ti.

—Paula es sólo una compañera —apegó su frente con la mía— no es nada romántico si es lo que crees.

—¡Yo no creo nada! —proferí con suavidad— ¡lo mismo que de tu amiguita Claudette!

—¡Si lo crees, mentirosilla! —abrazandome con fuerza, arrimó mi cabeza hacia su pecho y, extendiendo su brazo, acaricio mi oreja a lo que yo, sin poder resistirme, deslice mi dedo por el contorno de su mandíbula— Paula y yo tuvimos una pequeña historia cuando estabamos en primaria. Nada del otro mundo y que, definitivamente, hoy no tiene importancia.

—Para ti, puede ser —repuse con enfásis— pero para ella no.

—¿Porqué estamos hablando de ella? —preguntó Adam como si no entendiera, y se giró para verme a la cara— ¿por qué no hablamos de un tema más interesante como, por ejemplo, de tú y yo?

—¿Tú y yo? —me reí y repetí— ¿tú y yo?

—Me gusta como suena —él besó la punta de mi nariz y aproximó su mirada a la mía— como me gustas tú.

Dejandome embargar por la dulzura de sus palabras, volví a sentir el roce de sus labios sobre los míos, donde me encontré perdida en un sentimiento tan sublime, que no estaba segura si mi corazón pudiera capaz de controlar.

A pesar de mis temores, decidí que, por ahora, lo disfrutaría abrigada en la calidez de Adam.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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