• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 17

 

Cuando las gotas de lluvia comiencen a caer, recuerda que sólo tú podrás llenar el mundo de luz.

(Blancanieves)

 

Sentada en el borde de la amplia ventana de mi habitación, me quede un rato con la vista fija en el horizonte.

Los primeros rayos del sol estaban adquiriendo ese tono anaranjado, el cual indicaba que pronto anochecería. Había llegado hacía un momento a casa, y en vez de alistarme para esa “curiosa” cena, me quede con la vista prendida en el cielo.

Sin que pudiera evitarlo, unas maripositas revolotearon en mi estomago ante la idea de compartir con Adam una cena, y no una cena cualquiera, sino una en su casa.

No estaba segura que había pasado con mi “compañerito” de literatura, o por el contrario hubiera sido reemplazado por su gemelo, pero me parece increíble que Adam, un tipo poco amable y considerado, se haya convertido en tan poco tiempo en el tipo más encantador del mundo conmigo.

—¿Puedo entrar? —la voz cauta de mi hermano hizo que me volviera saliendo de ese trance— hola.

—Hola —sonreí en tanto hacía un ademán para que entrará.

—Sólo quería saber cómo estabas —avanzo y se colocó frente a mí con lentitud— papá me contó que va a cenar a casa de un chico.

—Adam —murmuré con suavidad.

—¿A sí? —puso cara de intrigado y luego río— ¿y lo sabe Ronald?

—¡Él es mi mejor amigo! —bufé tirandole un cojin— ¡hace tiempo que nos dimos cuenta de que fue un error!

—¡Por supuesto! —resopló sin creerme nada— y como es tu mejor amigo, sabrás que Ronald viene estos días a Montillo —indicó mirándome de medio lado.

—¿Ronald? —inquirí aturdida— ¿cómo que viene? ¿cuándo?

Él no había dicho nada cuando chateamos ayer en la noche y eso se me hacía raro. La regla general es que siempre nos contamos, aunque claro, pueden haber unas omisiones de parte, sobre todo sobre ese chico, ojitos de piscina.

—Será que ahora —remarcó haciendo visajes con la cara— es más amigo mío que tuyo.

—¡Eso tendría que ser en otra vida! —repuse poniendo mi cara de “no discutas”, y es que apesar de que mi hermano siempre se ha llevado bien con Ronald, compartiendo numerosos juegos de basquet y pasandose en las tardes a la playa a tomarse unas bebidas con los camaradas, siempre él era MI mejor amigo, más que de cualquier persona en el planeta— ¡lo siento pero llegaste tarde a la repartición de amigos! ¡Ronald es mi amigo hasta la eternidad!

—¡Eres demasiado melodramática, hermana! —se río Tom— ¡cómo compadezco al pobre Ronald!

—¡Déjate de decir burradas! —le lance otra almohada del osito Pooh— ¿me vas a decir a lo que viniste o te saco la cabeza?

—¡Calma, calma Pohantas! —resopló colocando ambas manos frente a él para protegerse — ¡te diré a lo que vine pero si no me lanzas más misiles!

—Por tu bien lo espero —repuse parandome y es que mi hermano, algunas veces, era bastante engañoso.

—Estaba conversando con Steve ¿te acuerdas el chico pelirrojo de la zona norte? —asentí pues era uno de los sobrinos de la señora Pérez, nuestra vecina— y me comentó que Ronald piensa a venir a visitar unos primos en ciudad del Cabo —abrí los ojos entusiasmada pues una pequeña ciudad que esta a diez minutos de Montillo— y piensa que, a lo mejor, podrá venir a visitarnos.

—¡Qué fantástico! —exclamé feliz. Hacía tiempo que no veía a mi amigo y no tenía programado ningún viaje a Piamoncura hasta que terminará el semestre.

—Me alegra que te alegre  —Tom torció el labio con un poco nostalgia— siempre es bueno ver a los amigos.

Mi hermano había tenido que abandonar Piamoncura hace 4 años, por lo que estaba segura que a pesar de desenvolverse muy aquí, extrañaba la simpleza de un lugar como nuestro pueblo.

 —Creo que deberías tener a mano tu balón —resoplé intentando mostrarme animada— puede tengas un duelo a uno a uno, como en los viejos tiempos.

—Sería genial —bufó adivinando mi intención— pero no pretendo ser mal tercio. Sé que ustedes tendrán muchas cosas de que hablar.

—Pero no tantas como disfrutar de un buen partido —me acerque a mi hermanito y acaricie su brazo, y es que debía sentirse un poco solo; todos sus amigos de la escuela se fueron a distintos lugares y hasta la fecha no habían podido coincidir en ningún lugar.

—Gracias, linda —dejo escapar un suspiro y estiró los labios haciendo un gesto hacia la puerta— Por cierto, papá me dijo que no te retrases.

—De acuerdo —asentí esbozando una sonrisa— dile que ya voy.

Afirmando, mi hermano palmeó con suavidad mi mejilla  y salió de la habitación.

Con la mirada prendida a la puerta, me quede pensando en todas esas aventuras que viví en Piamoncura junto a mi hermano; fueron memorables nuestras fogatas en la playa, las fiestas de fin de curso y la guerra de bombitas de agua en el verano.

Puede que la nostalgia este haciendo mella en él y es que Montillo es una ciudad demasiado extraña para mi gusto.

Dando unos pasos hacia el espejo, sólo consideré arreglarme un poco; me tome el cabello en la chasquilla con un pinche negro y deje caer mi cabello hacía el lado, luego me aplique un poco de colorete, y al verme aprecie una mejoría en mi aspecto.

Con la intención de sentirme cómoda me vestí con mi jeans azul marino, la polera gris  que me queda floja en los costados, y una chaqueta verde corta y unos botines a juego.

—Hija —la suave voz de papá sonó lejana desde la abertura de mi puerta— ¿estás lista?

—Creo —alcé los brazos hacia el cielo para que me diera su opinión viéndolo con cara de inocencia.

—¡Estás bella! —resopló con una amplia sonrisa— ¡cómo siempre!

Acercándome a él, lo abrace por el costado, luego papá me dio un beso en la frente, y nos dirigímos para asistir a la dichosa cena.

Buscando la ubicación que recibí de Adam a través de google map, nos demoramos menos de diez minutos en encontrar la casa, la cual quedaba a unas cuadras de la  escuela en un pequeño condominio iluminado con faroles.

Con una tartaleta en las manos que Papá insistió en traerla de regalo, observe con atención los detalles de la hermosa casa de tres pisos de este rubio de ojos azules, el cual poseía unos muros revestidos de piedra de volcán y un antejardín con una simpática fuente de agua en que un querubín extendía las manos.

—Es una linda casa —murmuró papá mirando con agrado.

—Así veo —susurré pasando mi mano por su brazo, intentando mostrarme conforme, y es que al ver tanta opulencia no tenía muy claro lo que me iba a encontrar en ese lugar.

Papá tocó el timbre mientras yo recé que este sonara lo suficientemente alto para que no hubiera que tocarlo una segunda vez y, observando alrededor, sólo estire los labios a modo de sonrisa intentando que aquel gesto no se viera artificial.

—Buenas noches —saludó con cordialidad la voz ronca del padre de Adam.

—Buenas noches —contestó papá amablemente— espero que no hayamos llegado muy retrasados.

—¡Está muy bien! —extendió una mano hacia el interior de la casa— ¡adelante! ¡bienvenidos!

Caminando con cierto nerviosismo por una galería bastante iluminada, nos adentramos en el caserón notando que cada espacio estaba muy compuesto, acicalado con detalles en cobre, vidrio y metal, donde varias plantas de hoja ancha con su respectiva macetera de cerámica, le otorgaban vida a un pasillo dorado y resplandeciente.

Al llegar a un breve rellano, nos encontramos con un salón de colores pastel, de apliques donde colgaban unas guirnaldas de pequeñas luces, y unos sillones mullidos azulados.

En medio de la habitación, se encontraba Adam.

Aquel estaba con una mano en el bolsillo y una gran sonrisa de satisfacción. Su polera blanca con gris marcaba su pecho mientras que sus jeans claros le daban un toque relajado y a gusto.

Cuando sus ojos se encontraron con los míos, no pude evitar sentirme torpe.

—Hola —expresó con suavidad, adelantando un par de pasos para darme un beso en la mejilla y saludar a mi padre.

—Hola —respondí algo cohibida en tanto alzaba los hombros como si no tuviera otra opción que estar ahí y le entregaba la tarta.

—Es un placer tenerlos en nuestra casa —señaló el papá de Adam, indicando los cómodos sillones, los cuales eran de color verde pastel— por favor, tomen asiento.

Luego de agradecer nuevamente la invitación y expresar nuestra admiración a su casa, y Adam acomodará la tarta en la mesa de centro donde había algunas botanas y agua, una mujer, alta y distinguida, con el cabello recogido y una sonrisa amable, entró en la habitación con una bandeja en la mano donde traía un surtido de frutas en varias fuentes.

—Señora Clapson —señaló Adam pestañeando con diversión— quiero presentarle a Laia y su padre, don Carlos.

—Buenas noches —saludó ella con los ojos abiertos de la sorpresa— ¿eres tú, Laia? —se volvió al chico pestañeando con felicidad— ¡es muy linda! ¡qué bueno que vinieron! Hace tiempo que le dije a Adam que te invitará a...

—¡Basta, basta, mi querida señora Clapson! —profirió Adam abriendo los ojos y moviendolos con velocidad— ¡siempre tan impetuosa!

—¿Y esta tarta? —preguntó mirando curiosa.

—La trajmos nosotros —señaló papá con amabilidad.

—¡Qué amables son! —dirigiendome una mriada orgullosa, repuso— ¡está niñita me agrada?

—Señora Clapson —Adam parpadeo varias veces como si tuviera nervioso— ¿porqué no traes uno de tus pastelitos de cereza que te quedan tan deliciosos?

—¡Tienes razón! —se golpeo la cabeza con suavidad y desapareció tras una puerta blanca a un costado de la habitación.

—La señora Clapson siempre exagera —el chico sonrió apretandose la nariz mientras su padre parecía muy divertido con al situación— es muy agradable cuando la conoces.

—Me imagino —resoplé alzando una ceja mientras me apretaba las manos.

La verdad, es que no sabía que hacer y me giré hacia un lado apreciando una fotografía enmarcada en dorado donde se veía al señor Claverie con Adam muy pequeño, en un campo inmenso.

Me produjo mucha ternura

—Adam ¿porqué no llevas a Laia conocer el jardín? —indicó de pronto el señor Claverie —creo que a ella le agradará.

—Si hija —me animo mi padre al ver mi cara de susto— ve.

Como si estuviera resignada, observé como Adam se acercó a mí y extendió su mano. Intentando decirme que no podía ser tan cobarde, tomé su mano y lo acompañe al patio interior.

Fui consciente de cómo apretó mi mano y pasó su dedo pulgar sobre su dorso, de arriba hacia abajo, como si en verdad me estuviera acariciando, por lo que tuve que respirar hondo.

Lo más seguro que eran ideas mías

Avanzamos por un corredor hacia donde se encontraba un jardín muy grande adornado de árboles ornamentales y muchas flores de muchos colores, las cuales estaban iluminadas con luces led.

Apenas pusimos un pie en el verde césped, las regaderas comenzaron a disparar agua por todas partes, formando unos arcos de agua que parecían verdaderas cascadas.

Con la vista fija en el hermoso espectaculo, no me di cuenta cuando Adam se me acerco colocando el borde de su mentón en mi hombro. Así estuvo un largo momento, o eso me pareció.

—¿Te gusta? —preguntó con voz tenue.

—Tienes un jardín muy hermoso —indique con la mirada prendida en el verde del espacio.

—Era el lugar preferido de mi madre —noté como él se ponía rígido, por lo que me gire a verlo— a veces la odio con toda mi alma, y otras me quedo como ahora —sus ojos parecían estar fijo en algún lugar con un brillo cristalino donde aprecie un dolor genuino— como si estuviera oculto de todo el mundo.

Como si mi mano tuviera vida propia, esta se acercó a su rostro y acarició su mejilla con delicadeza. Al hacerlo, Adam cerró los ojos como si ese contacto lo calmará.

No podía decir palabras, sólo acompañarlo para que esa emoción que estaba prisionera en su alma, pudiera salir al fin.

—Me agradas —susurró mientras dejaba escapar aire y, atrapando mi mano con una suya, la movió con lentitud hasta que estuvo cerca de sus labios y la besó con fuerza.

Sintiendome acalorada, no era consciente de nada; sólo era contacto sugerente de su boca contra mi piel que provocaba que todo mi ser estuviera atenta a su presencia.

De pronto, él abrió los ojos.

Arrastrando mi mano cautiva sobre su rostro, con la otra, tiró de mí hasta quedar ambos, frente a frente, a pocos centímetros.

—¿Te agrado? —preguntó con voz queda mientras me observó con intensidad— digo, aunque sea un poco.

—Si —musité con la boca apretada— me agradas.

—¿Lo suficiente como para que te bese?

Pestañeando presa de la sopresa, mi cabeza, sin voluntad, asintió lentitud en tanto trataba de controlar mi desaforado corazón en tanto él se aproximaba.

—Buenas noches ¿molesto?

Haciendo un respingo de genuino susto me aparté hacia un lado con el rostro encendido; una chica de cabello largo y rubio nos miro con expresión asombrada.

—Adam querido —se aproximo a grandes pasos para colgarse del cuello del chico— ¡te extrañe tanto!

Sin querer ver ni entender nada, junte las manos sobre mis labios y, sin más, entre a la casa con una lágrima a punto de derramar.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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