• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 16

 

Cada Mujer lleva una sonrisa en su rostro y mil secretos en su corazón.

(Blancanieves)

 

Como si estuviera atontada, este día fue como si en realidad lo hubiera vivido en onda paralela.

Adam me acompaño todo el tiempo como si fuera mi guardaespaldas personal, y yo me deje custodiar por él con un disimulado desagrado, teniendo que esforzarme para no demostrar ante él y los demás lo absolutamente fascinada que estaba de contar con su compañía.

Y no era una empresa fácil.

Notaba que cada cosa que hacía o decía lo realizaba con tanta consideración hacía mí que, casi creí que me desmayaría de lo dulce que era y es que en un par de horas había descubierto un chico que nunca pensé que podría existir; porque si no lo hubiera visto nunca habría podido imaginar que en Adam podían existir esas demostraciones tan amables y tan llenas de ¿cariño?

No estaba segura de que iba todo esto, y sólo puedo decir que el chico fue tan gentil conmigo que al momento de entrar a la sala de Ciencias me apartó un puesto, extendió su mano para que me sentará y, acomodándose a mí lado, desarrolló su prueba y, luego de terminar el test, espero pacientemente a que acabará la mía. Luego, fue conmigo a entregar mi trabajo de historia y bromeó un momento con el profesor Nielsen respecto a los ejercicios de ingenio que él coloca para puntos extra al final de cada tabla, riéndose de algunos chistes que él escribe en los trabajos sólo para reírse de algunos personajes históricos.

Después de un par de horas, conseguí apartarme de él para ir a la secretaría para pedir unos formularios del campeonato de Karate; había olvidado entregárselos a papá para que lo firmará, cuando me encontré con mi querido progenitor leyendo algo en el mesón.

—¿Papá? —exclame con asombro colocándome a su lado.

—Hola querida —respondió enseguida, besándome en la cabeza.

—¿Qué haces aquí? —inquirí un tanto intrigada.

—Me llamaron por lo de tu campeonato y me pidieron si podía venir a firmar unas formas —sonrió como si fuera algo de lo más normal— ¡creo que alguien se olvidó de llevármelas!

—Lo siento —resoplé con las manos atrás moviéndome como una niñita pequeña— con tantas cosas había borrado eso de mi memoria.

—Buenos días —escuche decir a mi lado, apreciando enseguida a la maestra Natalia— ¿es tu papá, Laia?

—Si, Sensei —sonreí torpemente y lo tomé del brazo— él es mi papá —me volví hacía él— papi, ella es mi maestra Natalia y la Sensei de la que te he hablado.

—Hola —saludó él extendiendo la mano— Carlos Cabral.

—Natalia Torres —respondió ella respondiendo su saludo con amabilidad— tiene una hija muy talentosa.

—Lo sé —abrazándome por el lado, esbozo esa típica expresión de orgullo paternal— a ella siempre le ha gustado este deporte.

—Me alegra escucharlo —asintiendo la Sensei hizo un gesto a los documentos que tenía frente a él— ¿están listos?

—¿Qué? —profirió con turbación, y luego de unos segundos de silencio, indico con rapidez— creo, lo voy a revisar.

Mirándolo de reojo, lo noté más ansioso de lo habitual, por lo que entrecerré los ojos; si no lo conociera como lo conozco podría jurar que la presencia de la maestra lo puso nervioso. En tanto la Sensei sólo sonrió y miró su reloj.

—Agradezco su tiempo —expresó ella una vez que papá le entregó los papeles— ahora, sólo me falta que venga el señor Claverie, y todos estarán oficialmente inscritos.

—Gracias maestra —bufé con vergüenza. Por regla general, siempre recuerdo lo que debo hacer, sin embargo, creo que tantas cosas me estaban comenzando a pasar factura.

—No te preocupes, agradécele a tu papá por venir —sosteniendo la mirada de papá, indicó— señor Cabral, ha sido muy amable.

—No hay problema —resopló con más entusiasmo de lo habitual y gesticuló con rapidez— cuando quiera. Sólo tienen que llamarme. Vengo y usted dirá.

Parpadeando con extrañeza, empuje a papá a la salida de la oficina, sintiendo que me estaba abochornando.

—Debes irte papá. Tienes trabajo —mi voz sonó acelerada— y yo tengo clases.

—Gracias otra vez, señor Cabral —expresó la Sensei levantando la mano a modo de despedida mientras lo arrastraba al pasillo.

—Hasta pronto —respondió él extendiendo la cabeza.

Una vez afuera y lejos de la mirada de algunos fisgones, me volví a papá para mirarlo pudiendo apreciar una sonrisa boba en su rostro y una mirada luminosa, como si estuviera en trance.

—Papi —moví la mano ante sus ojos— ¿estás ahí?

—¿Qué ¿qué? —pronunció un tanto atontado— ¿pasa algo, corazón?

—Eso mismo me preguntó yo —sin querer indagar en lo que sucedía y atribuirle poder a algo, susurré— papi, tienes que ir a trabajar y yo tengo clase de química.

—¡Oh sí! —exclamó como si recordará donde estaba— tienes razón —mirando su teléfono, como si se disculpará, añadió con suavidad— se está haciendo tarde. Tengo que ir a trabajar.

—Si, lo sé —arqueando los ojos aliviada.

—¡Qué bueno verlo, señor!

Sólo alcancé a escuchar aquello y sin saber a quién le estaban hablando, aprecié a mi costado el rostro sonriente de Adam acompañado de un señor de aspecto muy formal, de expresión tensa y mirada intensa.

—¿Adam, cierto? —preguntó papá recobrando su acostumbrado aplomo, y saludándolo con cordialidad indico al hombre a su lado— ¿es tu papá?

—Así es —hizo un gesto de mirarlo y luego indico con una sonrisa curiosa— papá, este es el señor Cabral y ella es Laia.

—¡Así que tú eres Laia! —exclamó el hombre relajando su rostro y me saludo de beso en ambos lados de la mejilla— ¡por fin te conozco!

—¡Alto ahí, papá! —rezongó Adam con las mejillas acaloradas— ¡no te pases!

— Lo siento —susurró este como si se estuviera riendo, y volviéndose a mi papá, le extendió la mano y le hizo un gesto con la cabeza— ¡mucho gusto! ¿usted vendrá con Laia esta noche a cenar con nosotros?

—¿Cena? —inquirió él sin entender nada y mirándome como si le hubieran hablado en chino.

—Papá ¡me había olvidado! —resople sonrojada y ladee mi cabeza con pena— Adam me invitó a cenar esta noche.

—La invite hace tres días pero ella cree que me había olvidado —Adam cerró los ojos como si fuera una broma y clavando sus ojazos azules en papá, recalcó— ¡y por supuesto, señor, usted también está invitado!

—Por supuesto que me gustaría…

—¡Papá! —casi grite de lo nerviosa que me sentí y me acerque rauda para apretarle un brazo mientras le susurraba— no sé si recuerdas, pero teníamos planificado otra cosa.

—¿Qué cosa? —inquirió él sin entender nada, y frunció el ceño como una forma de que yo pudiera decirle de que se trataba eso tan importante pero, lamentablemente, mi super mega cabeza ya no podía generar buenas ideas, así que sólo lo miré con la esperanza de que dijera que no. Sin embargo, sólo dijo— cualquier cosa que tengamos, podemos posponerlo para después —volviéndose a ellos indico— será un placer cenar con ustedes.

—¡Estupendo! —palmeo Adam con una gran sonrisa— entonces, los esperamos a las 6 en mi casa. Le enviaré mi dirección a Laia.

—Encantado —volviendo apretar las manos de padre e hijo, me beso en la cabeza y me musitó— nos vemos.

Pestañeando con algo de incomodidad, no estaba segura de lo que estaba sucediendo en realidad y es que, después de lo de la mañana, sentí que estaba viviendo una realidad paralela.

—Voy a firmar las formas, hijo —besándolo en la mejilla, señaló— nos encontramos más tarde —acercándose a mí, me volvió a besar en ambas mejillas y sonrió— ¡me alegra conocerte, querida! ¡tengo muchos deseos de conversar contigo en la cena!

Asintiendo tontada, sólo estire los labios mientras lo observé alejarse por el pasillo central.

—¿Qué es todo esto? —le pregunte apenas ese hombre se alejó lo suficiente de nosotros.

—Nada —alzo los hombros con despreocupación— me olvide de llevar las formas a mi papá y tuvo que venir a la escuela a firmarlos.

—¡No te creo nada! —demande mirándolo muy de cerca, no tragándome eso; es más, podía apostar que era una forma de obligarme a aceptar su invitación.

—Créeme querida —tomándome de ambos hombros, me arrimo muy cerca de él que, incluso, pude apoyar mis manos en sus amplios pectorales— sólo es eso y me alegro de haber encontrado a tu papá para también invitarlo. Me cae bien.

—¿Así? —inquirí torciendo la nariz sin entender de qué iba todo a eso.

—¿Ocupados?

La voz alegre de Carlie me hizo volverme hacía un lado, descubriendo a mi amiga con una gran sonrisa mientras Peter la abrazaba de un costado y, a su lado, Omar que me dirigió una mirada enrarecida.

—¿Por? —preguntó Adam colocando su brazo alrededor de mi cintura.

—Me preguntaba si querían almorzar con nosotros —indico mi amiga con los ojitos llenos de felicidad.

—¿Qué dices? —me preguntó Adam haciéndome gestitos con la ceja y se volvió a ellos— yo creo que es una buena idea.

—Que tengan un buen almuerzo. Nos vemos después —resopló Omar volviéndose molesto y, sin esperar respuesta, se enfiló hacia la salida caminando con paso enervado.

—Tú te lo pierdes —bufó Carlie arrugando la nariz al notar que este se alejaba. Luego, se giró hacia nosotros y aplaudió cerca de sus labios— ¡estoy muy feliz!

Dándome por vencida, en ese instante del día, me deje llevar por el entusiasmo de mi amiga y la mano firme de Adam, la cual me condujo hacia la cafetería.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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