• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 14

 

La llamada no viene de afuera, está en mí, cual marea que va subiendo y bajando

(Moana)

 

Meneando la cabeza, hice sonar mi cuello mientras estire mis brazos sobre la mesa.

Había estado más de tres horas en la biblioteca haciendo una tarea para la clase de literatura y sentí la espalda tiesa.

Mordiéndome el borde de los labios, mire por trigésima vez el cuento que había escrito y fruncí la nariz. Suspirando, pensé que apesar de que las palabras han sido un lugar en el cual me siento viva, también ellas limitan mis emociones.

Muchas de ellas no podían expresarlas ni contenerlas en letras

Ninguna de ella era capaz de decir con fidelidad lo que mi corazón y mi alma quieren formular, y no era culpa de ellas. Todo lo que sentía lo magnificaba en mil y en más, sobre todo porque tiendo a ser muy melodramática con todo.

Y eso también tiene que ver con Adam.

Desde ese día en que cambio de look, como por arte de magia, más chicas de las que ya habían arrastrando el ala por él aparecieron de la nada, todas deseosas de buscar su atención, mostrando su mejor sonrisa o sus jeans más ajustados.

Dejando escapar un suspiro, tenía que reconocer que no soy tan buena en esto; el chico me agrada, pero siempre que lo pienso, algo me impide avanzar hacia él. No sé si es por su carácter errático o esa mirada azul que me inseguriza que, inmediatamente, me aturdo y no sé qué hacer.

De todas formas, ahora somos más cercanos. No sé si amigos, pero algo más de lo que éramos al principio, y si a eso le agregó a mi buena amiga Carlie que está haciendo de celestina, arrastrando inevitablemente a Peter, quien parece estar pagando condena por un delito cometido, no pierde oportunidad para dejarnos solos o para que ambos coincidamos.

—¿Interrumpo?

Sobresaltada, solté de cuajo el lápiz que tenía entre mis dedos y levanté la mirada con rapidez para descubrir el rostro sonriente de Omar.

—¿Te asuste? —indagó al cabo de unos segundos de silencio.

—Claro que no —negué con la cabeza y resoplé como si fuera una pregunta— tú dirás.

Aun cuando quisiera mandarlo al demonio, él siempre se las arreglaba para volver, por lo que era mejor que me dijera que es lo quiere decirme para poder continuar en lo que estaba, es decir, en el punto muerto de la nada misma pensando en Adam.

Omar, acomodando su mochila, se sentó frente a mí con su natural sonrisa de modelo.

—Te tengo una invitación para salir.

Parpadeando como si hubiera escuchado mal, fruncí la mirada como si tuviera migraña.

—¿Una invitación? —estaba por creer que Omar era sordo o, por el contrario, era masoquista— ¿por qué?

—¿Por qué preguntas por qué? —inquirió como si aquello fuera obvio— la respuesta ya la sabes: me gusta estar contigo.

—No sé si te acuerdas lo que te dije el otro día —indiqué empequeñeciendo los ojos— me agradas, pero como amigo.

—Claro que lo recuerdo —se echó hacía atrás de su asiento y pestañeó con suavidad— ¿qué tiene de malo salir con un amigo?

Juntando ambas manos sobre la mesa, lo observe con recelo. Desde mi perspectiva, de malo lo que se dice malo, pues dependía de quien lo viera: era cierto que Omar era un buen conversador, aun cuando fuera un poco egocéntrico, donde ligerito pasaba a ser centro de atención en cualquier lugar donde estuviese.

—¿Qué me dices? —me apremió Omar— no creo que afecte en algo tu precioso tiempo si lo compartes un poquito conmigo.

—¡Ay, Omar! —deje escapar aire mientras me llevaba una mano a mi pecho— a este paso creo que vas a matarme y por eso, creo que paso.

—No lo creo —se me aproximó mirándome de frente— además, me gusta estar contigo y hacerte reír con mis malos chistes o ¿es un pecado que me fije en ti?

Torciendo la boca, nunca me había preguntado si yo era la del problema; yo con mis propias obsesiones o con mis complicaciones, o con mis ideas principescas que gravitan en mi cabeza.

—No quiero que te fijes en mi —señalé sin desviar mi mirada— no de esa forma. Eres un chico encantador, pero sé que no soy la chica para ti.

—¿Cómo estás tan segura? —adelantando su cabeza, adelantó su rostro al mío— ¿cómo lo sabes? —sonrió con amplitud— si alguien tuviera una bola de cristal para ver el futuro sería algo increíble, sin embargo, equivocarse puede ser una forma de conocerse tal cual es.

—Puede que tengas razón —pasando ambas manos por sobre mis ojos, resoplé— pero eso no quita lo que pienso respecto a esta idea insistente: tú eres estupendo de amigo y yo no soy más especial que cualquier chica de por aquí.

—En eso te equivocas —levantando una mano, la dejó descansar sobre una mía que estaba en la mesa— lo que pasa es que estás buscando en la persona equivocada.

—¿A qué te refieres? —inquirí sacando mi mano con rapidez.

—Eso —volviéndose hacia atrás, se apoyó en el respaldo de la silla cruzándose de brazos— eres demasiado evidente por lo que dejame decirte que Adam no está interesado en ti cómo crees.

—¿Qué cosa? —pregunté atorada en mi propia saliva.

No tenía una idea clara de como sabía que me gustaba Adam y de lo que pudiera decirme, pero estaba segura que no era algo que me gustara.

—Ya sabes cómo es Adam —estiro los labios como haciendo una mueca— él siempre está en su mundo, un mundo donde sólo entra él. Por eso, aunque hayan hecho un buen trabajo en literatura y estén en el mismo equipo para el campeonato de karate, eso no significa que seas más importante que su guitarra —me pareció que retuvo aire antes de continuar— no quiero que te hagas ilusiones con algo que nunca podrá ser y que a la larga te hará daño.

—No te preocupes —indique tratando de darle dignidad a mi voz— Adam es un buen compañero, igual que tú. Sólo eso —levantándome de mi asiento, tome mi mochila y la deje sobre la mesa para guardar mis cosas intentando controlar unas espantosas ganas de llorar— mis metas son muy claras y ninguna de ellas nombra un romance o algo parecido con alguno de ustedes.

—Yo sólo quiero invitarte a salir —señaló este con naturalidad y alzo los hombros— una salida no una cita ¿qué tiene de malo? —irguiéndose, sostuvo mi mirada, e indico con suavidad, casi como un ruego— es un concierto en el mismo lugar, y sé que lo vamos a pasar bien. Si quieres puedes volver a traer a Carlie. Todo en plan de amigos.

—No estoy segura si es una buena idea —resoplé exhausta de tanta insistencia.

—Es una buena idea —afirmó Omar y, alargando su mano, apretó la mía con firmeza— el próximo viernes a las 6.

Eso era en tres días más.

—Te aviso —retirando mi mano de su agarre me dispuse a guardar mis cosas.

—De acuerdo —acomodando la silla que ocupo, se puso la mochila y la tiró de las dos correas diciendo— estaré esperando tu llamada.

Asintiendo, no pude decir nada, y es que una vergüenza tan grande parecía traspasarme, no por lo que otros creían que podía existir entre Adam y yo, sino por lo evidente que me estaba volviendo y que no me estaba dando cuenta.

Frunciendo la frente, tomé mis cosas y me dirigí rumbo a la cafetería. Estaba pensado que debía comer algo antes de la clase de matemáticas del señor Rubbins cuando, de la nada, se cruzó Adam conversando amigablemente con una de las gemelas Ferguson.

Parecía estar muy a gusto hablando con esa flacuchenta de cabellos dorados, por lo que estaba segura que no me había visto y me apreste a seguir adelante, sin ver nada más a mi alrededor.

Golpeando la cabeza con dos dedos, recordé que tenía que ir a mi casillero a buscar un cuaderno de geometría y así podría pasar a dejar unos cuantos libros para no tener que caminar con carga extra.

—Hola.

La voz ronca de Adam hizo que se me cayeran lo que traía en las manos mientras abría el casillero.

—¡Por Dios! —resoplé avergonzada.

—Yo te ayudo —señaló este tomando unos cuadernos del suelo, extendiéndomelos con amabilidad, miró gracia la portada de estos— está a salvo el mundo de Winnie Pooh.

Sin poder evitarlo, observé al osito Winnie comiendo miel y me reí ante su comentario.

—¿Tienes tiempo para almorzar? —inquirió este al momento en que me volví a meter mis cosas— ¿o tienes otros planes?

—¿Quieres almorzar conmigo? —pregunte extrañada abriendo los ojos— ya no tenemos trabajo juntos y el entrenamiento es en la tarde.

—Pensé que sería una buena idea —metiéndose las manos en los bolsillos de atrás, indico con inocencia— además, creo que nunca hemos compartido un almuerzo juntos sin que tengamos a Carlie como chaperona.

—No —afirme estirando los labios— pero no te preocupes. Por lo general, aunque no le diga nada, Omar siempre se las arregla para hacerme compañía.

—Lo sé —estiro los brazos como si estuviera incómodo— pero me gustaría si está vez pudiéramos estar sólo los dos.

—¿Por qué? —quise saber, entrelanzando mis brazos y mirándolo de modo retador. No quería, por ningún motivo que él creyera que tenía algún poder sobre mí, aunque me gustará mucho más de lo que podría confesar.

—Porque me gustaría —alzo los hombros como si fuera algo simple— sólo eso ¿qué tiene de malo? Además, sólo es comer juntos, pero si no quieres sólo tienes que decirlo.

—Creo que no es una buena idea —repuse intentando darme valor, aun cuando me moría de ganas por pasar un rato con él— pero gracias de todos modos.

—Tú siempre agradeces todo —indico cuando había dado dos pasos para alejarme de él— no sé si lo dices de corazón o sólo para que la otra persona se sienta un poco menos ridícula al sentirse rechazada.

—¿Tú, sentirte rechazado? —inquirí volviéndome a él sorprendida— ¡eso tendría que suceder en otro planeta, no en este!

—¿Y qué sabes de mí? —Adam se aproximó tanto que puedo jurar que estábamos nariz con nariz y susurró— ¡dime! ¿quién crees que soy?

—¿Por qué tendría que saberlo? —resoplé intentando no dejarme amedrentar y es que ese chico y su mirada podían destruir mí ya debilitado coraje— en vez de ello tendría que preguntarte ¿quién piensas que soy yo?

—Pues —sus ojos azules parecían dos faroles que opacaban las luces artificiales del pasillo— una linda chica a la cual quisiera conocer.

Sintiendo que la boca se me ponía rígida, me sentí tonta y avergonzada pues aprecié, por el rabillo del ojo, como varios que pasaban cerca de nosotros nos observaban con curiosidad, incluida la gemela dorada Ferguson.

—Puede que tengas razón —musité tratando de recobrar algo de aplomo— después de todo, no sería tan malo compartir un almuerzo.

—Me gusta escucharlo —dijo esbozando una sonrisa.

—¿Qué cosa?

—Que me digas que tengo razón.

Con un gesto galante, Adam extendió su mano para que caminará hacia la cafetería, y al hacerlo, él se acopló a mi lado dedicándome esa mirada azul que tanto me inquieta junto a su sonrisa encantadora.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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