• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 12

 

A veces el camino correcto no es el más fácil.

(Pocahontas)

 

¡Tierra llamando a Laia! ¡Laia!

Pestañeando profusamente, no entendía porque Carlie montaba un alboroto al lado de mi oreja. Volviéndose hacía ella, me miró con una sonrisita triunfadora y se sentó frente a mí.

—¿Conseguí llamar tu atención?

—¿Por qué lo dices? —inquirí sintiendo que me ponía roja como un tomate pues, por el rabillo del ojo, noté como Adam parecía verme del otro lado del salón mientras conversaba con Omar y otros de la clase.

Podrían ser ideas mías, sin embargo, aprecie esa rara sensación de conexión cuando ambos nos miramos.

Debo estar demente.

—Porque desde hace ya un par de días no estás en este mundo, por lo menos. —Tirando una de mis manos, me obligó a mirarla de frente—. Sólo tienes ojos y oídos para un chico que comienza con A.

—¡Eso no es cierto! —exclamé con falsa molestia, desviando la vista a propósito, no pudiendo confesar algo que exactamente no sabía que era y es que, me lo había preguntado muchas veces, pero sin obtener ninguna respuesta, sólo una emoción estúpida que recorre mi ser y me hace titiritar como una hoja.

—¡No! —resopló ella tapándose la boca, y de pronto, exclamó con dramatismo—. ¡Mira! ¡ahí viene!

Sintiendo que me volvía de piedra, me quedé tiesa en mi puesto sintiendo como las manos me sudaron y me mordía los labios de emoción.

—Buenos días, chicas.

La voz masculina resonó en mis oídos matando en mi semblante la expresión de expectación. Ese timbre no era de Adam.

Volviéndome hacia Carlie, le dedique una mirada asesina mientras ella se reía de buena gana.

—¿Qué quieres Peter? —preguntó ella estirando los labios como si todavía estuviera disfrutando de su broma.

—Hablar contigo —repuso él directamente.

—Estoy ocupada. —Meneando su melena como si estuviera aburrida.

—No te quitaré mucho tiempo. —Acuclillándose, el chico rozó con suavidad el borde de su brazo desnudo—. Seré breve, lo prometo.

—No lo sé —indicó ella indecisa, mirándose el borde de las uñas, y es que estaba segura que lo único que quería era atormentar a Peter, y es que había que verlo como él, después de lo del concierto, parecía estar arrastrando el ala por Carlie.

—¿Interrumpo?

La voz cantarina de Omar hizo que los tres nos volviéramos hacia él.

—Hola, Omar —saludó Peter levantándose de donde estaba, ubicándose al lado de Carlie.

—Me preguntaba si querrías acompañarme a almorzar —señaló él, viéndome derechamente esbozando esa sonrisa seductora con la que busca conseguir todo lo que quiere.

Es como si dijera: no puedes decirme que no

—No me gusta hacer mal tercio. —Bufó Carlie con una risita revolviendo los ojos y, levantándose con prontitud, le hizo una seña a Peter—. Acompáñame.

Asintiendo, este se alejó detrás de mi amiga, mientras Omar se sentó en el asiento que ocupaba Carlie.

—¿Qué me respondes?

—No puedo. —Negué con la cabeza y suspire con cansancio—. Tengo demasiadas tareas que hacer y entrenamiento en la tarde.

—¿Y cómo vas con eso? ¿Mi amigo es demasiado severo?

—No, la verdad es que ha sido muy paciente. —Echándome hacia atrás, extendí los brazos sobre la mesa—. Ha sido un buen compañero.

—Me alegra que, por fin, Adam se esté tomando las cosas con más calma. —Alzó las cejas como si fuera un pensamiento para sí—. Muchas veces se estresa sin razón.

—Bueno, un campeonato es un campeonato —resoplé, sintiendo que la presión de la competencia incitaba que, muchas veces, las sesiones de entrenamiento fueran más rudas y menos contemplativas. En eso lo podía entender.

—Es verdad. —Sosteniendo mi mirada, señaló con seriedad—: Sin embargo, también tienes que descansar. Un almuerzo no le viene mal a nadie. Además, soy bueno con las tareas y puedo serte de mucha utilidad como, por ejemplo, conseguirte que faltes a un entrenamiento sin problemas.

—¿Para qué? —lo increpé con molestia—. ¿Quieres que Christine y Adam me asesinen? ¡No, gracias!

—Claro que no quiero que nada malo te pase, pero —poniendo unos ojos lánguidos, susurró intentando que sólo yo escuchará—, ¿por qué no me das una oportunidad, Laia? No soy tan malo como creías ¿o sí? —Sin poder evitarlo, me reí ante su comentario—. Sé que empezamos con el pie izquierdo. —Alargando una mano, la depositó sobre mi brazo—. Lo que te dije ese primer día sólo fue una broma, nada que dé miedo, además —acercándose un poco más, resopló—, tú me gustas.

Tragando saliva, no sabía que decir.

Bueno, en verdad sí, pero me daba pena lastimar sus sentimientos y es que, aun cuando parecia presumir de seguro de sí mismo e inaccesible, luego de conocerlo, Omar me parecía un chico alegre y hasta simpático, pero que no estábamos sintonizados de ninguna forma.

—Te lo agradezco —señalé con la voz más dulce que podía echar mano. Sentándome derecha en mi asiento, aparte mi brazo y lo mire directamente a los ojos—. Me siento halagada por ti, pero no insistas, Omar. Me agradas, pero como un amigo.

—¿Un amigo? —preguntó como si estuviera atorado.

—No tengo cabeza para nada más. —Estiré los labios emulando una disculpa.

—Está bien —asintió como si no le quedará de otra—. Lo entiendo.

Irguiéndose, levante la mano mientras él se despidió con un escueto adiós. Apretando los labios, me sentí un poco ruin, pero sólo un poco y por lo que trate  de pensar en algo que hubiera hecho creer que me agradaba.

Estaba absorta intentando recordar, cuando sentí que alguien habló muy cerca de mi oído.

—¿Ocupada?

Volviéndome hacia el sonido de esa voz, me encontré con Adam sentado a mi lado, acuclillado, con sus brazos sobre mi pupitre rozando el borde de sus nudillos contra la piel desnuda del brazo que había dejado sobre la mesa.

—¿Por qué lo preguntas? —resoplé un tanto nerviosa y con los ojos muy abiertos no pudiendo despegarme de su contacto.

—Es una pregunta solamente. —Sonriendo, pestañeó con suavidad—. No te inquietes.

—No lo estoy. —Me coloqué muy derecha y mire hacia el frente sin ver nada. Todos mis sentidos estaban puestos en él.

—Eso está muy bien. —Alargando un dedo, acarició la piel de mi muñeca—. Tengo curiosidad por saber si estás vez me aceptas una inocente invitación.

—¿Invitación? —inquirí con la boca apretada, pensando que después de lo que le dije ese día del concierto, jamás me volvería a invitar a salir.

—¿Quieres comer un helado conmigo? —inquirió alzando las cejas con diversión.

—¿Helado? —resoplé un tanto sorprendida.

—Después de clase. —Extendiendo más su sonrisa, siguió atento a lo que dibujaba en mi piel—. Me avisaron que hoy no podremos entrenar porque el gimnasio lo cerraran por mantenimiento. Tú y yo, y si quieres invita a Carlie y Mackenzie.

—¿Estás seguro? —Tenía claro que Peter no era su persona favorita.

—Sí, lo estoy. —Con la vista concentrada en mi muñeca, agregó—: No te preocupes por nada.

—¿Seguro? —insistí no muy convencida.

—Tú no necesitas que te asegure nada. —Sus ojos claros se volvieron a mí y se clavaron en los míos por un momento que me pareció eterno—. Eres capaz de hacer que las cosas ocurran. —Y ¿suspiro?—. Eso es lo que más me agrada de ti.

Ante esa expresión no pude decir nada, y es que, aunque quisiera darme de cachetadas por idiota, pues sabía que tenía un genio desquiciado, no podía ni quería hacerlo.

Adam no era lo creía que era, y aunque sus ojazos azules me paraliza el corazón, es la forma en que me mira la que me turba y me pone tiempo fuera, donde no podía pensar en nada más que en la agradable sensación de sentir su tacto sobre mi piel.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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