• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 11

 

Las cosas no siempre son lo que parecen

(Aladdin)

 

—Muy bien —palmeó las manos marcando el ritmo—. Sin parar. Muy bien.

Con el karategui pegoteado a mi espalda y el pelo mojado, sólo espere el momento en que la sensei llamara a la formación final; ella, sin embargo, parecía no inmutarse. Con los ojos fijos en cada uno, se paseó por entremedio de todos los asistentes mientras realizamos la elongación obligatoria al terminar cada clase.

Había sido una clase ajetreada en que trabajamos Kumite (combate) y algunos katas nuevos porque, en palabras de la sensei, “nos tenía una sorpresa” al concluir el entrenamiento.

—Estudiantes —señaló con su tono firme—, quiero comunicarles que he recibido la invitación de la federación de karate de la zona sur donde nos invitan al campeonato nacional de este año. —Aquel era una mega evento en que sólo podían participar estudiantes de quinto kiu en adelante, por lo que los chicos de cinto amarillo, naranjo y verde hicieron un puchero—. No será este año, pero puede que ya en el próximo certamen estén listos, por eso es importante que aprendan de sus compañeros mayores. —Mirando la primera fila en donde estábamos los cintos avanzados, sentenció—. Ustedes, jóvenes, en tanto, se quedarán conmigo.

Luego de hacer la rutina de despedida, los nueve de la primera fila quedamos fijos en nuestras posiciones, esperando lo que fuera que la sensei quisiera decirnos.

—Tenemos entre manos una excelente oportunidad. —Sus ojos marrones miraron a cada uno con interés—. Hay distintas categorías y desempeños, por lo que voy a hacer la siguiente distribución: voy a designar a Joaquín, Nuria y Roberto. —Los chicos cinto azul y la chica púrpura la observaron expectantes—. Ustedes van a trabajar sus katas como equipo. Mientras, Rafael, Carlie y Peter, serán el equipo número 2, y Adam, Laia y Christine serán nuestro tercer equipo.

Pestañeando sorprendida, no estuve segura de que más dijo y es que el hecho de que me hubiera dejado con Adam me alarmó tanto que sentí que mi piel se erizó como cuando siento que me baja la presión.

Dejando escapar un sonido, tenía que admitir que con Adam nos llevábamos mejor que antes, pero tampoco digamos que bruto que bien; apenas nos hablábamos y las pocas veces que cruzamos palabras, sólo es un breve saludo o una pregunta que contenía un par de palabras de respuesta.

No sé porque, pero esto me estaba pareciendo algo premeditado, y no es que el tipo me cayerá fatal, pero tengo que admitir que es difícil de tratar, y eso, a la larga, complica cualquier cosa que uno quisiera.

Aunque Adam sea sólo Adam

—¿Alguna pregunta?

La pregunta de la Sensei rebotó en mi cabeza varios segundos, y noté que varios sólo afirmaron con la cabeza sin decir nada.

—Perfecto —resopló con satisfacción—. Comiencen a entrenar desde mañana, así que voy a llamar a sus padres para que sepan las buenas nuevas y que ampliaremos el entrenamiento a media hora más hasta el campeonato ¿entendido?

—Sí, Sensei —respondimos todos al unísono.

—¡Qué lástima! —Carlie se acercó a mí con una sonrisita luego de que la Sensei se retirará a un costado para hablar con un chico del equipo de los menores y me abrazó con suavidad —¡Yo quería ser contigo!

—¡Yo también lo hubiese preferido! —resoplé palmeando con cariño su espalda y es que me estaba acostumbrando a estar cerca de esa chica loca y divertida.

—¡A mí también! —exclamó un Peter que nos abrazó a las dos juntas con fuerza—. ¡Hubiera sido fantástico haber estado todos juntos en el mismo equipo!

—¡Cómo si fuera cierto! —indicó Carlie zafándose de su abrazo y mirándolo con sospecha.

—Por supuesto. —Avanzado un par de pasos, el muchacho sostuvo con interés la mirada altiva de mi amiga y señaló con voz melosa—. Pero, por ahora, estoy muy bien con el equipo que me tocó.

—¡Serás un cretino! —resopló mi amiga con dramatismo, y es que en todo este tiempo había aprendido a identificar sus explosiones de ira donde la gran mayoría era actuación, sobre todo con este chico—. ¡No te creo nada!

—No te enfades. —Peter dejó descansar un brazo sobre su hombro como si fuera algo casual y aproximando su rostro al de ella, quedó mejilla con mejilla esbozando una tierna sonrisa—. ¡Ya tú verás que seremos campeones!

—Puede ser —susurró Carlie con los cachetes inflados, seguro molesta de darle la razón a Peter.

—Yo no estaría tan seguro.

La voz confiada de Adam hizo que los tres nos volviéramos hacia él como si tuviera un resorte, dándome cuenta que estaba a dos pasos de mí con los brazos cruzados y alzando las cejas mientras sonreía con suavidad.

—No pierdes tu tiempo, Mackenzie —indicó él mirando con beneplácito a Carlie—, pero es conveniente recordarte que sólo algunos —remarcó— afortunados tienen una segunda oportunidad.

—Sabias palabras, Claverie. —Peter respiro profundidad y, con calma, afirmó—. Las tendré en cuenta.

—Laia —Adam extendió una mano a modo de invitación—, si tienes la amabilidad de acompañarme.

Pestañeando algo confusa, deje que él me guiará hacia la zona de sacos de entrenamiento, donde se encontraba Christine, una chica de tercer grado, delgadita y pequeña, cuyo cabello era tan largo que le llegaba hasta la cintura, jugueteando con una pelota de tenis.

Tenía entendido que es cinturón café, segundo kiu, una de las más avanzadas de la clase, de carácter mesurado y correcto, nunca la había escuchado decir un improperio o una pesadez a alguien, sin embargo, alguien que se veía así de bien siempre me producía cierta desconfianza.

—Siento interrumpir tu “hora de la amistad” con Carlie y Mackenzie —indicó Adam con ese tono altanero que detesto—, pero creo importante ponernos de acuerdo, sobre todo en lo relativo a los horarios de los entrenamientos.

—La Sensei dijo que sería media hora después de los entrenamientos —repuse sin entender nada.

Por ningún motivo quería pasar más tiempo del necesario con Adam.

No si podía evitarlo.

—Christine y yo ya hemos hecho equipo en katas en campeonatos anteriores. —Arqueando una ceja, resopló—. ¿Tú has ido alguna vez a un campeonato? ¿Tienes experiencia?

—Por supuesto que sí —cruzándome de brazos, bufé con la boca rígida—, y me ha ido bastante bien.

—¿En serio? —señaló como si aquello no le impresionara—. ¿En equipos también?

—En eso no he tenido la oportunidad —negué con la cabeza, pues nunca había tenido compañeros del mismo grado para entrenar.

—Eso es bueno —Christine sonrió y aplaudió cerca de sus labios—, porque te acoplarás a nuestra rutina y, como sabrás, las katas en este grado son más exigentes y deben ser perfectas —pestañeando con suavidad, afirmó—, y eso sólo se logra con práctica, práctica y más práctica.

Estirando apenas los labios, asentí. Aunque me molestaba admitirlo, ella tenía razón.

—Sé que Adam es un pesado de peso mayor —el chico se volvió hacia la muchacha y empequeñeció su mirada con sorpresa—, pero tiene técnica y eso se agradece. Sin embargo, tenemos claro que en todas las competencias en que hemos participado que para ganar se requiere trabajo duro.

—De acuerdo —indique y es que no tenía ningún sentido discutir sobre eso por lo que levante las manos a modo de rendición—. ¿Cuándo empezamos?

—¿Te parece mañana? —Adam sonrió con suficiencia—. ¿O es muy pronto para que re agendes tus compromisos?

—¿De qué estás hablando? —repuse lanzándole un manotazo en el brazo que él no hizo ningún amago de responder, riéndose como si molestarme fuera de lo más divertido—. ¿A qué hora?

—¿Les parece a las 6? —La chica nos miró a los dos a lo que ambos consentimos con la cabeza, exclamando con júbilo—. ¡Perfecto! ¡Nos vemos entonces!

Al volverse, hizo columpiar su larga cabellera dirigiéndose a los camarines.

—Bueno —resoplé con fuerza y miré a Adam—, estamos nuevamente en el mismo equipo.

—Por mí, está bien —respondió él con una suave sonrisa y, aproximándose a mí, agregó—: Creo que el profesor Mansilla tiene razón.

—¿En qué?

La pregunta se me escapó sin poder retenerla y es que sentía curiosidad por lo que pensaba el maestro.

—En que hacemos un buen equipo. —Acercándose un poco más a mí, el color azul de sus ojos me pareció más oscuros de lo que recordaba y agregó con tono ronco—. ¿No lo crees, Laia?

Pestañeando confusa, sentí que mi nombre lo pronunció de una forma distinta, con un tono que provoco que mi piel se erizara. Tragando saliva, deje escapar poco a poco el aire de mis pulmones. Si lo hacía de una vez, estaba segura que mis piernas no me sostendrían.

—¿Laia? —El rostro de Adam parecía estar más cerca de mí—. ¿Estás de acuerdo?

—Eso… —balbucee no teniendo control de mi boca—. No… lo sé… creo… que sí.

Extendiendo una sonrisa colosal, el chico sostuvo mi mirada, y nos quedamos así, como ese día en la cocina de mi casa, mirándonos, sin tocarnos, junto a una sensación perfecta.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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