• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 10

 

No importa el dolor que tenga tu corazón

(La Cenicienta)

 

Contenido una lágrima boca, observe por enésima vez, el vídeo que me envió Ronald, mientras un hondo suspiro se escapó de mi pecho al escuchar una de mis canciones favoritas, “Kiss me slowly” de Parachute con unas imágenes del cuento de la Cenicienta en un vídeo de youtube.

—¿Escuchando esa canción otra vez? ¿Quién te la envió?

—Ronald. —La voz de papá hizo que me volviera a mirarlo mientras sacaba la aspiradora de mi habitación.

—¿Estás bien? —susurró, seguro por que vio el surco que una lágrima había dejado en mi mejilla y extendió su mano palmeando con suavidad mi brazo.

—Lo estoy. —Me pasé la manga de la camiseta por la cara humedecida y le dediqué una suave sonrisa.

—Sé que todavía no te acostumbras a este lugar. —Papá se sentó a mi lado y me abrazo por el lado—. Pero dale tiempo. Las cosas buenas tardan en llegar.

—No tiene que preocuparte. —Acaricie su gruesa mano y bese su mejilla—. Extrañar tampoco es malo, después de todo, toda mi vida he estado en Piamoncura.

—Tienes razón. —Apretó más su contacto con suavidad—. ¿Cómo está Ronald?

—Bien. Nada nuevo. —Me reí apoyando la cabeza en el hombro de papá con la vista perdida en la luz de la ventana—. Dice que está preparando un acuario como parte de su proyecto de ciencias ¡es muy probable que inunde el auditórium!

—No le tengas tan poca fe al chico. —Luego de carraspear, agregó—: Después de todo, ya no tiene a su compañera de equipo.

Esbozando una sonrisa, apreté con suavidad la mano que papá mantenía sobre mi brazo, recordando todas esas tardes en que Ronald y yo nos quedábamos hasta la madrugada realizando nuestros proyectos de ciencias, las maquetas de historia, los trabajos de arte y nuestras famosas dramatizaciones. Muchas de mis buenas calificaciones fueron por su causa.

Torciendo la nariz, mis pensamientos inevitablemente volvieron a Adam, el bendito trabajo de literatura y esa extraña invitación.

Agitando la cabeza, estaba segura que Dios se había apiadado de mí y envió a Carlie a rescatarme, pues apenas apareció en las escaleras, sólo pude atinar a reírme como si estuviera demente.

—¿De qué se ríen? —preguntó Carlie con interés.

—No lo sé. —Adam me miró como si fuera extraterrestre—. Yo también quisiera saberlo.

—¡Oh, por Dios! —Resoplé tratando de controlar mi natural nerviosismo y, palmeando su hombro, pasé por su lado murmurando—. Aunque no lo creas, aprecio tu invitación, pero es claro que, si nos cuesta realizar un simple trabajo de literatura, una cita sería un suicidio que acabaría con nuestra empobrecida convivencia.

Y sin esperar una respuesta de su parte, bajé las escaleras con el mayor aplomo que mis tiritonas piernas me permitían, y es que, por ningún motivo podía demostrar lo tremendamente afectada que me sentía; ya de por si la invitación de Omar me había tomado por sorpresa, por lo que la sola idea de salir con Adam era algo que en ni en mil vidas hubiera podido predecir.

Dejando escapar aire, tenía que admitir que el chico no era un monstruo o algo así, de hecho, era uno de los chicos más atractivos que había visto en la preparatoria, no por nada había visto más de media docena de chicas suspirando por él, lo malo es que su carácter enervado, esa personalidad parca y de pocas palabras, me colapsan sin remedio.

Si fuera menos hostil.

Sin detenerme, había conseguido llegar a la galería donde había llegado, cuando una agitada Carlie me agarró por un brazo y me tiró hacia atrás.

—¡Caminas muy rápido, chica! —Resopló casi sin aliento—. ¡Por poco me da un infarto!

—¿Cómo es eso? —bufé tratando de hacer una broma con eso.

—¿Por qué te fuiste tan rápido? —inquirió con preocupación mirándome a los ojos—. ¿Ese cretino te dijo algo que te hirió?

—¿También piensas que es un cretino? —resoplé un tanto sorprendida, y es que Carlie con Adam parecían ser de esos amigos incondicionales, que se protegen frente a cualquier situación.

—Adam es un excéntrico. —Alzó los hombros como si eso fuera lo más natural del mundo—. Siempre ha sido así, por eso nadie se extraña de su sarcasmo o sus ideas poco convencionales, como tampoco de ese genio de mierda que parece devorarse a cualquiera que pase por su lado.

—¡Es de temer! —exclame riéndome de esa actitud tan nefasta—. ¡Realmente es jodido cuando quiere!

—Descuida —sonrió apretando fugazmente mi brazo—, siempre ha sido así. Desde que éramos un par de críos. Con la única que no discute es con la Sensei Natalia y ya sabes por qué.

Sonriendo a ese hecho, tenía que reconocer que si Adam no fuera tan odioso hubiera aceptado salir con él sin titubear, y no es porque el chico me gustará en un sentido romántico, pero cuando está en plan sociable es entretenido escuchar sus ideas y apreciar con que pasión defiende lo que piensa.

—Por cierto —me indicó Carlie hacia donde se encontraba Omar—, tu galán no parece echarte de menos, de hecho, parece bastante ocupado.

Con una expresión muy típica de ese chico, distinguí claramente como Omar charlaba con una muchacha rubia, de cabello largo que pasaba sus hombros, quien lo veía con adoración y él, por supuesto, disfrutaba plenamente de su atención.

—Así parece. —Eso era un alivio—. Me parece bien.

—¿No te importa? —Frunció ella el ceño como si mi reacción fuera extraña.

—No, para nada. —Negué con la cabeza—. ¿Por qué tendría que importarme?

—¿No te gusta Omar? —insistió con los ojos muy abiertos como si me estuviera refregando que el tipo es uno de los codiciados por las chicas de la escuela.

—Puede que no quiera ser asesinada. —Me reí de mi mala broma—. Además, es sólo una invitación para asistir a un concierto. Nada del otro mundo.

Estirando los labios, la chica asintió muchas veces como quien quiere meterse esa idea en la cabeza, para luego, sin más, invitarme a que nos sentáramos en un escalón de la amplia escalera lateral.

—No por eso te vas a perder el espectáculo. Sé que viene un grupo country y un conjunto brasileño.

—¡Qué bien! —Apoyando mis manos sobre mis piernas advertí como el escenario brillaba con luces amarillas y naranjas, con finas líneas blancas, dando pasó a otro grupo local.

—¿Y ustedes?

La voz sorprendida de Peter hizo que ambas levantáramos al cabeza a la vez. Este, bajando un escalón, se sentó un peldaño más abajo con su típica expresión amistosa.

—Disfrutando de un buen espectáculo —indicó Carlie moviendo la nariz con molestia—. Claro, hasta que llegaste.

—¡Qué amable, Carlie! —Resopló el chico dirigiéndole una abierta sonrisa y preguntó—: ¿Qué les ha parecido hasta ahora?

—Buenísimo —respondí entusiasmada aun cuando no escuche nada después de lo de Adam—. Hay mucho talento en este espectáculo.

—Me alegro, mira que voy a acompañar a unos amigos en un momento más.

—¿Qué vas a hacer? —resoplé sin entender. De lo poco que llevaba en esta escuela, nunca lo había visto algún interés en la música.

—Tocar la guitarra —repuso él como si eso fuera evidente.

—Laia no sabe que eras parte de un grupo de la escuela —señaló Carlie apoyando su cabeza en mi brazo dirigiéndole a Peter una mirada irónica—. ¿Lo recuerdas?

—Claro. —Los ojos del muchacho se clavaron en el rostro de la chica—. Aunque no lo creas, siempre lo recuerdo.

Unos cuantos segundos de silencio siguieron, donde ambos se contemplaron como si hubieran quedado con muchas cosas pendientes. La expresión cabizbaja de Carlie condecía tanto con su típica forma de ser que, sin poder evitarlo, me aventure a pensar que esos dos tuvieron una historia juntos.

—¿Y eran buenos? —quise saber con el ánimo de hacer conversación, claro que a riesgo de que me mandaran a buena parte por echar limón a una herida.

—Sí —respondió Carlie mirando a Peter con nostalgia—. Eran muy buenos y muy talentosos. Tocaban en todas las fiestas de la escuela y eran amigos hasta la muerte.

—Sí —estuvo de acuerdo el chico esbozando una azorada sonrisa con la vista en el suelo; luego de un instante, levantó sus ojos con un suave brillo—. Eran unos chicos soñadores que hacían su propia música, no queriendo ser copia de nadie.

—Eran los mejores amigos del planeta —la voz emocionada de Carlie se quebró como si algo le doliera en lo más profundo—. Hasta que vinieron las publicidades, un caza talento corrupto y una bruja que sedujo al guitarrista. —Los labios de Peter se volvieron dos líneas mientras pestañeaba con fuerza y añadió con solemnidad—. La traición es algo muy difícil de sobrellevar, sobre todo si esta viene de alguien a quien se quiere.

—Las personas cometen errores. —El muchacho respiro fuerte y retuvo el aire—. Sólo tienes que darles la oportunidad de redimirse.

—Muchas veces la oportunidad se da una sola vez en la vida. —Como si le costará tragar, Carlie se levantó y miró Peter como si estuviera muy lejos—. Sin embargo, aunque no lo creas, me alegra saber que sigues haciendo lo que te gusta.

—Gracias —respondió él irguiéndose a su vez sosteniendo su mirada con afección.

Por un minuto que no pude medir, observé como esos dos parecían estar absortos en sus propios pensamientos y, al mismo tiempo, pendientes de cada movimiento que el otro hiciera, como si ambos sincronizaran una melodía perfecta, escrita sólo para ellos.

Como la atracción.

Con esa idea rondando en mi cabeza estuve mucho rato, incluso cuando regresé a casa. Recostada en mi cama, pensé en lo sublime que sería que alguien estuviera así de conectado, donde cada movimiento tuviera una cadencia que encendiera su corazón.

Así sentí a Carlie y Peter.

Aunque se esforzaran en negarlo, y ahora que lo pienso un poco, entre ambos hay una energía que los liga con un invisible hilo.

—¡Laia!

La voz gutural de papá me sobresaltó de tal manera que casi me caigo de la cama.

—¿Quién se murió? —pregunté sentada estrepitosamente en el suelo de mi habitación.

—Te pregunte si querías comer algo —señaló mordiéndose la boca, seguro tratando de controlar una carcajada.

—Está bien —contesté mientras me sobaba el trasero y aguantaba las ganas de dar un aullido—. Cualquier cosa que se te ocurra.

Tapándose la boca, papá salió de la habitación mientras yo deje caer la cabeza hacia atrás. En el cielo raso tenía pegado algunos afiches de algunas historias que adoraba, como Star Wars, GTO y algunas series de Neflix, emergiendo con fuerza el rostro de Jon Snow.

Este último se había convertido, ante mis ojos, en mi príncipe perfecto: amable, humanitario, sensible, capaz de dar la vida por el otro y con un alto sentido del honor, siendo capaz de renunciar a un trono por la chica que ama que, sin embargo, tuvo que asesinar por temor que ella no tuviera piedad con los demás.

Ante tremendo sacrificio, mire fijamente su imagen y me pregunte ¿podría seguir amando a esa persona a pesar de que se convierta en algo que me atemoriza? ¿seré capaz de amar a alguien al punto de apartarlo de mi lado y destruirlo? ¿no será que eso me destruiría a mí también?

Con esas ideas en mi cabeza, torcí mi nariz intentando una buena respuesta, y sin más, mientras dejaba escapar un fuerte suspiro, saqué de cuajo la foto de Snow de mi habitación, guardándola en el fondo del cajón de mi escritorio.

Al día siguiente, me gruñí fuerte el ojo y al mirar distraída el calendario noté que era viernes.

Hoy es el día para entregar el bendito trabajo de literatura, y nada más llegar el maestro, este sacó su carpeta naranja y llamó por lista a cada estudiante.

Había estado nerviosa, e intentando calmarme, respiré muchas veces con la esperanza de no ponerme en evidencia, en tanto apreté la carpeta del trabajo contra mis dedos. Adam, mientras, parecía como si no le pasaba nada: miro estoicamente a los demás, sin mostrar ninguna emoción.

Carlie con Rebecca Paxton, estaban discutiendo el color de la carpeta, mientras, Peter, junto a una de las gemelas Ferguson, estaban listos con el trabajo en la mano; había mirado en esa dirección, cuando él, al verme, me guiño un ojo a lo que yo respondí sacudiendo mi mano a modo de saludo.

—Nos toca —señaló Adam con seriedad pasando por mi lado.

Meneando la cabeza, lo seguí sin chistar hasta llegar al escritorio del maestro.

—Buenos días —saludó él con formalidad—. ¿Cómo estuvo ese trabajo?

—Bien —respondí extendiendo la carpeta hacia él.

—¿Ningún problema? —inquirió tomando lo que le entregue con los ojos entrecerrados.

—No —señaló Adam extendiendo los labios.

—Sorprendente —susurró el maestro rascándose una ceja con el borde un lápiz mientras abrió la carpeta y miró la primera página—. Esto es un buen comienzo.

—Gracias —bufé tratando de controlar mis propios nervios.

—Buen trabajo, chicos.

Sin más, Adam y yo nos volvimos hacia nuestros asientos.

—¿Cómo crees que nos fue? —susurré a Adam cuando estábamos a suficiente distancia del maestro.

—Ni idea —me respondió sólo moviendo la boca—, pero confió en que nuestra calificación no será menos de un 10.

—¡Dios te escuché! —repuse un tanto inquieta.

—Ya me escuchó.

Iba a responderle, cuando una mano grande se colgó en mi hombro volviéndome con rapidez.

—Hola, Laia.

La voz alegre de Omar hizo que me tomara de improviso, y me aparte un par de pasos sorprendida.

—Hola.

—¿Cómo crees que te fue en el trabajo?

—Espero que bien —anhelé con ansiedad. Era mi primera nota y deseaba que fuera buena —Adam y yo trabajamos bastante en esto.

—Espero que él haya tenido mejor suerte que yo.

—¿A qué te refieres? —inquirí sin entender a lo que se refería.

—A nada. —Meneando la cabeza, se encamino hacia su puesto—. Te veo después.

Dejando escapar un bufido, me senté, apoye mis codos en la mesa y, tirando mis mangas, junte mis manos en mis labios.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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