• Autor/a: Isabel Álvarez
  • Actualización: Diciembre 2019

Príncipe de mis sueños

Capítulo 1

 

Había una vez…


Intentando mostrar una mirada animada ante el espejo, ensaye por décima quinta vez una sonrisa que no asustará. Meneando la cabeza, observe mi reflejo sin poder darme ánimos en este primer día de escuela.

Hacía exactamente dos semanas que había llegado a la ciudad y no lograba acostumbrarme y, por alguna razón cósmica, tampoco estaba segura que esta nueva escuela me ayudará en algo.

Suspiré con cansancio y torcí el labio con nostalgia; era inevitable que pensará en Piamoncura y toda la vida que había construido alrededor de un puñado de casas, una escuela pequeña y mis amigos desde que tenía uso de memoria. Era un espacio lleno de una playa de aguas azuladas, el verde intenso de los árboles, custodiado de un cerro formidable y, donde no tenía que presentarme ni decir quién era.

Sin embargo, gracias al trabajo de papá, tuvimos que trasladarnos a Montillo, una ciudadela repleta de smog, ruido, gente apurada y desconsiderada, y en que hasta los animales estaban estresados, pues te miraban como si fueran a punto de morderte y dejarte inconsciente.

Pero, en fin, la razón de estar aquí era papá y su ascenso, el cual significaba un incremento sustancial en sus ingresos y que, por ningún motivo, podíamos menospreciar; mi hermano Tom estaba en la Universidad en su tercer año de Ingeniería y yo, iba a cursar mi último año de escuela.

Era como para saltar de gusto

Al mirar de reojo el reloj de mi habitación, noté como esta ya marcaba las 7:30 de la mañana.

¡Diablos!

Rumiando una queja, tome mi mochila de una tira y me encamine al primer piso. Todo en este lugar estaba unas buenas cuadras de distancia, algo que definitivamente no estaba acostumbrada.

Pasando por el corredor, aprecié en el espejo de medio cuerpo mi aspecto y nuevamente insistí con eso de la sonrisa. Mamá insistía que si lo hacía frecuentemente está se quedaría pegada en mi cara para siempre y la gente, por alguna razón que desconocía, tendría interés de acercarse a mí.

Lo cierto es que la mía daba miedo

—¿Estás listas, Laia?

Con presteza, me volví descubriendo a mi hermano recostado blandamente de la pared del corredor mirándome con expresión risueña.

—Creo que sí, Tom —indique estirando los labios—. Voy a desayunar.

Tomás, o Tom como le decimos de cariño, había cumplido 23 años el mes pasado. siempre ha sido un chico responsable y serio que, en el fondo, seguía siendo el niño dulce y cariñoso que tengo memoria.

—Recuerda es un trayecto de quince minutos —señaló mientras pasaba su brazo sobre mi hombro—, es como ir al lago, pero sin ese lindo paisaje de camino.

—Muchas cosas son distintas —repuse meneando la cabeza y dejé mi cabeza descansar en la suavidad del hombro de mi hermano.

Debía reconocer que sentía miedo, y es que esta ciudad me horrorizaba por su enormidad. No conocía a nadie y, lo peor, es que no habría una señora Toribio, la inspectora de mi antigua escuela, para que me guiara como lo había hecho durante casi toda mi vida estudiantil.

—¡Buenos días, señorita y señorito Cabral! —resopló una agradable voz una vez que entramos a la cocina.

—¡Buenos días! —exclamé con entusiasmo, rodeando el cuello de mi padre y dándole un sonoro beso en la mejilla.

Carlos Sebastián Cabral es el mejor padre del mundo y sus alrededores. Un hombre amable, talentoso y luchador, es la persona que más admiro en todo el universo.

Y no era para menos.

—¿Cómo estás para tu primer día de clases?

—Creo que podré con ellos. —Y agarrando mi tazón de Hello Kitty me senté frente a él y lo miré directamente a los ojos—. ¿Lo dudas?

—Claro que no —señaló él asintiendo con seguridad—, eres una chica encantadora. No habrá nadie que se resista querer acercarse a ti.

—¡Lo haces parecer como si fuera una sentencia a muerte! —proferí mientras echaba mi leche y cereal mi taza.

—¡Por supuesto que no! —Y extendió su enorme mano la cual cubrió la mía con ternura—. Eres mi niña hermosa. Sólo cosas buenas te depararán.

Ladeando la cabeza, me mordí el labio sin poder decir nada. Me alegraba que papá tuviera tanta fe en mí, sin embargo, no podía evitar sentir temor.

—¿Quieres que te acompañe?

Irguiendo mi cabeza de golpe, noté la mirada expectante de mi hermano hizo que arqueara una ceja.

—¡Claro que no! —negué con rapidez y repliqué con humor—. Puede que después todos piensen que soy una bebé que necesita a su hermanito protector.

—Buena chica —murmuró con una sonrisa y, levantándose de la mesa, me abrazó con fuerza.

Por un instante estuve a punto de derrumbarme, pero me mantuve con solidez. Este no era momento de debilidad, aunque cuando mi hermano y papá creyeran que necesitaba ser rescatada.

La verdad es era toda esa ansiedad de enfrentar algo nuevo y del cual no sabía cómo enfrentar.

Respirando hondo, me dispuse a conocer mi nueva escuela, y sin más, bajé de dos en dos los escalones de la breve escalera de la entrada de calle.

—Hola.

Como si me hubieran dado un susto de muerte me volví con ambas manos en el pecho. Todavía con agitación, aprecie a mi vecinita, Karen, de quince años, con expresión inmutable.

—Buenos días —la saludé apenas.

—¿Vas a clases? —indicó aproximándose apretando una tira de su bolso.

—Eso creo —resoplé parpadeando más de lo debido.

—Vamos. —E hizo un gesto de que caminará—. Nos iremos juntas.

Como si no me quedará de otra, intente mostrar una sonrisa amble y seguí su paso. Casi como al descuido, noté que llevaba ropa demasiado liviana para una mañana fresca: unos pantalones de tela, una blusa de manga corta y unas sandalias bajas.

Sacudiendo la cabeza, me dije que aquello no era asunto mío. Además, la conocía sólo de saludo, y eso bastó para que me preguntara a qué escuela iría este otoño.

—¿Cómo es la escuela? —inquirí un tanto indecisa.

—Una escuela —respondió ella como si aquello no fuera importante—. Tiene muchas salas y un gimnasio.

Abriendo los ojos, asentí como si aquello me hubiera quedado claro. Balanceando mis codos mientras agarraba los tirantes de mi mochila, me limite a suspirar a cada cierto tiempo. Si retenía aire más de lo debido, de seguro se notaría mi desagrado, y estoicamente, mantuve mi sonrisa todo el camino.

—¿Y tus hermanos? —Sabía que tenía dos que iban a la misma escuela.

—Pues, Junior se fue antes que yo, y Sheila dijo que quería seguir durmiendo —indicó con voz desinflada.

—¡Oh! —resoplé sin saber que decir y pregunté con la idea de cambiar de tema—. ¿Cuánto falta?

Estaba visto que este no era su tema favorito.

—Sólo un par de cuadras. —Y sostuvo mi mirada—. Es el edificio blanco que se ve enfrente.

En efecto, una magnifica construcción a escasos metros de mis ojos. Este tenía unos cuatros pisos y parecía un arca de Noé. Tenía miles de ventanitas y estaba rodeado de muchos árboles.

—¡Guauuu! —silbé sorprendida—. ¡Es gigantesco!

—Es fácil perderse en él. —Karen abrió los ojos de modo tal que su iris se hizo más claro—. Tienes que tener cuidado.

—Claro. —Asentí enarcando una ceja, sintiéndome, repentinamente, muy pequeña.

Luego de entrar a ese bunker, mi vecina se despidió de mí y se alejó a paso rápido por entremedio de los muchos estudiantes que estaban aglutinado en el hall.

Intentando orientarme, busque como si fuera una ciega, la oficina de admisión. Había tantos pasillos y escaleras que esto parecía un laberinto. Creo que fue así como termine en una especie de patio techado color verde oscuro.

Parecía un buen lugar para practicar karate

Arqueando una ceja, decidí que debía volver por donde vine y, estando por entrar a una galería, un muchacho de cabello oscuro, alto y complexión fuerte me bloqueo el paso.

—¿Nueva por aquí?

—¿Te importa? —lo espeté sin mucha diplomacia.

Tenía la impresión de que era el típico chico que se sabía guapo e irresistible pero que no tenía nada que hacer con su tiempo ni con su vida. Sin querer pensar más en ello, me dispuse a pasar, pero el muy cretino me volvió a cerrar el paso.

—No quiero asustarte, niñita —bufó este esbozando una carcajada—. Sólo quiero ayudarte. Tienes pinta de nueva. Eso es todo.

—No te molestes —susurré con cierto tono de amenaza. Este no estaba enterado que, a pesar de ser una pésima exploradora, podía llegar a mi destino por mí misma—. Puedo sola.

Y sin más, pasé por su lado.

—¡Te vas a perder! —Alcancé a escuchar cuando doblé en la primera esquina que vislumbré.

Sin hacerle caso, caminé con rapidez por un extenso pasillo hasta que me topé con una puerta blanca. Grabado sobre la ventana decía “camarines” y aprecie, en el fondo, a una mujer de cabello castaño escribiendo en su escritorio.

Con esperanza, toqué la puerta y la abrí con la sola idea de que ella me pudiera ayudar.

—Hola —la saludé asomando mi cabeza por entre la puerta.

Enderezando la cabeza, la mujer hizo a un lado un largo mechón que caía sobre su frente y se sacó los lentes para mirarme con atención.

—Disculpe, estoy perdida —sonreí con algo de vergüenza—, ¿podría ayudarme?

—Claro —señaló, mientras se levantaba y cerraba el cuaderno en el cual escribía. Aproximándome a mí con diligencia, indico que la siguiera por el pasillo—. No te preocupes. Esto pasa a todos los nuevos. Soy Natalia Troncoso, el terror de los chicos de esta escuela. —No sé qué expresión puse que ella se rio con ganas—. Soy la maestra de gimnasia, ¿y tú? ¿Eres…?

—Laia… Laia Cabral —respondí con la boca floja, y es que mi antiguo profesor era alguien absolutamente mayor y vestía su ropa deportiva como si estuviera haciendo la corte militar.

—Encantada de conocerte Laia. —Y extendió su mano.

Con perplejidad, detuve mi caminar y miré su mano. Esbozando la mejor sonrisa que pude, tomé su mano.

—Bien. —Luego de soltar mi mano, preguntó—: ¿De dónde vienes?

Y mientras le contaba algunas cosas de mi hogar en Piamoncura, sentí, en mi interior, que no estaba tan sola en esta gran ciudad.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

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