• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 8

 

Durante la travesía Micaela comenzó a elucubrar cientos de posibilidades. Se imaginó ganándose la confianza de Barthelot hasta tal punto que la llevaría a visitar Londres. En aquellas ensoñaciones vislumbró la posibilidad de visitar el Museo Británico donde sabía que trabajaba Joseph. Practicó mentalmente el saludo que le daría, la postura que adoptaría; incluso, llegó a asegurarse que la miraría orgulloso de sus logros. En alguna ocasión se colaba alguna escena tórrida donde le confesaba su tristeza por verse atado a un matrimonio de conveniencia y le pedía que le perdonara.

Una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro al pensar qué diría si supiera de la oferta del gran botánico Barthelot le había hecho. Seguro que me envidiaría, se dijo para sí, riendo por lo bajo ante las pullas que inventaba para él. Cuando el Puerto de Santa Cruz apareció ante la proa del velero Micaela recreaba escenas en las que Joseph y ella intercambiaban impresiones sobra alguna especie recién descubierta. Tal y como habían hecho tantas veces al atardecer, abrazados en algún rincón de Gran Canaria.

Cuando la realidad se impuso, sus entrañas comenzaron a tensarse. Agarró bien fuerte sus fardos, evaluó el vestido verde oscuro que le habían confeccionado con premura y decidió que estaba lista para presentarse ante su maestro. Recordó cómo su tía Jacinta le recomendó mantener sus rizos sujetos en la coronilla y le explicó cómo abotonarse el vestido que había elegido para ella.

Las enaguas, de impecable blanco, asomaron bajo su falda ampliada por una sencilla crinolina. El escote cuadrado estaba ribeteado del mismo color verde que realzaba su mirada y acentuaba su busto. Su piel bronceada resaltaba ante el encaje blanco de las mangas. Sus pasos firmes, mirada ilusionada y contoneo felino no pasaron desapercibidos en el muelle. Nada le hacía pensar que desde el momento en el que colocó su botín oscuro sobre la pasarela de madera, unos ojos ambarinos habían caído sobre ella sin dejar de seguirla.

Micaela, al poco de comenzar a andar por el muelle, sintió un cosquilleo que le hizo buscar algo sin saber qué. Pestañeó varias veces para intentar separar la fantasía de la realidad pues no podía creer que el caballero de levita oscura y sombrero negro bajo el cual asomaba cabello cobrizo, era Josephh Wolf. Su mente casi llega al colapso al darse cuenta de que los pasos del elegante extranjero se dirigían hacia ella. La mirada de Joseph era tan intensa que logró que la joven dejara de respirar.

Micaela escuchó el sonido que sus valijas hicieron al caer de sus manos; aunque no pudo fijarse en qué estado se encontraban pues sus ojos sólo podían clavarse en él.

— Señor, señor Wolf —logró pronunciar en cuanto este se detuvo a unos pasos de distancia y le hizo una reverencia. —Os hacía en Inglaterra.

— Creí que si alguien debía esperar su sueño en el muelle debía ser yo, señorita Sarmiento.

Ambos sonrieron pues recordaban las palabras que cerca de dos años atrás había expresado la joven. Una carcajada acompañada de lágrimas hizo reaccionar a Micaela.

— Ya sé que me diréis que prometí ir a buscaros, pero no me pareció mala idea encontrar un lugar donde pudiera explotar sus dotes como naturalista y hacerla venir hasta mí. No tuve que convencer al señor Barthelot para que nos contratara, en cuanto le comenté mi idea de tomarla como esposa, estuvo encantado con la idea de tenerla como ayudante.

Micaela bajó la mirada para observar sus manos temblorosas enfundadas en guantes. Unos segundos después buscó el sol hasta que percibió su calor sobre su desvaída piel. En último lugar, inspiró fuerte el aroma del mar y volvió a mirar a Joseph.

— ¿Dudáis?

— Dudo de la realidad, creo que empiezo a darme cuenta de que todo es verdad.

— ¿Y qué os parece, señorita Sarmiento la vida que os propongo?

— Nunca imaginé nada mejor. —Micaela amplió la mayor de sus sonrisas.

— ¿Andar entre hombres huraños, realizar grandes viajes sin comodidades, dormir a la intemperie, soportar largos recorridos a pie y estar a merced del tiempo? —preguntó irónico— ¿Era lo que queríais?

— Si,—una burbujeante risa surgió de su interior.

— Pues creo que no existe persona mejor para satisfaceros que yo.

— Siempre y cuando llene mi estómago con pan manido, carne seca y cualquier cosa que creamos comestible. Soy muy exigente en eso.

— Queda anotado —sonrió a su vez Joseph acariciándola con la mirada— ¿Alguna puntualización más a tener en cuenta?

— Si, la más importante. Que estéis a mi lado.

Joseph no pudo contenerse más, acortó distancias hasta saltarse las normas del decoro. Llevó su mano a la nuca de Micaela y acercó su rostro al suyo.

— Creo que seré capaz de complaceros, señorita Sarmiento. Tal y como os prometí, no voy a separarme de vuestro lado mientras viva.

Y esas fueron las palabras que pronunció antes de ahondar en ella a través de un beso que supo a tiempo de espera, noches de sueños insatisfechos y prometedores momentos por vivir. El bullicio del muelle quedó relegado, pues sólo estaban ellos, abrazados, besándose con ardor; conscientes únicamente de los brazos del otro.

Ambos recorrieron las calles de Santa Cruz sin soltarse de la mano, prometiéndose el uno al otro una vida como solo ellos sabían apreciarla. Siempre juntos, sobre la senda que la naturaleza desplegaría para que se adentraran en busca de respuestas y nuevos descubrimientos.

Años más tardes, Micaela subía los escalones del Museo Británico del brazo de Joseph como su esposa y compañera de investigación. Habían sido invitados a la conferencia que expondría su labor sobre el Lagarto Gigante de El Hierro y sus peculiaridades. Aquel fue el primero de muchos viajes más, explorando, saciando y venerando el amor que les unía.

Micaela comprendió que no se debía esperar a los sueños en el muelle. Se debía salir en su busca, pues nunca sabías cuán lejos los ibas a encontrar.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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