• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 7

 

Continuaron el viaje sin poder volver a encontrar la intimidad que los barrancos les permitían. La despedida fue formal aunque la intensidad con la que sus ojos se miraron, guardando cada detalle del rostro amado, fue toda una declaración de sentimientos. En esta ocasión, Micaela sí tomó la mano enguantada que le ofrecía Joseph y cerró los ojos para llevarse con ella el último contacto, el último resquicio de su calor. Se mordió los labios para frenar las lágrimas que pugnaban por salir.

— Hasta pronto, mi diosa Teline.

— Adiós, mi amado inglés.

Micaela se quedó plantada en el muelle, con la vista fija en el barco velero que zarparía en cuanto levantara el ancla. Inspiró varias veces la brisa marina, permitiéndose el lujo de pensar en Joseph y la vida que le proponía. Su mente voló hasta Inglaterra para verse subiendo los escalones del Museo Británico del brazo de su inglés.

— Micaela, nos vamos a casa.

El aviso de su padre la trajo de vuelta, necesitó pestañear para deshacer las lágrimas que bañaban sus ojos antes de dar la espalda a la promesa en la que se había convertido el señor Wolf.

— Niña mía, no sabes cuánto me duele verte mirar lo que nunca podrás alcanzar. —Micaela se sentaba en el pescante de la carreta junto a su padre cuando le escuchó su lamento— Y la culpa es mía, por no recordarte donde está nuestro lugar. Espero que la pena que veo en tus ojos sea pasajera y que el señor Wolf no haya prometido nada que no pueda cumplir.

— Todo irá bien, padre. A usted le debo mi pasión por la naturaleza y sus misterios, no sería yo sin los libros que me deja leer. Si algo he aprendido en los años que me ha dejado acompañarle, es que esa gente habla tanto como sueña.

Las semanas dejaron pasar a los meses y Micaela volvió a recorrer la isla guiando a nuevos exploradores. Creyó que había asegurado bien su corazón cuando dejó partir a Joseph, pero los meses seguían transcurriendo sin noticias mientras que ella se sentía estúpida por albergar la esperanza de que cumpliera su promesa.

Transcurrió año y medio hasta que la vida de Micaela dio un vuelco. Seguía pensando en Joseph y la posibilidad de volver a verle. Estaba segura que a esas alturas habría contraído matrimonio con la señorita Harpur pero la carta que había recibido la acercaba a Inglaterra. O eso era lo que Micaela pregonaba. Ni la sensatez de su padre logró borrar su sonrisa y sus planes para el futuro. Perico sonreía al verla tan feliz, pues supo que el señor Wolf se había llevado con él parte de su hija y la tristeza había llenado sus días. No quería alentar sus esperanzas pero las noticas auguraban una nueva vida para Micaela y él estaba orgulloso de ello.

El señor Barthelot había enviado una carta para invitar a Micaela a Tenerife. Hacía unos años que se había instalado en la isla vecina con la intención de crear el Jardín Botánico de Santa Cruz. En la misiva hablaba sobre la necesidad de rodearse de buenos botánicos y de personas expertas en los endemismos canarios. Explicaba que había recordado el interés que siempre mostraba ante sus enseñanzas. Barthelot pedía permiso a su padre para que le permitiera trasladarse a Tenerife con el fin de incorporarse a su nuevo trabajo.

Micaela nunca acumuló demasiados objetos personales salvo los libros que su padre había ido encargando. Por ese motivo viajó con dos pequeñas valijas, una con ropa y enseres de aseo; la otra, cargada de libros. Abrazó a su padre con fuerza y prometió que compraría un billete para él con su primer sueldo. Al rostro de Micaela lo cubría la euforia, junto a los nervios que provocaba un futuro prometedor. En cambio, Perico, no pudo controlar sus lágrimas al ver partir a su niña hecha una mujer, ir derechita hacia una vida privilegiada.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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