• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 6

 

A partir de aquel momento todos olvidaron su género y la trataron como una compañera más. Micaela se volvió a sentir otro espécimen a analizar pero saboreaba cada expresión de asombro que provocaba cuando respondía a sus cuestiones. Joseph sonrió orgulloso de ver cómo la joven se hacía un hueco entre sus colegas y brillaba por su inteligencia. El resto de atardeceres tomaron la costumbre de citarse, mientras el resto se preparaba para las incursiones nocturnas. Allí compartían las impresiones del día, se acariciaban y besaban, creando un vínculo cada vez más fuerte y adictivo.

Cuando llegaron a la zona costera del sur de Gran Canaria, Micaela estaba profundamente enamorada de Joseph, pero se recordaba todas las noches que estaba comprometido y ella no era quien para pedir algo más que unos besos. Nada le hacía sospechar que Joseph había olvidado cualquier compromiso o vida en Inglaterra. De pronto sus días los llenaban la joven canaria, dejando que su imaginación le llevara a recorrer el mundo junto a ella. Los dos solos, amándose en medio de la foresta y disfrutando de viajes y expediciones. Joseph no necesitaba más. Y con esa idea bailándole en la mente dejó a Paines con la búsqueda de la fauna canaria y volvió al campamento. Preguntó a los porteadores que se habían quedado montando las casetas dónde podría encontrar a Micaela. Tras más de una hora recorriendo la costa la encontró en una cala donde una gigantesca montaña de arena creaba una playa.

Estaba completamente desnuda, bailando con las olas. Su visión hipnotizó a Joseph quien se quedó recreándose en la imagen de Micaela surgiendo de entre las aguas. En aquel momento no lo tuvo más claro. No podía dejarla atrás, sus días no tendrían la luz y color que ella le aportaba. Inglaterra y Jemima se le antojaban grises. Su vida estaba junto a Micaela. Podría haber descendido y tomado a la joven en la playa, pero recordó cómo sus besos lograban enloquecerlo; de tal forma que en ocasiones olvidaba que podían ser descubiertos. Joseph no era del todo libre para bajar y hacerla suya, por lo que decidió esperar. Alargó su tortura cual adicto pues si bien sus pies obedecían, sus ojos no podían alejarse de la figura de Micaela.

La última semana de la ruta indicaba que recorrerían la costa este de la isla con menos paradas, con el fin de llegar a tiempo a coger el barco que les llevaría a la siguiente isla que explorar. Una noche, sentados alrededor de un fuego mientras uno de los porteadores sacaba un timple y hacía sonar varias melodías, Joseph clavó su mirada en ella.

— Volveré a por usted.

Ella inspiró hondo. Saboreó con lentitud las palabras que tanto había ansiado escuchar y que debía negar. No le hizo falta despegar su mirada del fuego para saber el ardor que podía encontrar en los ojos de Joseph. Miró alrededor en busca de algún testigo de su íntima conversación. Al observar el ambiente distendido que había creado el vino servido en un botijo, decidió responder.

— No lo hará.

— En eso se equivoca, señorita Sarmiento. —refutó Joseph con una sonrisa bailándole en los labios al ver cómo la joven escondía sus sentimientos— Lo haré y cuando me veáis descender del barco que me traiga de vuelta, correré hasta usted y no me volveré a mover de su lado.

— Señor Wolf, nuestras vidas no están hechas para compartirlas con el otro— Micaela volvió su rostro para enfrentarlo, el dolor de la separación se hacía patente en su mirada— Vos estáis ligado a la señorita Harpur.

— Un lazo muy débil para mantenerme alejado, créame.

— Cuando vuelva a Inglaterra creerá que todo ha sido un sueño.

Sólo le quedará el bronceado y las heridas en los brazos como prueba de su paso por Canarias. Y esas marcas se diluirán con el tiempo, al igual que lo hará mi recuerdo y los sentimientos que he despertado en vos. Hace tiempo que dejé de esperar sueños en el muelle, señor Wolf. No habéis sido el primero que ha prometido volver para llevarme lejos.

— Siento celos de las promesas de los otros. ¿Cuántos ha habido? —preguntó Joseph agradecido de que los necios la hayan dejado atrás.

— No todos me ven como lo hacéis, tampoco azuzaré sus celos. El señor Web me prometió una educación en Inglaterra. Como veréis, jamás cumplió. También desperté cierta curiosidad en un francés, esa vez más como mujer que como pupila. Fue una buena forma de hacer que me sumergiera en libros y que olvidara que alguien iba a venir a por mí. Por eso, mi querido señor Wolf, no puedo engañarme. Y tampoco deberíais hacerlo vos.

Se mantuvieron las miradas largo tiempo. La tristeza que la realidad les llevaba bailó a su alrededor. Se sonrieron, cómplices del amor que sentían por el otro; aunque la nostalgia manchara sus labios.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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