• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 4

 

La presencia de Perico y el resto de compañeros hizo difícil volver a tener una conversación tan rica y llena de matices como la que habían mantenido. La trampa que Micaela les mostró dio bastante más resultado que el que habían conseguido hasta el momento y su mudo agradecimiento fue alzar los lagartos recogidos desde la distancia para mostrárselos. Varios días más tarde la joven se acercó, esta vez a él, para intercambiar impresiones sobre reptiles. Sin darse cuenta, creció una complicidad entre ellos que se alejaba del plano intelectual. Sus cuerpos comenzaron a reaccionar ante la visión del otro. Las nuevas sensaciones les paralizó, pero la atracción era más poderosa que sus miedos.

Siguiendo el cauce del barranco de Ayagaure, donde la aridez del terreno fascinó a los visitantes, Joseph observó cómo Micaela rondaba el grupo que componía a los Molesworth, el señor Fox y Perico. En el momento en el que el padre se alejó siguiendo sus quehaceres, la joven se dirigió a los botánicos resuelta. Sacó de su bandolera una planta y se la mostró. Joseph interesado en lo que la joven pretendía hacer se acercó por otro lado.

— Mi lord, señor Fox, espero que no os moleste que me haya acercado, pero me gustaría mostraros un hallazgo. —comenzó a explicarse— Esta mañana no creí que fuera posible lo que veían mis ojos, creo que esta es una especie distinta a la Teline canariensis. Estoy segura que querrán volver a Inglaterra con un hallazgo como este.

En la sonrisa nerviosa se podía captar la ansiedad de estar ante algo importante. Las risotadas del señor Fox amedrentó a la joven. El azoramiento se agravó al ver cómo le tomaba la rama con deprecio para echarle un simple vistazo y desechar su teoría sin contemplaciones.

— Qué sabrás tú de plantas —Fox lanzó la Teline a un lado, con despectivo— Anda, ve a hacer tus cosas. ¿Habeís visto, Molesworth? Esta gente se codea con un par de botánicos y se creen uno de ellos.

Micaela pestañeó varias veces intentado no derramar su indignación y controló como bien pudo su decepción. Antes de agacharse a recoger su muestra, una mano amiga se la acercó. Cuando sus ojos se toparon con los de Joseph sintió vergüenza. Se alejó de allí, no sin antes lanzar una mirada amenazadora a la cabeza canosa de los señores que continuaron con sus recolectas. Joseph quiso consolarla pero supo que nadie entendería su comportamiento. Estaba convencido de que hubiera reaccionado igual que sus compañeros si no hubiera mantenido las conversaciones de las semanas anteriores. En aquel momento estaba seguro que si Micaela se atrevió a arriesgarse era porque estaba en lo cierto.

Micaela tuvo que contener su mal genio durante todo el día. Quería moler a pedradas a aquel engreído que no se había parado a comprobar lo que le mostraba. Además de la humillación de verse repudiada, tuvo que sumarle la bronca de su padre al enterarse de su osadía. Su orgullo quedó maltrecho cuando descubrió que el señor Wolf presenció ambos instantes. Por más que protestó y blandió la ramita delante del rostro de su padre para hacerse entender; sólo recibió una sola sentencia que daba por concluida la conversación.

— Y si lo fuera, Micaela, no importa. —estalló— La planta seguirá ahí hasta que algún extranjero de la clase de ellos la encuentre y se dé cuenta de la diferencia. Da igual cuanto veamos o sepamos, quienes tiene el poder de contarlo son ellos. Tú y yo somos meros observadores.

Micaela se alejó del campamento furiosa, con lágrimas cargadas de impotencia cubriendo su rostro. Se obligó a ascender una de las paredes encrespadas del barranco para lograr que su enfado lo diluyera el cansancio. Minutos más tarde se desplomó sobre un saliente desde donde tenía las vistas del campamento al atardecer. El ruido de piedras rodar la alerto de la presencia de alguien más. Joseph Wolf la había seguido.

— Siento lo que ha sucedido —comentó con la voz entrecortad por el ascenso— Creo que he seguido animales menos escurridizos que usted.

Su comentario sacó una sonrisa pesarosa al rostro de Micaela. Ella permitió que se sentara a su lado.

— Yo confío en su criterio, señorita Sarmiento. Estoy seguro que lo que asegura tiene base científica.

— Para lo que importa. Da igual cuanta verdad hay en lo que digo, soy mujer, de clase baja y canaria. —se lamentó aniquilando el campamento con su mirada.

Joseph asintió en silencio pues sabía que la situación era compleja. El cielo rojizo junto a la brisa del viento que movía los arbustos a su alrededor llevaron algo de paz. En cómplice compañía observaron el atardecer y las tintineantes luces de las lámparas de aceite del campamento encenderse. En algún momento sus mentes tomaron conciencia del otro, por lo que dejaron que sus ojos escaparan del paisaje para recaer en la figura sentada a su lado.

Joseph percibió la tristeza en ella, la sensación de sentirse atrapada cuando se tenía tanto que experimentar. Su mano se alzó lenta para rozar la sien de la joven que cerró los ojos ante su contacto. El cúmulo de sentimientos que había poseído a Micaela fue arrollado por la caricia. Esta calmó su tempestad haciéndola creer que se trataba de una fantasía. Abrió sus ojos verdes cuando absorbió el aliento del inglés. En ese instante supo que era real y redujo la distancia que separaban sus labios de su boca.

El beso resultó una caricia. Sus respiraciones comenzaron a adaptarse a medida que sus labios captaban la esencia del otro. La piel tierna de ella contra una más endurecida en la de él. El aliento de ambos se entremezcló cuando Joseph presionó en busca de la oquedad de ella. En el momento en el que Micaela suspiró por su apremio, este aprovechó para lamer su interior. Un latigazo eléctrico recorrió sus cuerpos en el instante en el que sus lenguas se tocaron. A partir de ese contacto el tiempo se volvió difuso, pues solo estaban ellos dos sumidos en un placentero beso.

La vuelta a la realidad la realizaron con lentitud, sin dejar de tocarse. Tras largos minutos en silencio, disfrutando del calor del otro, comenzaron a hablar sobre sueños y proyectos. Fue allí, en la penumbra de un árido barranco, donde Micaela abrió su corazón confesando sus más íntimos deseos. Ella no quiso preguntar por Jemima, la prometida, prefirió olvidar ese hecho. En cambio, ahondó en Joseph para conocer su día a día en el Museo Británico y qué le llevó hasta allí. Su fascinación por la zoología les unía pero nada como encontrar en otra persona la pasión por la vida un explorador. No había comodidad, sólo la felicidad que produce sentirse rodeado de la salvaje naturaleza.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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