• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 3

 

Poco antes del atardecer captó la curiosidad que despertó en la joven sus aparejos. Ella cargaba con varios troncos de madera para hacer el fuego junto a otro muchacho porteador. Siguió de largo cruzando sus hermosos ojos con los de él. Cuando les acercó la comida vislumbró la duda en su actitud.

— Esto es para aves —le explicó— esta tela la colgaremos para que queden atrapados los insectos durante la noche y con esto de aquí intentaremos atrapar a la escurridiza musaraña y los reptiles de la zona.

— Con esa trampa puede que caigan roedores, pero no podrán cazar reptiles.

Micaela le indicó aquel aspecto apretando los labios para reprimir las ganas de continuar realizando correcciones. Dejó con el ceño fruncido a los ingleses y se alejó para evitar una reprimenda de su padre si se enteraba de que andaba molestando a los exploradores. Desde lejos les vio debatir las vías de escape para, unos y otros, desde la pequeña jaula que habían fabricado. Micaela, después de mucho contenerse, dejó que su espíritu indómito aflorara. Rebuscó entre las alforjas sin percatarse de que Joseph pensaba cómo pedir ayuda a la joven. Este era consciente de la barrera que existía entre ellos, pues no quería molestar a Perico interesándose por su hija y su saber.

Meditaba la forma de descubrir hasta donde llegaban los conocimientos de Micaela cuando esta apareció ante ellos; en esa ocasión, con una gran lata vacía. La colocó en el suelo, humedeció un pañuelo en aceite y embadurnó las paredes del bote.

— Con esto he visto caer cientos de lagartos. —explicó la joven con timidez al principio pero tomando confianza a medida que los ojos del inglés mostraba interés.— Dentro se les pone comida, cualquiera de las sobras. Ellos entran a por ella y el aceite les impide salir, pues se resbalan. Los lagartos son muy escurridizos y pueden meterse en agujeros muy estrechos. La jaula que hicieron sólo sirve para roedores.

— ¿Quién os enseñó? —preguntó sopesando la simpleza y efectividad de la técnica.

— No lo recuerdo, se lo he visto hacer a varios. —Micaela se sentó en una roca tras recogerse la falda pantalón para continuar con la charla— Son muchos los que han pasado por aquí. La diversidad de Canarias es muy útil para las investigaciones que hacen.

— ¿Le gusta la botánica? –preguntó Paines, también atraído por la sabiduría que parecía mostrar Micaela.

— Más bien la zoología, en especial los lagartos.

Micaela sonrió ante su confesión y su sonrisa traviesa deslumbró a los hombres. Sus ojos se habían cerrado levemente para ayudar a sus labios a curvarse de forma adorable. Joseph tuvo que tragar saliva al poder contemplarla de cerca. La luz anaranjada de la hoguera la envolvía de manera que le parecía irreal y seductora.

— ¿Han escuchado hablar de los lagartos de El Hierro? —Joseph era conocedor de su existencia pero Paines pestañeó dudoso— Son gigantes, dicen que del tamaño de un gato y hay una especie distinta aún mayor que habita en un islote cercano a la costa. Imagínense, una especie única en el mundo que vive sobre una roca y no ha se la ha visto en tierra firme. ¿No es curioso?

Después de la primera impresión al escuchar a una mujer hablar con soltura utilizando vocabulario específico y amplios conocimientos en especies canarias, escucharon con atención lo que les decía. Minutos más tarde conversaban relajados sobre la fauna canaria, sus conclusiones y las observaciones hechas el último mes.

Micaela se despidió con una sonrisa agradecida en los labios, se acercó al grupo de porteadores y se metió entre las mantas que había preparado como camastro. Algo en el interior del zoólogo se contrajo, supo que estaba ante el mayor tesoro de las islas Canarias. A partir de ese momento Micaela se le presentó como un misterio que descubrir cuyo riesgo entrañaba perderse para siempre en sus ojos verdes.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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