• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 2

 

Los vientos en mayo eran cambiantes, podían despejar el cielo hasta dejarlo de un azul intenso o nublarlo de gris cargando con chispeantes gotas. Los naturalistas comenzaron a percibir la calidez del clima, acostumbrados a andar por las frías tierras anglosajonas. Micaela era eficaz, se había ganado el respeto de sus compañeros los porteadores y trabajaban bajo sus órdenes con fraternidad. Su padre se encargaba de la guía a los expedicionarios, solía facilitarles información del terreno y los acompañaba en todos los recorridos. Los científicos solían agradecer los conocimientos de los autóctonos pues podían facilitarles información sobre lugares donde se podían avistar las especies, las zonas comunes donde crecían, sabiduría tradicional, usos y costumbres de las plantas o animales.

La labor de Micaela se centraba en gestionar el campamento, cuidar de los animales y servir de ayuda a la hora de guardar las prensas con los ejemplares recolectados. Salvo que el grupo se dividiera y necesitaran a alguien para hacer de guía. Durante las semanas que les llevó alcanzar al valle de Agaete, Joseph y la joven se medían con las miradas. Se había generado cierta hostilidad entre ellos sin que la curiosidad por el otro menguara.

Micaela había observado desde lejos a los dos zoólogos, el señor Paines y el señor Wolf. Percibió cómo disfrutaban con la diversidad de aves, insectos y reptiles. Ella, era gran aficionada a estos últimos por lo que no podía dejar de prestar atención a lo que decían. Así fue cómo escuchó que Joseph era el cuidador asistente del área de Zoología del Museo Británico; en concreto, catalogaba insectos. La mirada de esta se suavizó al captar una conversación en la que hablaba de su trabajo en el museo y se endureció, sin saber explicarlo, al escuchar el nombre de su prometida: la señorita Jemima Harpur. El respingo que su cuerpo dio al reaccionar ante tal hecho le hizo fruncir el ceño.

Quizás, se dijo para sí, los días conviviendo a la intemperie le habían hecho apreciar la musculatura de sus piernas embutidas en pantalones de ante y botas altas. Micaela se había fijado en cómo sus escápulas solían marcarse ante el esfuerzo de escalar alguna roca en busca de alimañas, sin dejar de apreciar una espalda fuerte y entrenada. El pelo cobrizo tampoco le había pasado desapercibido como tampoco sus ojos ambarinos con una chispa cínica bailando en ellos.

Por su parte, Joseph, había admirado la destreza de la joven al manejarse en plena naturaleza con gracia. Nunca hubiera imaginado a una de sus hermanas sentada junto al fuego, rodeada de hombres, removiendo un caldo y sermoneando a los porteadores para que tuvieran un buen comportamiento. Si a primera vista creyó estar ante una mujer adusta, con el tiempo fue captando su sensibilidad hacia la naturaleza. La veía adentrarse entre los matorrales con suavidad, observaba cómo sus ojos analizaban lo que tenía ante sí y captaba cómo sus manos, al descuido, acariciaban plantas para luego llevarse las yemas de los dedos a la nariz para captar su olor. No sabía qué le atraía de ella, si la sospecha de una mente despierta y conocedora de los secretos de esa exótica tierra o su cintura estrecha y movimientos felinos con los que se ajustaba sus rizos oscuros sobre la coronilla. Ver su nuca al descubierto perlada por el sudor junto el leve bamboleo de sus caderas le hacía imaginar encuentros furtivos con la atrayente canaria. Sea como fuere, él intentaba centrarse en el objetivo del viaje.

Habían dejado atrás la humedad que el mar de nubes llevaba a la zona norte junto a la espesura de la vegetación, para sentir el frío de la cumbre. En aquellos momentos descendían hacia la zona sur, maravillados con el cambio en la orografía. Artenara les permitió dormir en cuevas tras escuchar y analizar la vida nocturna. Una noche, tanto Joseph como el señor Paines, se habían quedado en el campamento preparando las trampas para atrapar animales. El resto del grupo se había internado en la oscuridad en busca de nuevos descubrimientos y experiencias.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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