• Autor/a: Yara Medina
  • Actualización: Abril 2020

La diosa Teline

Parte 1

 

S XIX, Isla de Gran Canaria

Micaela llevaba semanas luciendo una sonrisa en el rostro. Aquel año volvían a recibir la visita de científicos extranjeros a las islas. Ella, a pesar de ser mujer, tenía la suerte de poder acompañarles gracias a su padre. Este, desde su infancia, se había dedicado a servir a todo tipo de grupos multidisciplinares en busca de hallazgos naturales. Perico, como solían llamarlo, comenzó como porteador, llevando acuestas por los barrancos los fardos con los enseres de aquellas gentes. Siendo avispado aprendió rápido inglés pudiendo así formar parte más activa de las expediciones. Los años lo llevaron a ser el contacto directo de la Royal Cientific Academy para que organizara los viajes, logística y hospedaje en Canarias.

Nada frenaba a Perico, mucho menos ser viudo a cargo de una niña de cinco años. Muchos hubieran dejado atrás a la pequeña, pero esta era lo único que le quedaba y sus ojos verdosos le impedían alejarla de su lado. La instruyó en el mundo de las expediciones. Desde muy pequeña Micaela ayudaba a montar y desmontar tiendas de campañas, ser pinche de cocina, azuzar bestias y dormir a la intemperie. Hasta que la curiosidad científica fue calando cada vez más en ella, haciendo que la joven en la que comenzó a convertirse abriera los ojos y los oídos para captar conocimientos. Su boca, tal y como le había enseñado su padre, debía mantenerse silenciada para no molestar a los visitantes. En su niñez así lo hacía, a medida que sus conocimientos se ampliaban su boca tendía a entrometerse en conversaciones vetadas para ella.

Micaela podía presumir, y presumía, de haber aprendido de los mejores. Tenía doce años cuando participó de la visita a la isla de Gran Canaria de Webb y Berthelot. El equipo de expedición la tomó como una mascota con la que jugar, hasta tal punto que olvidaron que la niña a la que le mostraba la naturaleza tenía una gran capacidad de retentiva. Webb y Berthelot, necesitaron quince años para poder recopilar material necesario con el fin de publicar Historia Natural de las Islas Canarias, por lo que Micaela se benefició de sus últimos años. Estos científicos organizaban largos viajes y sus grupos solían componerlos varias disciplinas como zoólogos, botánicos y geólogos.

En los últimos años, tanto su padre como ella, habían visto cambiar el perfil de las expediciones. La fama y la atracción natural de las islas no sólo había llamado la atención de científicos, sino que comenzaba a organizarse expediciones privadas en las que ilustres adinerados se lanzaban a visitar las islas en busca de nuevas experiencia y reconocimiento social. Micaela adoraba las noches de campamentos en las que se sentaban alrededor de una hoguera y los exploradores comenzaban a intercambiar impresiones. Con la llegada de los nuevos grupos Micaela sentía cierta nostalgia al recordar sus años de aprendizaje con los mejores naturalistas.

Micaela rondaba la veintena, era una buena moza como muchos la calificaban, pero su educación lograba espantar a todos los muchachos que su padre aceptaba que la cortejaran. Ella se sentía una ilustrada, autodidacta, pero ilustrada igualmente. No se se veía superior a sus gentes, pero sí distinta, pues Micaela envidiaba la suerte de ser hombre y explorar mundo. Cosa harto rara en las muchachas de su edad. Había escuchado hablar del continente y sus especies, de África, sus secretos y selvas en las que adentrarse, del Amazonas, y de lugares lejanos donde la nieve cubría la tierra durante meses o desiertos donde no recibían gota de agua en años. Sus sueños giraban en torno a viajar y recorrer el mundo. Aunque de todos sus suelos, lo que más ansiaba en la vida, era acudir al museo de Historia Natural de Londres y ver las especies del mundo reunidas en un solo edificio. Se imaginaba trabajando allí, donde se recibía una muestra o ejemplar de la fauna y flora del planeta.

En aquel momento Micaela tenía un brillo ansioso en la mirada. En el muelle de San Telmo, en Las Palmas de Gran Canaria, esperaba al grupo de exploradores que llegaba desde Inglaterra. Su padre, a unos metros de la carreta en la que estaba subida, fumaba un puro con la vista puesta en el velero que atracaba en el dique. Ella estaba lista para emprender viaje vestida con sus ropas de faena. Una falda pantalón de lana azul marino, camisa de lino abotonada hasta el cuello y chaleco de piel. Sus botas de caña tenían una buena suela con la que recorrer la isla sin miedo a dejarla atrás. Hacía décadas, los científicos que exploraban la isla llevaban el apelativo “pies descalzos” pues terminaban por perder el calzado en sus recorridos.

Micaela saltó con brío en cuanto su padre se puso en marcha dirección a los señores que descendían por la pasarela cargados con mochilas y vestidos con ropas de exploradores. La voz de Perico se alzó para comenzar a dar indicaciones a los porteadores que esperaban junto a los carruajes. Su trabajo comenzaba trasladando el equipaje pesado que los visitantes tenían en las bodegas. Mientras, ella, a una distancia prudencial, acompañaba a su padre en su guia por la ciudad. La primera noche se hospedarían en el hostal de don Feliciano, cuyas habitaciones habían sido reservadas con anterioridad.

El grupo de exploradores lo encabezaba el botánico William Fox. Había visitado con anterioridad la isla y pretendía cruzarla de norte a sur en busca de especies nuevas o continuar con el estudio de las existentes. Sus amigos lo componían dos zoólogos, dos botánicos y un geólogo interesado en volcanes. Uno de los botánicos era quien financiaba la expedición. Lord Molesworth, era un aficionado botánico que quiso ver en persona lo que llevaba tiempo viendo sobre papel. A Micaela le llamó la atención la juventud de la mayoría de los naturalistas, por lo que cuadró los hombros para recibir las miradas a las que estaba acostumbrada. Unas se centraban en recorrerla saboreando su atractivo, otros se sorprendían por la presencia de una mujer y disimulaban su disconformidad; y por último se encontraban los que sacaban pecho, pavoneándose para captar su atención.

Cuando sus ojos se cruzaron con los de Joseph encontró algo distinto. Sus ojos ambarinos le sonreían, parecía divertirse con algo que le rondaba la mente mientras la observaba. Ella levantó una ceja interrogante y este, siendo fiel a la educación inglesa, se quitó el sombrero para presentarse extendiendo una mano enguantada.

— Joseph Robert Wolf, señorita Sarmiento. —la saludó— Insistí al señor Fox para que nuestro guía nativo fuera su padre. Tenía la esperanza de conocerla, fui aprendiz y gran amigo de Webb, quien hablaba con frecuencia de la indígena que enseñó a leer. Se vanagloriaba de sus avances en botánica y su avidez por la zoología.

— Indígena. —repitió Micaela ofendida— Señor Wolf, se ha quedado rezagado. Debe darse prisa para alcanzar al grupo de distinguidos científicos con el que ha llegado a esta primitiva isla.

Hizo hincapié en la palabra distinguido pues no esperaba sentir el escozor que le provocaba que sus mentores hablaran de ella como un espécimen más a inspeccionar. Joseph se encajó el sobrero de ala ancha sobre su cabeza entrecerrando los ojos al contemplarla. Jamás hubiera imaginado que encontraría en ella esa altivez, buen uso del lenguaje y mucho menos unos ojos inteligentes de un verde veteado de amarillo. Creyó que debía gustarle escuchar hablar de Webb y que estos seguían recordándola.

Tras alzar su vista para seguir su camino junto al grupo de expedicionarios, se despidió con una inclinación de cabeza. Si bien Londres era la cuna de la modernidad en esos momentos, se sorprendió al comprender que aquella joven se enorgullecía de ser quien era y de dónde provenía. Hasta tal punto que el apelativo de indígena llegó a ofenderla. Sonrió al pensar que como zoólogo tenía una hembra muy peculiar con la que trataría durante dos meses. Mi gran mentor Webb, se dijo para sí, ahora entiendo tu fascinación por aquella niña.

Micaela sabía que vivía en un lugar privilegiado para los científicos, pues las islas suponían un lugar donde descubrir cómo se había llegado a formar lo que ellos habían estudiado en el continente. Muchos geólogos habían calculado la edad de las islas permitiéndoles conocer cómo las especies vegetales y animales se habían adaptado al medio. En definitiva, las islas Canarias con su característica volcánica, suponía un gigantesco laboratorio donde observar el comportamiento de la naturaleza. Por ese motivo Micaela no se avergonzaba de haber nacido allí, pues de otro modo no habría descubierto el amor por la naturaleza ni habría podido tener acceso a disfrutar de paisajes tan cambiantes como el que poseía Gran Canaria.

La joven se alegró de ir en la comitiva que partía en ese momento hacia la costa norte. Ella se encargaría de organizar el primer campamento base ubicado a unos kilómetros del pueblo de Arucas. La expedición se encontraría con ellos al día siguiente, después de ultimar los detalles y reunirse con el ilustrador francés que les acompañaría plasmando en papel las especies recolectadas. El recorrido les llevaría a explorar la zona de laurisilva que quedaba en la zona norte, dirección Agaete. Desde allí tomarían el barranco de Juncalillo que ascendía hasta la Cumbre. Después llegarían a la costa sur atravesando el pinar de Tamadaba y descendiendo los áridos barrancos, hasta llegar a Ayagaure.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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