• Autor/a: Adriana Andivia
  • Actualización: Agosto 2019

Creía que estaba preparada para ese tipo de cosas. Después de todo, más pronto que tarde mi padre escogería para mí un hombre al que —ahora estaba completamente segura— no amaría. Incluso era probable que el elegido fuese Vasile. Pero me sentí tan humillada al verme tumbada sobre la fría hierba, soportando el peso de aquel bruto que me trataba como un pedazo de carne, que comencé a gritar con toda la fuerza de mis pulmones. 

—Vamos, vamos. Ni que fueses novata, mujer —siseaba él, luchando con los botones de mi blusa —. ¿Con qué fulano has estado revolcándote antes de que te encontrásemos? ¿Eh?

Velkan apareció de pronto, emergiendo de la neblina como lo había hecho la primera vez que nos vimos. Derribó a Vasile, apartándolo de mí, luchando con una destreza sorprendente en alguien de su clase. Florin acudió en ayuda de su amigo y yo, paralizada por el miedo e incapaz de discurrir un modo de auxiliar a mi salvador, temí que terminase destrozado por esas dos malas bestias. Por buen luchador que fuese Velkan no dejaban de ser dos contra uno.

¡Cobardes!

Pero, cuando de la cabeza de Vasile comenzó a brotar la sangre, las fuerzas se igualaron. La bestia que el heredero Dragomir había intentado reprimir durante toda su vida emergió, dominándolo. 

Los ojos de Florin se abrieron, aterrorizados, al ver al joven conde hundir los dientes en el cuello de Vasile, extrayéndole la vida con cada gota de sangre que le arrebataba. Y huyó despavorido, aprovechando que la atención del vampiro se concentraba en el exánime cuerpo de su amigo.

También yo me asusté pero, al contrario que Florin, mi cuerpo parecían haber echado raíces. No podía moverme. Hasta que Velkan, de espaldas a mí y luchando contra su instinto, me ordenó que me fuese. Aún entonces tardé en reaccionar, pero el terrorífico grito que profirió él rompió las ataduras que me mantenían anclada al suelo. 

Corrí, sin pensar en nada más que en llegar cuanto antes a casa. Pero las voces y las luces de las antorchas que llegaron hasta mí desde el otro lado del bosque me hicieron desistir de aquella idea.

Con total seguridad, Florin ya habría dado aviso en el pueblo de lo ocurrido, y ahora todos los aldeanos iban tras Velkan.

¿Qué estaba haciendo? No podía abandonarle; no quería hacerlo. Después de todo, yo era la responsable de que le hubieran descubierto. Giré sobre mis pies, iniciando a toda velocidad el camino de regreso, gritando su nombre con tanta fuerza que sentí que mi garganta se desgarraba. Pero Velkan no me respondió, y al llegar al lugar en el que lo había dejado solo encontré el cadáver de Vasile. 

—Sé que estás aquí —vociferé, sin obtener más respuesta que el eco —. No te abandonaré, Velkan. Quiero irme contigo. Por favor, no me dejes sola. 

Esperé, sin que él diese señales de vida. Entonces esa capacidad de actuación innata en mí volvió a emerger. Me arrodillé para tomar una afilada piedra que había en el suelo y comencé a rasgar con ella la piel de mis muñecas, cortando mis venas. Sabía que él estaba allí, oculto en algún lugar, y también que no podría resistirse mucho tiempo al olor de mi sangre.

Subestimé su capacidad de aguante.

Cuando me desplomé en el suelo, sobre el reguero rojo que brotaba de mí, aún no se había dignado salir de su escondite. 

Tardé bastante en abrir los ojos otra vez. Pero, cuando lo hice, a mi lado estaba Velkan. Sentado, mirando al infinito, con un monumental enfado que me costó meses disipar por completo y que, aún hoy, más de un siglo después, emerge cada vez que me da por hacer alguna locura. La eternidad no es suficiente para redimir a una inconsciente. 

Como dije al principio, fui la culpable de la mayor carnicería de la historia de Bertina.

“Muchos lugareños perdieron la vida aquella noche, luchando contra el joven Conde de Dragomir. La bestia se negaba a abandonar el ensangrentado cuerpo de una joven de la localidad, a la que pretendía llevar a algún lugar para alimentarse de ella”.

Eso es lo que dice la versión oficial. Yo sé de buena tinta que si continúo viva, o al menos existiendo, es gracias a Velkan… y a su mordedura.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por Adriana Andivia. Queda totalmente prohibido su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin el consentimiento expreso de su autora. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imagen de portada: pixabay.com

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Comentarios (1)

  • Luisi

    Luisi

    25 Agosto 2019 a las 11:18 |
    Bonita historia, felicidades.

    responder

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