• Autor/a: Adriana Andivia
  • Actualización: Agosto 2019

Parecía muerto. Su pecho permanecía inmóvil y la extrema frialdad de su piel, cuando lo toqué, hizo que se me encogiese el corazón. Pero, contrariamente a lo que sería lógico suponer, sus ojos negros se abrieron al sentir mi contacto, contemplándome como si ansiara devorarme. 

—No te asustes —le dije —. No avisaré a los demás. 

Lo ayudé a levantarse.

Sabía que nadie se atrevería a mirar en la cabaña de Viorica, la antigua partera del pueblo. El lugar llevaba años abandonado. Desde que su propietaria, acusada de brujería, se vio obligada a huir lejos de Bertiana.  Nunca más se supo de ella, pero todos estaban convencidos de que aquella choza en la que se había amancebado con Satán estaba maldita. De ahí que no se atreviesen a pasar por sus alrededores. ¡Tonterías! Yo había estado allí infinidad de veces. Era mi refugio en aquellas tardes en las que llovía o el frío era excesivo para pasear, pero mi necesidad de escapar de casa me empujaba al bosque. Por eso puedo asegurar que, a parte de los insectos que campaban libremente, no había nada entre aquellas cuatro paredes. 

La cabaña de Viorica se convirtió en el refugio de Velkan, como lo había sido para mí todos aquellos años. Durante semanas cuidé de él, deseando que cayese la tarde para correr a su lado. Aunque me preocupaba el hecho de que, con el pasar de los días, continuase estando tan débil como cuando lo encontré. Por más que me esforcé en alimentarlo, sisando de la despensa de mi hogar todo aquello que necesitaba para preparar reconfortantes guisos, Velkan no mejoraba. Cuando lo obligaba a comer terminaba devolviendo el alimento y, aunque si le dejaba el plato para que se alimentase por si mismo lo encontraba vacío al día siguiente, no se me escapaba que su contenido no había ido a parar al estómago de mi paciente, precisamente.

Fue entonces cuando se me ocurrió que, quizás, debería probar con otro tipo de alimento.

En fin, ¿qué puedo decir? Lo bueno de ser una inconsciente es que tienes una capacidad de actuación envidiable. Debía regresar al origen de aquel problema; a la razón que había llevado a Velkan, acostumbrado a vivir con todo lujo, a esconderse en una humilde choza en medio del bosque. Y eso era, ni más ni menos, que la sangre. 

Bueno, yo no tenía ovejas a las que desangrar. También descarté la opción de cargarme a Corinna, la vaca de mi padre. No estaba tan loca como para destrozar de un plumazo el principal sustento de mi familia. Pero Cosmin, el mayor de mis hermanos, solía llegar a casa con suculentas piezas de caza que él mismo atrapaba. Yo era la encargada de cocinarlas, así que no me resultó complicado hallar la excusa para acercarme a los cadáveres de los pobres animalitos que habían caído en las garras de Cosmin y vaciarlos.

Al principio me resultó complicado. No es sencillo extraer la sangre de un cuerpo. Pero, en poco tiempo, adquirí bastante destreza. 

La primera vez que me presenté en la cabaña con una jarra repleta de sangre, Velkan me miró de arriba abajo, igual que si contemplase a una loca. 

—¿Qué es eso? —me preguntó, como si el olor no se lo hubiese revelado ya.

Yo me encogí de hombros.

—Tómatelo, tienes que reponerte.

Vi en sus ojos su predisposición a presentar batalla, a negarse, pero también la desgarradora sed que sentía. Me acerqué a él con la jarra en las manos, colocándosela delante de la nariz. Entonces ya no fue capaz de contenerse por más tiempo. Me arrebató el recipiente, aferrándose a él como si le fuese la vida en ello. 

Después de un largo trago se detuvo, mirándome avergonzado. Yo sabía que no era aquella conducta tan alejada de las elegantes maneras que solía gastar lo que lo abochornaba, sino el hecho de estar bebiendo la sangre delante de mí. Sin embargo, al contrario de lo que Velkan pudiese pensar, yo no me sentí horrorizada, ni asustada, ni siquiera me desagradó. Más bien estaba bastante satisfecha de haber dado con la clave. Ahora que sabía cómo alimentarlo estaba segura de que lograría salvarlo, y eso era lo único importante. Al menos para mí. 

Me senté a su lado y comencé a relatarle todo lo que había hecho durante el día, tratando de demostrarle lo poco que me importaba que necesitase la sangre de otros seres para seguir con vida. Él me miró como si fuese una demente, pero siguió bebiendo; y continuó haciéndolo los demás días, abandonando poco a poco la vergüenza que había sentido al principio. 

—No deberías hacer esto, Mihaila —me decía, con su voz profunda y seductora, haciendo que yo me acordase de mis hermanos y su absurda obsesión por mantenerme al margen de todo —. Es peligroso.

¡Malditos hombres! ¿Quiénes se creen que son para decidir qué es demasiado peligroso para las mujeres? Pero, contrariamente a lo que me ocurría con los siete energúmenos que me esperaban en casa, la preocupación que ese extraño representante del género masculino demostraba por mí no me molestaba lo más mínimo. 

Lo que sentía por Velkan ya no se limitaba solo a una irresistible atracción física. Había aprendido a comprenderlo y respetarlo. Lo había descubierto, llegando a conocerlo mejor de lo que me conocía a mí misma. Como miembro de la casa de los Dragomir, nació siendo diferente a los demás, con el estigma de ser un diablo para el resto de la gente y para sí mismo.  Velkan y su padre se negaban a ser dos monstruos; los protagonistas de la novela de terror que un escritor irlandés publicó a finales del siglo diecinueve. Por eso habían decidido vivir respetando a los humanos; sufriendo la eterna insatisfacción de conformarse con la sangre animal, de no saciar su sed jamás. Y aquel sacrificio por los mismos que los rechazan me conmovió en lo más profundo. Eso fue lo que me hizo comenzar a amar a Velkan.  

Lo que no se me había ocurrido pensar era que, al reponer sus fuerzas, se marcharía. Por supuesto, no podía pretender tener siempre a aquel hombre oculto en el bosque. Pero mi capacidad de prever el futuro se limitaba a decidir lo que iba a cocinar para el almuerzo del día siguiente. 

La tarde de su partida salí de la choza, dándole tiempo para vestirse con las ropas que le había birlado a uno de mis hermanos. Un ruido proveniente del bosque me alertó de que alguien andaba cerca y, sin pensármelo, regresé al interior. Donde Velkan aún no había terminado de vestirse. Su torso desnudo me reveló toda la extraordinaria belleza de su desnudez y esta vez fui yo la que no pudo contener el ardor de la sed que sentía por él. 

Hicimos el amor durante horas. Hasta que la madrugada nos sorprendió, aún unidos, obligándonos a decir un adiós que se llevaba la vida de ambos. Después de besarlo, en la puerta de la cabaña, creí que no volvería a verlo nunca más. Pero no me sentí triste. Ahora sabía que Velkan también me amaba, y eso era suficiente para hacerme feliz el resto de mi vida.

Con una sonrisa bobalicona caminé por el bosque, sin preocuparme la que me esperaba al regresar a casa tan tarde. Fue entonces cuando me topé con Vasile, borracho como una cuba, y su inseparable Florin. Flotando entre las nubes como estaba no me di cuenta de lo que pretendían hacer hasta que sentí sus manos sobre mí.

—Venga, Mihaila —decía Vasile, babeando, mientras su amigo miraba la escena riendo —. Lo único que tienes que hacer es abrir las piernas. Ya verás como te gusta. 

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por Adriana Andivia. Queda totalmente prohibido su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin el consentimiento expreso de su autora. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imagen de portada: pixabay.com

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