• Autor/a: Adriana Andivia
  • Actualización: Agosto 2019

Bertiana (Rumanía), 1913.

Aquello era culpa mía, sobre ese particular no había discusión posible. Lo sé ahora y, lo que es aún peor, lo sabía ya entonces. Y es que, cuando todo un pueblo coincide en una misma idea, lo menos que debería hacer alguien con dos dedos de frente es darla por buena. Pero claro, para eso, yo debería haber tenido algo más que un vacío del tamaño del infinito dentro de mi cabeza. 

Para los vecinos de Bertiana las leyendas eran como el aire: algo sin lo cual no podrían vivir. Cuanto más tétrico fuese el relato, tanto mejor. Por eso, cuando el ganado de los alrededores comenzó a morir por una inexplicable pérdida de sangre, los habitantes del pueblo posaron sus miradas, al unísono y con una coordinación que envidiaría el propio ballet ruso, sobre la vieja casa señorial que se erigía orgullosa a escasos kilómetros de la localidad.

De acuerdo. Reconozco que el hecho de que el holocausto animal coincidiese en el tiempo con el regreso del Conde Dragomir y su único heredero al caserón podía resultar sospechoso. Especialmente, si se tienen en cuenta las habladurías. Ya dije antes que mis convecinos eran aficionados a los cuentos de terror. Y, cuando eres pobre y no te queda más alternativa que someterte a la voluntad de tu señor… ¿Quién se resistiría a la tentación de convertirlo en un ser diabólico?

¿Acaso queda, en toda Rumanía, alguna aristocrática familia que no cuente con un antepasado vampiro en las intrincadas raíces de su árbol genealógico?

La casa de Dragomir no era una excepción. Así que ya os podéis imaginar lo que pasó: todos los hombres del pueblo, bien provistos de armas y aperos de labranza, con una ristra de ajos alrededor del cuello, un crucifico encabezando la procesión y al amparo de la radiante luz del mediodía, irrumpieron en el caserón para dar muerte a esas dos viles criaturas adictas a la sangre de oveja. Aunque no los encontraron en ataúdes, reposando hasta la caída del sol, como era de esperarse. Sino en la biblioteca, disfrutando de una agradable lectura. 

            No estoy haciendo el relato de este hecho de primera mano porque, como única chica de siete hermanos, todos en mi familia se cuidaron muy bien de dejarme en casa, a buen recaudo, aquella tarde. 

—Tu quédate aquí, Mihaila —. Esa era la frase que más veces había oído a lo largo de mi patética vida. Cada vez que algo extraordinario sucedía en ese tedioso pueblo en el que me tocó nacer. 

Por fortuna, aunque aún no había cumplido los veinte años ya conocía el efecto que mis ojos azules causaban en los hombres. Especialmente, en el bruto de Vasile, que no se demoró a la hora de relatarme los detalles más escabrosos de la matanza del Conde Dragomir. Algo que mi curiosidad le agradeció hasta el infinito. 

—Así que lo agarramos —decía Vasile, con la emoción sacudiendo aún los músculos de su descomunal cuerpo —. Y Neculai, el herrero, le atravesó el corazón con una estaca de madera. Luego le cortamos la cabeza y lo enterramos, cerca de la iglesia, con ella entre las piernas. 

Ese hombre era la viva imagen de la satisfacción.

—¿Y Velkan? —pregunté yo, refiriéndome al heredero del conde con más familiaridad de la que debería.

—¿El joven Dragomir? —inquirió Vasile, sin reparar en mi desliz —. Ese tuvo más suerte. Logró escapar. Pero no tardará en reunirse con su padre. Salió herido de la trifulca y vamos a organizar partidas para buscarlo por el bosque. No ha podido llegar muy lejos. 

Gracias a Dios, pensé yo. Aunque, esta vez, me cuidé mucho de que Vasile descubriese el alivio que había experimentado al saber que mi adorado Velkan aún tenía una oportunidad. Compuse la más angelical de las sonrisas y, después de una apresurada despedida, corrí a refugiarme en mi casa, que era donde mis hermanos esperaban encontrarme. 

Lo que Velkan Dragomir provocaba en mí escapaba a la razón. Sólo lo había visto una vez, y nuestro encuentro no debió durar más de dos minutos, pero me bastó para adquirir el convencimiento de que no existía otro hombre como él. Fue en la plaza del pueblo, una madrugada en que los primeros rayos del sol aún no habían comenzado a desgarrar el horizonte. Yo me acercaba a la parte trasera del destartalado carro de madera de mi familia para bajar las vasijas de leche que mi padre, lechero de Bertiana, se disponía a repartir de casa en casa. Una tarea que requería demasiado esfuerzo físico para alguien de mi estatura y constitución. Pero ser la única niña de siete hermanos no te eximen de realizar trabajos que se escapan a tus posibilidades. Al menos no en mi familia. 

Velkan apareció a mi espalda como si hubiese emergido de la niebla que aún envolvía el ambiente, y comenzó a descargar por mí las vasijas como si fuese un campesino en vez de un caballero. Aunque su atuendo revelaba su verdadera condición. Llevaba un pañuelo de seda alrededor de su blanco cuello, y un chalequillo de terciopelo rojo. Parecía escapado de uno de esos folletines románticos de los que yo solo sabía lo que oía comentar a otras muchachas, porque en mi casa no había dinero para gastarlo en ese tipo de frivolidades. 

Sé que me habló. Vi como sus labios finos se movían, sin dejar de sonreír. Pero no recuerdo lo que dijo. En realidad, no lo escuché; estaba tan hechizada por sus voraces ojos negros que no podía prestar atención a nada más. 

El último de los recipientes tocó el suelo y Velkan se despidió, llevándose una mano al sombrero que cubría su cabello negro, como el caballero que era. Yo, sin poder liberarme aún de su embrujo, lo seguí con la mirada. Hasta que mi padre apareció, felicitándome con un fuerte palmetazo en la espalda por la rapidez con que había bajado las vasijas.

—Te has convertido en una mujer fuerte, Mihaila —me dijo, rompiendo el estado de hipnosis en el que el joven Dragomir me había dejado. Aunque su hechizo no logró disiparse, acompañándome desde entonces. 

Esa, como decía, fue la primera y única vez que mi camino se cruzó con el de Velkan. Bueno, hasta una tarde de principios de aquel invierno, fría como el aliento de la muerte. Pero eso no era ninguna novedad, el clima nunca fue especialmente benigno en la zona. No habrían transcurrido ni dos días desde la conversación en la que Vasile me narró, henchido de orgullo, el asalto que junto a los otros lugareños había acometido contra la mansión Dragomir. Era, en definitiva, una tarde que reunía todos los requisitos para que una joven como yo no anduviese paseando sola por la ribera del río. Pero, después de todo un día soportando y cumpliendo los mandatos de siete hombretones que parecían satisfechos de no saber mondar una patata, fregar un plato, o zurcir un calcetín, momentos como aquel eran lo único que evitaba que me volviese loca.  

El bosque había quedado repentinamente en silencio, pero yo carecía de sensatez para sentirme asustada por esa inusual quietud. Muy al contrario, cuando vi el cuerpo tirado en el suelo, medio oculto por el follaje, corrí hacía él, y un infantil sentimiento de júbilo se apoderó de mí al descubrir que se trataba de Velkan. 

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por Adriana Andivia. Queda totalmente prohibido su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin el consentimiento expreso de su autora. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imagen de portada: pixabay.com

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