• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 7

 

Logan se detuvo frente al enorme edificio, sin decidirse a dar un paso más. En la calzada los carros, caballos y personas continuaban su ajetreado vaivén, él no los oía.

Había vendido su casita de Boston sin querer mirar atrás, como si ahí no hubiese vivido los mejores años de su vida, como si entre esas paredes no quedaran cientos de risas, abrazos y momentos de ternura. Había preparado un bolso de mano y un pequeño baúl con todo aquello que consideró indispensable: su ropa, útiles de aseo, su batuta, los guiones de las múltiples obras que había dirigido y un par de recuerdos de Linsday y Henry, cogidos en el último momento, echando por tierra su voluntad de irse sin más.

Una vez que Logan había tomado la determinación de recomponer su vida supo que no debía permitirse volver a pensar en ellos, que debía desatar los nudos que lo mantenían unido a dos personas que estaban muertas y que jamás iban a volver. Era la única manera de rehacerse, aunque bien sabía Dios que iba a necesitar toda su fuerza de voluntad para sobrellevar el vacío enorme de su soledad sin recurrir a drogas o alcohol.

El bocinazo de un carruaje lo sobresaltó. Tomando aire con fuerza se dispuso a subir una de las varias escalinatas con las que contaba el edificio.

 

La señora Thurber no esperaba ninguna visita esa mañana, por eso cuando su secretaria le anunció que un caballero deseaba verla frunció el ceño con extrañeza.

— ¿De quién se trata Susan?

— El señor Holton, señora Thurber.

— ¿Holton? — la señora Thurber se quedó pensativa durante unos segundos...le sonaba el nombre pero no terminaba de ubicarlo. — Dígale que pase.

Susan franqueó la entrada a un hombre alto de hombros anchos y cintura estrecha. Era delgado, quizá un poco demasiado, ya que la ropa parecía ser casi una talla más grande de la que le correspondía. Su tez era muy pálida, las únicas notas de color la ponían sus ojos, de color azul, y los surcos violáceos que los subrayaban. El pelo lo llevaba bastante corto pero sus patillas llegaban hasta la mitad del mentón. Un mentón firme y decidido. La palidez casi cadavérica de su rostro se veía acentuada por la negrura de su pelo. Era un hombre muy atractivo, a pesar de su aire ligeramente siniestro. Jeanette le calculó poco más de treinta años.

— Señor Holton...

— Logan Holton, señora.

— Tome asiento por favor.

“Ni una sonrisa” pensó la señora Thurber.

— ¿Por qué su nombre me resulta familiar señor Holton?

— Durante dos años he sido director adjunto de la Orquesta Sinfónica de Boston...

— Por supuesto, ahora lo recuerdo. Con Arthur Nikisch.

Él se limitó a asentir.

— Están haciendo un gran trabajo en Boston señor Holton.

— El señor Nikisch es un excelente director.

— Pero usted ya no trabaja con él...

Logan apretó los labios. Sabía que debía pasar por el bochorno de admitir que había sido despedido; mentir ni siquiera se le pasó por la mente.

— No por voluntad propia señora Thurber.

— Comprendo. — La mujer lo estudió con disimulo; a su pesar el hombre había despertado profundamente su interés.

— Lo cierto es que en los últimos tiempos yo...en fin, por diversas circunstancias no he tenido un comportamiento demasiado...estable. La palabra quedó flotando en el aire, entre ambos. Logan se maldijo interiormente. ¿Quién en su sano juicio daría trabajo a un hombre que admitía algo así sobre sí mismo?

— ¿Y ahora?

— ¿Ahora qué?

— ¿Ahora tiene un comportamiento estable?

Por primera vez el hombre que tenía ante ella esbozó una sonrisa, un ligero sesgo de los labios que no llegó hasta los ojos.

— Digamos que he abandonado mis costumbres...licenciosas.

— Me alegro oírlo.

Logan se sentía ligeramente desconcertado; la señora Thurber no parecía molesta ni escandalizada, lo miraba casi con benevolencia y esbozaba una perpetua sonrisa. Quizá aún no había adivinado cuál era su propósito, así que, tras un ligero carraspeo se dispuso a exponerle su petición:

— Señora Thurber, necesito un trabajo. Soy un más que competente pianista y además podría dar clases de armonía y composición...

— ¡Oh! ¿Acaso no sabe usted que el señor Dvorak es profesor titular en este conservatorio?

— ¿Dvorak? ¿Antonín Dvorak?

— El mismo — la voz de la señora Thurber sonaba casi con orgullo maternal. Sólo ella sabía lo mucho que le había costado convencer al excelente compositor checo de aceptar su oferta de trabajo.

— ¡Increíble! Es algo maravilloso contar con él. ¡Su concierto para piano y orquesta en sol menor es una auténtica maravilla!

De repente su rostro se ensombreció. Por supuesto él acababa de perder cualquier oportunidad que hubiese tenido de conseguir un puesto.

Haciendo el ademán de levantarse exclamó:

— Señora Thurber gracias por su tiempo...

— Señor Holton, ¿no acaba de decir que necesita un trabajo?

— Así es, pero había supuesto que...

La mujer lanzó una alegre carcajada.

— No necesito un profesor de armonía ni composición, estaba pensando en otra cosa...

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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