• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 6

 

Las semanas que siguieron fueron frenéticas para Lauren, no sólo mantenía diferentes entrevistas y reuniones en el Conservatorio de la señora Thurber, si no que recibía jóvenes de toda condición en su propia casa, mujeres que se presentaban con sus instrumentos, deseando ser oídas y admitidas.

Lauren a veces se olvidaba de comer, corría frenética de un lugar a otro y practicaba con el violín todo lo que podía, consciente del enorme reto al que se enfrentaba. Jamás se había sentido más útil y animada en toda su vida.

Su madre solía permanecer encerrada en sus habitaciones, presa de sus delicados nervios según decía, desde que Lauren le había hablado de su proyecto. Había sido un momento muy desagradable que Lauren había lamentado, pero del que no se arrepentía. La relación cada vez más cercana que mantenía con la señora Thurber le había hecho comprender lo utópica e irreal que había sido su vida hasta entonces. Nunca se había planteado demasiado en serio el papel de la mujer en la sociedad, hasta que la muerte de su padre le había hecho darse cuenta de lo desprotegidas que quedaban las mujeres cuando no había un hombre junto a ellas; luego su intento frustrado de formar parte de la Orquesta le había hecho ver lo injusta de una sociedad con reglas hechas por hombres para hombres. Conocer a una mujer como Jeanette Thurber, brillante, inteligente, valiente...que había hecho más por la música en América que ninguna otra mujer u hombre, le había hecho comprender lo irreal y protegida que había sido su propia vida. No creía que pudiese volver a ser la misma Lauren nunca más.

Comprendía que eso desconcertase a su madre, pero acabaría por acostumbrarse al hecho de que Lauren era una mujer con sus propias ideas que ya no pensaba aceptar ningún yugo viniese de donde viniese.

 

Esa misma tarde, Lauren y la señora Thurber comentaban los avances conseguidos mientras tomaban un aromático té en el despacho que esta última tenía en el conservatorio.

— Las cuerdas ya están completas — Lauren bebió con delicadeza un sorbo de su bebida y disfrutó del líquido, caliente y reconfortante, antes de continuar. — Esta mañana vino a mi casa una joven arpista, la señorita Anderson, tenía una interpretación correcta y le dije que contábamos con ella.

Lauren sacó del pequeño bolsito una hoja de papel doblada en dos y la alisó, mostrándosela a la señora Thurber.

— Aquí están los nuevos fichajes que he hecho esta semana.

La señora Thurber los estudió en silencio. Muchas de esas jóvenes habían sido recomendadas por ella misma, alumnas, profesoras...otras eran desconocidas que habían acudido al anuncio publicado en el periódico o que se habían enterado por el boca a boca.

— Sí, la cuerda está completa, pero aún nos falta encontrar a alguien que toque los timbales, otra trompista y una trombonista...no va a ser fácil.

Lauren apretó los labios. Se daba cuenta de que hasta para tocar un instrumento imperaba una regla no escrita según la cual había algunos apropiados para mujeres y otros que no lo eran; no había sido difícil encontrar violinistas, violistas, chelistas, flautistas o clarinetistas. Pero encontrar mujeres que tocasen la trompeta, la trompa o algún instrumento de percusión se estaba convirtiendo en una misión casi imposible. Habían conseguido una de cada cuerda pero eso era a todas luces insuficiente. No soñaban, por supuesto con tener una plantilla como la de la Orquesta Filarmónica de Nueva York o la Sinfónica de Boston, pero para poder interpretar un repertorio amplio necesitaban al menos a dos instrumentistas de viento por cuerda.

Lauren dio un suspiro y esbozó una sonrisa, eso no la echaría atrás.

— Esperaremos un poco más señora Thurber, y si no encontramos a nadie empezaremos con lo que tenemos y adaptaremos el repertorio si no hay más remedio.

La señora Thurber esbozó una sonrisa en respuesta; odiaba ser la que echase constantes jarras de agua fría sobre las expectativas de la señorita Wilson, pero su mayor experiencia y conocimiento musical le hacía ver más allá de donde la visión idealista de la joven llegaba.

— Si, el repertorio no será un problema. Tenemos un excelente profesor de composición, el señor Dvorak, imagino que habrá oído hablar de él — tras el asentimiento de la joven, la señora Thurber continuó, — él podría hacer algunos arreglos para adaptar las obras a la plantilla con la que contemos.

Sin poder evitarlo Lauren palmeó contenta.

— ¿Lo ve señora Thurber? Ese es un excelente plan B.

— Pero hay algo que aún no hemos conseguido y que no hay manera de solventar con ningún plan alternativo.

Lauren frunció el ceño, creía haberlo previsto todo. Inclinándose hacia delante se preparó para lo que la señora Thurber tuviese que decirle.

— Necesitarás a alguien que dirija la orquesta y, créeme querida, encontrar una mujer que pueda dirigir va a ser como encontrar una aguja en un pajar.

El gesto de Lauren se ensombreció. Una mujer que no sólo supiera leer música con maestría, sino que además supiera dirigirla, conociese bien las características de todos los instrumentos, manejase repertorio para conocer cómo interpretarlos...la señora Thurber tenía razón, iba a ser casi imposible. Sintió como su genio se activaba; si no había ninguna mujer que pudiese dirigir era por el único motivo de que a ninguna se le había dado nunca la oportunidad de hacerlo.

— Si es necesario lo haré yo.

La señora Thurber alzó las cejas, sorprendida.

— Lo sé señora Thurber, tendré que estudiar muchísimo, practicar varias horas cada día, quizá el señor Dvorak podría darme clases,... será duro pero acabaré por lograrlo.

— No me cabe ninguna duda de eso Lauren, querida, pero eso atrasaría mucho el proyecto. ¿Crees que todas estas jóvenes pueden esperar indefinidamente? — con delicadeza añadió: — ¿Cuánto puedes esperar tú misma? Además tu calidad como violinista te hace mucho más necesaria como intérprete, tú serías la concertino de nuestra orquesta.

Reconociendo la verdad en las palabras de la mujer, Lauren se mordió el labio, entristecida y frustrada.

— Entonces señora Thurber, ¿debo olvidarme del proyecto?

— ¡Por supuesto que no querida! Tan solo deberás estar abierta a introducir alguna pequeña modificación.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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