• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 5

 

La señora Thurber miró a la joven que tenía frente a ella; un sentimiento de admiración la estremeció. Llevaba muchos años de su vida dedicados al mecenazgo musical en una sociedad donde el papel de las mujeres era prácticamente figurativo y reproductivo; ella, que había estudiado en el Conservatorio de París, siempre había considerado una injusticia que la música clásica, que era un patrimonio para el mundo, sólo estuviera al alcance de unos pocos, y de manera profesional, para una mujer, no había ninguna opción. En su Conservatorio las mujeres podían acceder como alumnas y como profesoras. Pero jamás la idea de crear una orquesta de mujeres había pasado por su cabeza. Y ahora una jovencita, apenas una niña, procedente de la clase más privilegiada de la sociedad, le planteaba una propuesta tan arriesgada y trasgresora que nunca antes había oído nada que se le pareciera.

— Señorita Wilson...—la mujer carraspeó, buscando las palabras que expresaran lo que quería decir. — No voy a negar que su propuesta me ha causado una enorme sorpresa.

Frente a ella Lauren la contemplaba con los ojos muy abiertos. Apretaba sus manos con nerviosismo pero su mirada permanecía firme y el rictus de su boca mostraba seguridad. No quiso interrumpir a la señora Thurber, quería escuchar cualquier objeción que esta pudiera oponer; ella ya se las había planteado todas a sí misma antes de acudir allí y tenía suficientes argumentos para rebatirlas.

— La idea de una orquesta formada sólo por mujeres...bien...es...— la señora Thurber movió la cabeza a la vez que lanzaba un suspiro — no sé si decirle que es una genialidad o una estupidez.

— Probablemente tiene un poco de ambas cosas.

Jeanette Thurber esbozó una sonrisa, cada vez le gustaba más esa muchacha. Su aspecto exquisito junto al buen apellido de su familia le habrían asegurado un matrimonio ventajoso, a pesar de que no gozase de ninguna dote, como parecía ser el caso. Pero en su lugar ella había decidió formar parte de una orquesta. Por supuesto se había topado con la intransigencia y estrechez de miras imperantes en la sociedad, pero en lugar de desanimarse, aquí estaba, dispuesta a renacer de sus cenizas cual ave fénix.

— ¿Es usted consciente, señorita Wilson, de lo ambicioso de la empresa que planea acometer?

— Si señorita Thurber, soy consciente de que no va a ser fácil, pero trabajaré todo lo duro que haya que trabajar y no cejaré hasta conseguirlo. — Inclinándose sobre la mesa, continuó diciendo: — Usted mejor que nadie sabe lo injusto que es el hecho de que una mujer, con el mismo o más talento que un hombre, no pueda disfrutar de las mismas oportunidades, ¿qué argumento de peso impide a una mujer formar parte de una orquesta? — Alzó las cejas invitándola a darle una respuesta.

— Mucha gente le diría que el papel de una mujer es cuidar del hogar, el esposo y los hijos...

— Usted tiene hijas y aún así ha fundado el primer Conservatorio de América. — No era un secreto para nadie que además la señora Thurber era una ferviente defensora de los derechos de la mujer y las clases menos privilegiadas.

— No ha sido fácil.

— Pero lo ha conseguido.

Ante una verdad tan evidente la señora Thurber no pudo hacer más que asentir; la voluntad de la muchacha parecía inamovible. La ayudaría y vería de qué pasta estaba hecha; quizá ante el primer contratiempo se echara atrás, pero su instinto le decía que eso no sucedería. Arrellanándose en la silla que ocupaba miró a la joven a los ojos.

— Señorita Wilson, ¿cómo puedo ayudarla?

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Logan aceleró el paso, muchas de las personas que se cruzaban con él lo saludaban pero él las rehuía. En sus ojos a menudo leía la burla, la conmiseración o, lo que era aún peor, la curiosidad. No podía soportarlo.

Desde que despertara medio muerto en el salón de su casa no había podido quitarse de la cabeza la alucinación que había tenido. Lindsay había parecido tan real...aunque en el sueño o lo que fuera, ella no le había hablado, él pudo sentir la pena y el sufrimiento que le causaba verlo así.

Cuando por fin el dolor de cabeza y el entumecimiento de su cuerpo parecieron haber remitido, Logan se había levantado. Aparte de un golpe en la cabeza no parecía estar herido. Supuso que se habría caído tras emborracharse. Un hedor horrible le provocó arcadas hasta que descubrió avergonzado que el olor provenía de él. Se había bañado, frotándose el cuerpo como si quisiera arrancar la primera capa de piel y había salido a comprar algo para comer.

La visión de Lindsay lo había afectado de manera muy profunda. Puede que su mujer y su hijo estuviesen muertos, pero les debía algo más que la piltrafa repugnante en la que se había convertido. Pensar que ellos, de alguna forma, pudiesen ver o saber la espiral de disipación a la que se había arrojado se le antojó insoportable. Así que se había hecho el firme propósito de dejar de beber y buscar un trabajo.

Contra todo pronóstico lo primero resultó bastante más sencillo que lo segundo, aún cuando a veces sentía que si no tomaba un trago iba a volverse loco. Sí, algunos de sus antiguos conocidos le habían expresado que estarían encantados si pudiera dar clases a sus hijos, pero él sabía que lo hacían por conmiseración y le resultó imposible aceptar algo así. También una dama le había expresado, con intención, que sería un placer recibir clases de un músico tan dotado como él; Logan se había sentido asqueado. Sabía que hasta su matrimonio con Lindsay había tenido fama de mujeriego, y mentiría si dijera que esa fama era injustificada, pero había sido un marido fiel y ahora...bien, ahora lo último en lo que pensaba era en mujeres.

Sabía que no era el momento de mostrarse orgulloso pero lidiar con la pena y, por qué no decirlo, el desdén de los que antes le habían admirado le resultaba insoportable.

Mientras caminaba por la calle sentía que las miradas se clavaban en él, que la gente cuchicheaba a sus espaldas y entonces supo que si quería volver a empezar tendría que marcharse de Boston.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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