• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 4

 

Logan trató de abrir los ojos pero su cuerpo no le respondía; tan solo el dolor horrible que sentía palpitarle en la cabeza daba cuenta de que aún tenía un cuerpo que mover, por lo demás, apenas era consciente de donde estaba ni qué le sucedía.

Trató de rememorar su último recuerdo pero no pudo y el pensamiento de que estaba muriendo se abrió paso en su brumosa mente. Durante unos segundos pensó en dejar de luchar, abandonarse a los dulces brazos del olvido y del fin del sufrimiento, pero algo, un instinto primitivo quizá, le hizo volver a intentar moverse y abrir los ojos. El esfuerzo hizo que un grito de dolor escapara de sus labios, no notaba nada en su cuerpo pero su cabeza era como una campana al rojo vivo que un terrible demonio golpease con toda su fuerza. Poco a poco los contornos del lugar de fueron definiendo y comprobó que estaba tirado en el suelo, en su casa, rodeado de botellas vacías, vómitos y orines. Volvió a cerrar los ojos, abrumado y asqueado y se preguntó cuántos días llevaría ahí tirado.

En ese momento le pareció oír a alguien susurrar su nombre, fue algo tan leve que no pudo estar seguro de si era real o una alucinación. Al abrir los ojos una exclamación de sorpresa escapó de sus labios. Lindsay lo miraba con tanta compasión en sus ojos que a él no pudo sostener su mirada.

— Lindsay...¿eres tú?

Ella no respondió pero continuaba mirándolo. Cuando intentó incorporarse un dolor brutal, como un rayo que hubiese impactado en su cabeza, lo atravesó y volvió a caer al suelo. De nuevo, volvió a perder la consciencia.

........................................

Lauren esperaba impaciente a que la señora Thurber la pudiese recibir. Cuando algunos años atrás había oído que una mujer acababa de abrir la primera escuela nacional de música de América había intentado que sus padres le permitiesen acceder a ella, en lugar de recibir sólo clases particulares del señor Schröder, pero su madre se había mostrado tajante:

— Un lugar al que también van negros y gente de clase baja...¡sobre mi cadáver!

Desde luego la iniciativa de la señora Thurber había dado muchísimo que hablar entre la clase alta neoyorquina, considerándola una locura en el mejor de los casos, pero lo cierto es que por lo que acababa de saber un importantísimo compositor europeo había accedido a dirigir y dar clases en su conservatorio. Además Lauren estaba segura de que la señora Thurber era la única que podía ayudarla.

Una secretaria de aspecto agradable la hizo pasar al despacho y allí Lauren se encontró cara a cara con una mujer que rondaría la cuarentena, de rostro agradable y cabello castaño.

— Buenos días señora Thurber, gracias por recibirme.

— No hay por qué darlas — respondió la señora Thurber señalando una silla frente a su escritorio — el placer es mío. Tuve el placer de oírla interpretar la sonata para violín no 15 de Mozart el año pasado, en el acto de inauguración del hogar del infante.

— Gracias, es usted muy amable.

— No sé si sabrá que mi padre también fue violinista.

— No, no lo sabía. Me habría encantado conocerlo.— Y lo decía en serio; un hombre capaz de haber criado a una mujer tan notable sin lugar a dudas era digno de ser conocido.

La señora Thurber se limitó a sonreír mientras la estudiaba; sentía curiosidad por saber qué había llevado a una joven de tan buena familia a su Conservatorio, que no gozaba precisamente de muy buena consideración entre los de su clase, aunque el hecho de que el señor Dvorak hubiese accedido a dirigirlo le había dado una pátina de prestigio de la que hasta ese momento había carecido.

— Señora Thurber hace unos días acudí a una audición para cubrir un puesto en la Orquesta Filarmónica, aún siendo la mejor candidata de todos los que se presentaron no me eligieron por el simple hecho de ser mujer.

— Oh querida, comprendo cómo se siente. — Y así era; no eran pocos los muros que había tenido que franquear para llegar a fundar su Conservatorio, a pesar de ser una reconocida mecenas de la música clásica, responsable de haber promocionado el primer festival Wagner de Nueva York ocho años antes.

— El caso es que necesito encontrar un trabajo de manera apremiante, mis circunstancias personales no son las...ehm, las más favorables en estos momentos.

La señora Thurber la miró con compasión.

— ¿Un hombre que no se ha hecho cargo de su responsabilidad quizá?

— Oh, no, no, no es nada de eso...verá, mi padre falleció hace unos meses.

— Vaya, lamento oír eso.

— Gracias —el rostro de Lauren se ensombreció; aún le dolía la ausencia paterna. — El caso es que al fallecer descubrimos que debido a una operación nefasta, su empresa acumulaba deudas astronómicas. Tuvimos que vender casi todo lo que poseíamos para pagarlas pero ahora no tenemos nada.

— ¿Tuvimos?

— Mi madre y yo.

— Comprendo.

La señora Thurber unió sus manos por los dedos y apoyó en ellos la barbilla mientras la observaba.

— Deduzco por lo tanto que ha venido a solicitar un empleo en mi Conservatorio...

— En realidad yo había pensado en otra cosa, algo para lo que necesito su ayuda y su consejo.

Alzando las cejas con sorpresa, la señora Thurber la invitó a que siguiera hablando.

— He decidido que voy a montar mi propia orquesta, solo con mujeres.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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