• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Julio 2020

Un legado inesperado

Capítulo 34

 

Logan ocupaba sus días con un ritmo de trabajo tan frenético que cualquier otro hombre en su lugar habría caído derrotado cada noche sobre la cama. En cambio a Logan el sueño le rehuía.

Su increíble fuerza de voluntad, que le había permitido alejar a Lauren de su lado, flaqueaba a cada minuto que se permitía pensar en ella. Y la única manera de no hacerlo era trabajar como si su vida dependiera de ello. Pero cuando llegaba la noche y se encerraba en la habitación que había alquilado en la residencia de los Riddeck nada se interponía entre él y la terrible nostalgia que sentía.

Estudiaba las obras hasta que casi se aprendía de memoria la más insignificante de las indicaciones, hacía anotaciones, incluso llegó a comprar un piano vertical Steinway & Sons de segunda mano para poder componer en su habitación, viéndose obligado a tocar con una tela sobre el teclado para no molestar al resto de residentes, pero nada conseguía alejar de él la oscura tristeza que se negaba a abandonarlo.

Una noche, buscando unos apuntes antiguos sobre cantatas de Bach, se topó con la caja de madera. Al tenerla en sus manos sufrió un sobresalto, no recordaba haberla conservado. Con sorpresa se dio cuenta de que el sentimiento desgarrador que le había impedido hasta ese momento pensar siquiera en ese trozo de su pasado había desaparecido. Quedaba en su lugar una suerte de compasión hacia esas vidas perdidas tan pronto. Se sentó en la banqueta del piano y la abrió. El rostro de Lindsay lo miraba sonriente desde la fotografía que había conservado, sostenía en su regazo a Alfred. La contemplación de esos rostros tan queridos lo inundo de calidez. Recordaba ese día, su esposa había insistido en que él también posase pero tal y como Logan le hizo notar, quería una foto de ella y el hijo de ambos para llevarla siempre que saliera de gira.

— No tengo ningún interés en ver mi propio rostro.

Ella le había sonreído, ¡la dulce Lindsay! Siempre tan amable y bondadosa. Además de la foto, había conservado un pequeño sonajero de hueso de ballena, el que había sido preferido de Alfred durante sus primeros meses y el anillo de bodas de Lindsay. Acarició esos objetos con cariño y melancolía por esas vidas que se habían perdido. Con extrañeza pensó que contemplar esos objetos no le causaba el dolor que había temido sentir cuando decidió guardarlos para cuando tuviese el valor de enfrentarlos. Era como si formasen parte de una vida anterior, como si de repente y sin que él supiera cómo, estuviese listo para dejarlos marchar.

Una solitaria lágrima resbaló por su mentón, pero él no se dio cuenta. Los había amado mucho, hubiese cambiado su vida por la de ellos sin dudarlo si eso fuese posible, pero no lo era. Ellos habían muerto y él seguía vivo, y entonces comprendió que era algo que hasta ese momento se había negado a aceptar. Las lágrimas se hicieron más abundantes y abrazando la foto contra su pecho les dio rienda suelta por primera vez en dos años.

A la mañana siguiente, cuando despertó, se dio cuenta por la claridad que entraba por la ventana de que había dormido mucho más de lo que lo hacía habitualmente. En su mano aún sujetaba la fotografía, arrugada y húmeda; le echó una última mirada y volvió a meterla en la caja. Sentía como si algo se hubiese liberado en su interior, como si un fuerte nudo se estuviese deshaciendo lentamente.

Hacía tres meses desde la última vez que había visto a Lauren, pero ese tiempo no había logrado mitigar en lo más mínimo lo que sentía. Se había negado con fuerza a creer que algo así fuera posible, pero ya no tenía más remedio que admitirlo: la amaba, profundamente, como no recordaba haber amado antes a ninguna mujer, ni siquiera a Lindsay, a quien tanto había querido. De repente, al aceptar esos profundos sentimientos a los que hasta ese momento no se había atrevido a poner nombre, se dio cuenta de que todo era más simple de lo que él había imaginado y que el altísimo muro que le parecía que lo separaba de ella no era más que arena que el viento se llevaba.
Ella también lo amaba, lo sabía sin ningún género de duda. Al recordar la última noche que pasaron juntos una tierna sonrisa se dibujó en su cara. Tenerla en sus brazos había sido como estar en el cielo, ningún pensamiento amargo lo había perturbado en esas horas gloriosas que habían compartido. ¿Cómo había podido estar tan ciego?

Con un ánimo completamente diferente al de días anteriores se aseó y se vistió, preparado para tomar el desayuno que la señora Riddeck habría preparado y para enfrentar el día de ensayos, con un optimismo que hacía muchísimo tiempo que no sentía.

Al llegar al local de ensayo, el señor Tyson estaba esperándolo, tenía un periódico en la mano.

— Buenos días señor Holton, veo por su aspecto que ha dormido usted bien.

— En realidad no, señor Tyson — Logan suavizó su extraña respuesta acompañándola de una gran sonrisa — aunque lo cierto es que me siento estupendamente.

— Me alegra oír eso. He venido a preguntarle qué tal va todo aunque el señor Kling, el concertino, ya me ha dicho que están encantados con su labor.

— Y yo con ellos, se lo aseguro, son unos músicos excepcionales. — Y así era. La calidad interpretativa de los músicos de la emergente Orquesta Sinfónica de Pittsburgh era impresionante; aún así, Logan echaba de menos la frescura y el entusiasmo de las mujeres de la Orquesta Wilson.

— Me alegra oír eso, no sabe lo que nos costó convencer al consistorio de la necesidad de que una ciudad en pleno crecimiento como Pittsburgh contara con su propia orquesta; sería quedarnos atrasados como bárbaros si no pudiésemos ofrecer a nuestros vecinos verdadera cultura.

Logan sonrió ante la exageración del señor Tyson. En el poco tiempo que lo conocía había llegado a apreciar su sincero amor por la música clásica y el orgullo casi paternal que experimentaba ante la consolidación de la orquesta que con tanto ahínco había ayudado a crear.

— ¡Casi me olvidaba señor Holton! Hay algo que creo que le gustaría ver — al decirlo tendió hacia él un ejemplar del Pittsburgh Post-Gazette. — Ábralo por la sección de cultura.

Logan sonreía mientras buscaba la sección que el señor Tyson le había indicado. Suponía que habría alguna referencia a la recién creada orquesta o a él mismo. Pero no era sobre la Sinfónica de Pittsburgh sobre lo que hablaba la sección cultural del periódico, si no de la Orquesta Femenina Wilson.

Aún sonreía mientras leía el titular, “La Orquesta Femenina Wilson se estrena bajo la batuta de un nuevo director”. Una fotografía ilustraba el artículo. En ella reconoció al señor Carlson, junto a Lauren y de perfil, como si no supiese que les iban a fotografiar, aparecía también Sarah. A Lauren se la veía sonriente, feliz por el éxito que, sin duda, habrían obtenido. El corazón de Logan dio un vuelco por el anhelo que experimentó al contemplar el rostro de la joven y la determinación de volver junto a ella se hizo firme. Pero al leer el pie de foto su sonrisa de borró de golpe y sintió como lo inundaba un sudor frío y una sensación de ahogo: “El señor Carlson, nuevo director de la Orquesta Femenina Wilson, junto a su esposa, la señora Carlson”.
…………………………..

A pesar de no compartir la certeza de Sarah de que Logan tarde o temprano volvería a buscarla, una pequeña esperanza se negaba a morir dentro de ella. Se dijo que tal vez él necesitara alejarse para verlo todo con mayor claridad, para reconciliarse con el pasado y sentirse, de esta forma, dispuesto a enfrentar su futuro. Se negaba a creer que podría olvidarla como si nunca hubiese formado parte de su vida; ella había sentido cómo a él le importaba, no había soñado la ternura y la pasión con la que la había amado la última noche que pasaron juntos.

Pero los días pasaron y se convirtieron en semanas, y las semanas en meses y no había tenido ni la más mínima noticia de Logan. Cada vez le costaba más mantener viva la esperanza, hasta que, varios meses después de su último encuentro no tuvo más remedio que aceptar que él jamás volvería y que, probablemente había logrado olvidarla.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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