• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Junio 2020

Un legado inesperado

Capítulo 33

 

Logan no apareció para despedirse y tan solo Lauren pareció no sorprenderse. Las componentes de la orquesta mostraron su desilusión y ella se encargó de quitarle hierro al asunto.

— El señor Holton se despidió ayer al finalizar el concierto, las despedidas no son fáciles para mucha gente y quizá no quiera pasar por esto otra vez.

Lauren permanecía serena, organizando junto con Sarah y el señor Carlson el acomodo de los instrumentos, las maletas y las componentes de la orquesta. Nada en su semblante delataba que la ausencia del señor Holton le hubiese dolido de una manera especial, pero Sarah no se dejaba engañar por su aparente tranquilidad.

En el vagón, que volvían a compartir con el señor Carlson, estuvo comentando animadamente los días pasados en Pittsburgh y la felicidad que le producía la excelente acogida que había tenido la orquesta.

— Siempre he sentido que era un honor haber sido elegido para sustituir al señor Holton —decía el joven director en ese momento — pero tras ser testigo de la calidad de la orquesta y la formidable acogida que ha tenido, no puedo evitar sentirme inseguro. No hay duda que el señor Holton ha dejado el listón muy alto.

— Señor Carlson, lo hará usted estupendamente. Ni la señora Thurber, n el señor Holton ni yo misma tenemos ninguna duda al respecto.

— Señor Carlson, estoy empezando a sentirme un poco mareada — Hans miró con inquietud a Sarah. — ¿Sería tan amable de ir al vagón de la cafetería y traerme algo de beber?

— Claro, por supuesto señorita. — Sin dejar de mirarla con atención el joven se levantó. — ¿Le apetece algo a usted, señorita Wilson?

— No, gracias señor Carlson.

Cuando el hombre salió, Lauren se levantó y puso la mano sobre la frente de Sarah, ella se la apartó con suavidad.

— Estoy bien señorita Wilson, solo quería que nos dejara a solas un rato.

Lauren la miró con sorpresa y esbozó una sonrisa.

— ¡Oh Sarah! Pobre señor Carlson, ¿cómo has podido engañarlo así?

La joven hizo un gesto de la mano, quitando importancia a su acción.

— Ya sabes cómo es cuando empieza a hablar de la orquesta; ha sido la única manera de hacerlo callar que se me ha ocurrido.

— ¡Creía que te agradaba!

— Y me agrada…mucho — añadió con timidez. — Pero quiero hablar con usted a solas.

Lauren la miró alzando las cejas, en un gesto que la invitaba a continuar hablando.

— Señorita Wilson, a mi no me engaña con sus sonrisas y su verborrea sobre lo bien que ha salido todo. Puedo ver la tristeza en sus ojos…

— Sarah, no sé a qué te refieres.

— Señorita Wilson, lo sabe muy bien. Respetaré si no quiere hablarme sobre ello, pero no me tome por tonta tratando de hacerme creer que no ha habido nada entre usted y el señor Holton.

— ¡Es que en realidad no ha habido nada!

— Pero a usted le hubiese gustado que sí lo hubiera, ¿no es cierto?

Lauren se mordió el labio. Cualquier rastro de sonrisa había desaparecido de su rostro. La desesperación que había conseguido mantener a raya hasta ese momento amenazaba con desbordarla. Tragó saliva y miró directamente a su amiga.

— Sí Sarah, me hubiese gustado.

— ¿Está enamorada de él?

— Con toda mi alma.

— ¡Y él también lo está de usted!

— No, te equivocas.

— Claro que no, cualquiera podía verlo en la manera en que la miraba, cómo estaba siempre pendiente de lo que hacía, de sus movimientos…

— Pues está claro que si es así no me ama lo suficiente.

— Los hombres no suelen pensar con claridad cuando de sentimientos se trata, señorita Wilson.

— En este caso creo que es al contrario Sarah — respondió Lauren con tristeza. — Creo que Logan aún piensa demasiado en el pasado y eso le impide vivir en el presente — interpretando correctamente la mirada de confusión de la joven, Lauren añadió: — el señor Holton tenía esposa e hijo. Ambos murieron en un terrible accidente del que él se siente culpable. Creo que se ha prometido a sí mismo no volver a casarse jamás.

Al oírla, Sarah cogió su mano y se la apretó con suavidad. Durante unos segundos permaneció en silencio, como si tuviese que digerir lo que la señorita Wilson acababa de contarle. Luego comenzó a hablar de nuevo:

— Cuando murió Fred, mi esposo, Jimmy solo tenía un año. Yo no tenía familia a la que recurrir y gran parte del dinero que habíamos ahorrado se fue en los gastos del funeral. — La voz de Sarah se había vuelto más grave y su mirada permanecía enfocada en algún punto por encima de sus cabezas. — Recuerdo los primeros meses como una época atroz, donde mis sentimientos oscilaban entre la desesperación más oscura por verme tan sola con la responsabilidad de un hijo pequeño a mi cargo y sin saber si podría encontrar un trabajo decente para mantenerlo, y la tristeza de saber que nunca más vería a mi esposo — Sarah esbozó una sonrisa soñadora. — El bueno de Fred, era tan alto y apuesto…siempre tan alegre. No creía que jamás pudiese haber alegría ni felicidad en mi vida, señorita Wilson, y eso que yo tenía a Jimmy. El señor Holton se quedó completamente solo, de repente, créame, aún no puede pensar con claridad, cuando lo haga volverá a por usted.

Lauren quiso sonreír, pero en lugar de la risa de su garganta escapó una especie de sollozo.

— ¡Me gustaría tanto creer que será así Sarah! Pero no puedo pasarme toda mi vida esperando que eso suceda, no quiero vivir así. — La joven no era consciente de que sus ojos habían comenzado a humedecerse. — Lo amo con todo mi corazón, pero no puedo vivir prisionera de una esperanza que quizá no se materialice nunca.

Sarah la miraba con compasión, sintiendo una profunda admiración por la joven que con tanta dignidad afrontaba el dolor de su corazón roto. Sin saber qué más decirle se sentó junto a ella y la abrazó. Entonces Lauren no pudo aguantar más la inmensa pena que le agarrotaba el pecho y dio rienda suelta a las lágrimas que amenazaban con ahogarla.

En ese momento entró el señor Carlson.

— Señorita le he traído…— su voz se fue apagando al observar la extraña situación que se desarrollaba ante sus ojos. Sarah le hizo un gesto con la mano, pidiéndole que no dijera nada.

Lauren comenzó a espaciar los hipidos y sollozos hasta que, unos minutos después, logró tranquilizarse por completo. Aceptando el pañuelo que el señor Carlson le tendía trató de esbozar una sonrisa.

— ¿Se encuentra usted bien señorita Wilson? ¿Quiere que le traiga otra limonada?

Sin saber por qué, su pregunta hizo reír a Sarah y él no pudo hacer otra cosa mas que contemplarla mientras la joven se tapaba la boca tratando de contenerse, como si acabase de escuchar el chiste más gracioso de todos los tiempos.

Frunciendo el ceño exclamó:

— Me alegra resultarle tan divertido…creo.

— Oh, señor Carlson, no se ofenda por favor — la joven trató de recomponerse y al conseguirlo lanzó al joven una luminosa sonrisa.

— Estoy bien señor Carlson — intervino Lauren. — Hay veces que cerrar puertas es tan doloroso como necesario.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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