• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Junio 2020

Un legado inesperado

Capítulo 31

 

El primer día en Pittsburgh transcurrió en una vorágine de actividad y presentaciones. El señor Tyson los llevó a conocer al resto de personas que formaban la directiva del Círculo de las Artes, luego una de sus miembros, la amable señora Thompson junto con su esposo, los acompañó al hotel, al señor Carlson, a Logan y a ella misma. El señor Tyson junto con otros miembros del Círculo de Artes se encargó de acomodar al resto de la plantilla en las diferentes casas donde dormirían, asegurándole que no debía preocuparse por nada.

Lauren se quitó los botines y se recostó en la cama de la habitación que le habían asignado. Apenas tenía un par de horas de descanso antes del ensayo general que realizarían en el mismo auditorio donde se llevaría a cabo el ciclo de conciertos y se encontraba agotada por el viaje. Esperaba poder descansar un poco pero si bien sus pies agradecieron el reposo, su mente parecía no querer darle tregua.

Logan y el señor Tyson se habían reunido en el salón del hotel, Lauren imaginaba que tendrían que concretar muchos asuntos relacionados con el reciente contrato de Logan. Ella creía haberse resignado a la idea de que en unos pocos días él desaparecería de su vida, pero conforme ese día se acercaba algo parecía rebelarse en su interior. ¿De verdad el único hombre al que había amado en su vida iba a desaparecer así, sin más? Y sabía que ella también le importaba, puede que no la quisiera en su vida, pero ella sabía que no le era indiferente. Si tan solo esos sentimientos que experimentaba por ella fuesen más fuertes que su miedo…

No tenía más remedio que intentar olvidarlo, confiando en que algún día lo lograría y ese amor que le quitaba el sueño y le hacía desear estar junto a Logan cada segundo de su vida, volvería a sentirlo por otra persona. Sí, debía confiar que ese día llegaría.
………………………..

Lauren sintió como la congoja comenzaba a apoderarse de ella, Logan acababa de marcar el último compás de la sinfonía número cuarenta y uno de Mozart y con ella terminaba el último de los conciertos que habían dado en Pittsburgh. El público comenzó a aplaudir con entusiasmo y Lauren trató de animarse con el evidente éxito de su gira. Pero nada conseguía levantar su ánimo sombrío; al día siguiente volverían a Nueva York, sin Logan.

Durante esa semana nada en el comportamiento del hombre había delatado la escena que se había producido entre ambos en el tren, él volvía comportarse con su amabilidad y distancia habitual e incluso parecía rehuirla. Las charlas con el señor Tyson se habían repetido y a menudo el hombre lo había llevado a presentarlo a diferentes personalidades de la ciudad. Y mientras Logan comenzaba a adaptarse al que sería su nuevo proyecto, Lauren sentía que su corazón se rompía en pedazos.

Tras el concierto numerosos miembros de lo más granado de la sociedad de Pittsburgh se acercaron a felicitarlos y el señor Tyson les contó, con gran alborozo, que Thomas Mellon, uno de los más conocidos magnates de la ciudad, poseedor de negocios bancarios e industriales, los había invitado a una recepción en su residencia.

— En una hora pasaré a recogerlos al hotel.

— Señor Tyson, ¿podría disculparme ante el señor Mellon? — Lauren no se veía capaz de alternar en sociedad como si su mundo no se estuviese derrumbando. — Mañana regresamos a Nueva York y lo cierto es que me encuentro muy cansada.

— Oh, claro señorita Wilson, pero será solo un momento, el señor Mellon es un gran benefactor de nuestra asociación y siente grandes deseos por conocer a la maravillosa mujer que ha puesto en marcha un proyecto tan brillante, según sus propias palabras — la desilusión en el rostro del señor Tyson hizo que se sintiera culpable. Era muy probable que el señor Mellon hubiese financiado parte del viaje y la estancia de la orquesta Wilson, sería muy descortés de su parte negarse a conocerlo.

— Siendo así señor Tyson no podría negarme.

— Gracias señorita Wilson, es usted un ángel.

El señor Carlson le dedicó una amplia sonrisa.

— Señorita Wilson yo mismo la acompañaré de vuelta al hotel en el momento en que usted lo requiera.

— Gracias señor Carlson, es usted muy amable.

Junto a ellos, Logan permanecía en silencio, como si el asunto en nada le interesara. Había recibido las efusivas felicitaciones del público asistente con educada gratitud, pero con la misma actitud distante con la que se había conducido en los últimos días. Lauren deseaba sacudirlo, gritarle, provocar en él alguna reacción que delatara que también sufría por separarse de ella, pero sabía que sería inútil; él se limitaría a mirarla con desdén y a pedirle que se tranquilizara.

Durante la recepción y a pesar de la enorme cantidad de gente que se acercó a hablar con ella, Lauren no pudo olvidar ni un solo momento que cada minuto que pasaba era un minuto menos que le quedaba junto a Logan. Cuando consideró que había pasado un tiempo prudencial comenzó a buscar con la mirada al señor Carlson; deseaba marcharse, pensar en un segundo más fingiendo una alegría que no sentía iba a volverla loca. No veía al señor Carlson, pero la voz profunda de Logan tras ella la sorprendió:

— Yo te acompañaré.

Ella se volvió sobresaltada; Logan la miraba con fijeza, como siempre parecía hacerlo.

— Prefiero que me acompañe el señor Carlson, además todos se sentirán muy defraudados si la estrella del momento se marcha tan pronto.

Sin responder, Logan la tomó del brazo.

— Nos despediremos del anfitrión y nos marcharemos.

Lauren no se vio con fuerzas para añadir nada más. Su corazón latía enloquecido, no sabía si quería estar junto a él unos minutos más o por el contrario, era mejor no prolongar el sufrimiento que tenerlo tan cerca sabiendo que pronto lo perdería, le provocaba. Una vez que se hubieron despedido del señor Mellon y tras coger su abrigo, que le ayudó a ponerse caballerosamente, se marcharon.

Durante un trecho caminaron en silencio, el semblante de Logan era sombrío y ella se preguntó si sería el cansancio lo que lo provocaba o, quizá también sintiera algo de tristeza por la separación. El silencio que se cernía sobre ellos se le antojó pesado como un yunque.

— ¿Has solucionado tus asuntos con el señor Tyson?

Él la miró con sorpresa, como si hubiese olvidado que ella caminaba a su lado.

— Los más relevantes, sí.

— Es una gran oportunidad para ti, hoy la sala estaba llena, no te faltará un público entusiasta, y con una orquesta de verdad…

— No digas eso Lauren. Ser el primer director de la Orquesta Wilson es, hasta ahora, mi logro más notable.

Ella no pudo alegrarse por sus palabras, a pesar de que sólo un par de meses antes hubiese dado cualquier cosa por un reconocimiento así que viniera de él.

— No creo que nunca volvamos a tener un director de tu altura Logan.

Él apretó los labios y se detuvo.

— Lauren, escúchame, tu orquesta es un canto a la valentía, formar parte de ella será un orgullo para cualquier director y la oportunidad más evidente de pasar a la posteridad. Nunca desistas Lauren, nunca dejes de creer en ella.

— No lo haré Logan.

Él asintió y reanudó el camino. Ella, a su lado, se mordía los labios, renuente a preguntarle todo aquello que realmente deseaba saber: por qué la había acompañado, si pensaría en ella alguna vez, si la había amado, aunque fuese un poco…

Al llegar a la entrada del hotel él volvió a detenerse y la tomó suavemente de los brazos.

— Lauren, mañana estaré muy ocupado, no iré a despediros.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos, sintiendo cómo sus labios comenzaban a temblar.

— Quería despedirme de ti, decirte que…¡maldita sea! No encuentro las palabras —soltando uno de sus brazos se pasó la mano por el pelo con exasperación. — Lauren ojalá todo fuese distinto, ojalá yo tuviese algo que ofrecerte…

— Logan solo te quiero a ti, ¿qué más podrías ofrecerme?

— No me conoces en realidad Lauren, mereces un hombre que no tenga que luchar cada noche para evitar emborracharse hasta perder el sentido, un hombre que pueda sentir alegría de nuevo, capaz de ilusionarse…yo no soy ese hombre.

— Tal como eres me he enamorado de ti, Logan.

— ¡No Lauren! —en su voz era clara la desesperación que sentía. — Te has enamorado del director, no conoces al hombre.

— No vas a permitir que nadie atraviese tu coraza Logan, está bien, lo acepto, pero no vuelvas a dudar de que te amo, ¿me oyes? ¡No te lo voy a consentir! — la tristeza y la ira la dominaban a partes iguales. — Esperas que te lo ponga fácil, haciendo el papel de jovencita subyugada por el brillo de un gran director de orquesta, y déjame decirte que nunca ha sido así. Me pareciste arrogante e informal cuando te conocí, suponía que algo debió ocurrir en Boston cuando aceptaste dirigir la orquesta Wilson habiendo trabajado con alguien de la talla de Arthur Nikisch, así que sabía que ocultabas algo y, créeme, en mi imaginación era algo mucho peor que el hecho de que bebieses hasta perder el sentido, así que no atrevas a decirme que es del director del que me he enamorado. No sabes nada de mis sentimientos porque nunca has querido saberlo, y dicho esto espero de corazón que te vaya muy bien y más pronto que tarde encuentres la fuerza que necesitas para perdonarte. Adiós Logan.

Tras decir esto, Lauren subió los tres escalones que la separaban de la entrada del hotel sin echar ni una sola mirada atrás, mientras Logan la observaba con un nudo tan grande en el pecho que creyó que podría ahogarse.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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