• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Junio 2020

Un legado inesperado

Capítulo 30

 

Tras su anuncio Logan había continuado como si nada, ajeno al cataclismo que había provocado en los que lo rodeaban. Durante todo ese día se había mostrado solícito y cortés, sin que nada en su forma de conducirse dejara traslucir lo que había ocurrido entre ambos. Lauren sabía que no podía esperar otra cosa, a ese respecto él nunca la había engañado, pero aún así le dolía que el hombre que tan apasionadamente la había abrazado se comportarse con ella casi como lo haría un amable extraño. Ella, por su parte, intentó sobreponerse a la idea de que el tiempo juntos llegaba a su fin, pero le había costado mucho volver a la conversación distendida que habían mantenido hasta ese momento.

Cuando llegó la hora de acostarse, Lauren supo que esa noche no podría dormir. El corazón retumbaba en su pecho como si se tratase del comienzo de la sinfonía número ciento tres de Haydn, y cualquier intento de conciliar el sueño se reveló inútil. Cuando desistió de seguir intentándolo decidió dar un breve paseo, confiando en que el revisor estuviese dormido y no la viese. La suave respiración de Sarah le indicaba que la joven dormía. Logan y el señor Carlson compartían vagón por la noche con el señor Steinman, un comerciante que viajaba en el compartimento contiguo, ya que hubiese sido del todo inapropiado que durmiesen con ellas. Lauren decidió dirigirse al vagón de la cafetería, sabía que estaría cerrada a esas horas pero confiaba en poder sentarse en uno de los mullidos asientos que allí había y aprovechar la luna llena para mirar el paisaje. Se echó sobre los hombros un grueso chal de lana. Llevaba un vestido suelto, no había querido ponerse el camisón pues quería ser lo más rápida posible en caso de que alguna chica la reclamase. El pelo caía suelto hasta la mitad de su espalda.

Tratando de buscar los botines, tropezó con uno de ellos y lanzó un breve grito de sorpresa. Esperó durante unos segundos, temiendo haber despertado a Sarah; afortunadamente su respiración continuaba siendo regular. Tras calzarse con cuidado los botines, abrió la puerta y justo al cerrarla vio como una figura alta se cernía sobre ella. Sintió que el corazón se le detenía por el sobresalto.

— ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado?

Lauren miró con la boca abierta a Logan, que la había sujetado suavemente de los brazos y la escudriñaba con los ojos entrecerrados.

— Sí, por supuesto que estoy bien — consiguió decir tras recuperarse de la impresión.

— He oído ruidos extraños.

— He tropezado buscando los botines.

Él asintió pero no la soltó. Siguió mirándola como si quisiera asegurarse de que lo que la joven decía era cierto. Lauren se dio cuenta de que iba descalzo y tenía la camisa por fuera del pantalón, abierta casi hasta la mitad del pecho. Tuvo que reprimir el anhelo de acariciar la piel desnuda del hombre.

— ¿Dónde vas?

— No puedo dormir…

— No puedes deambular por el tren, no es seguro.

— Todos duermen y además…

— No Lauren, volverás a tu compartimento.

Ella apretó los dientes, sintiendo cómo el enfado la ayudaba a recuperarse de la sorpresa.

— ¡No eres nadie para darme órdenes! Soy una mujer libre y tomo mis propias decisiones.

— Lauren no discutas conmigo por esto. No dejaré que te pongas en peligro deambulando sola por el tren.

— Pues acompáñame entonces.

Ella esbozó una sonrisa de triunfo al ver cómo Logan tomaba aire con fuerza y lo retenía unos segundos.

— Lauren por favor, sé razonable.

— ¿Tú me pides a mí que sea razonable? Te has asegurado que entienda de todas las formas posibles que no vas a permitirte amar de nuevo, pero por otro lado no dejas de acecharme, ¿qué puede importarte a ti lo que yo haga o deje de hacer?

— ¡Me importa, maldita seas, y lo sabes! — él se acercó al decirlo, con los dientes apretados.

— Y aún así dentro de apenas una semana nos separaremos para siempre; ya podré deambular libremente por el mismo infierno, habré dejado de ser una preocupación para ti.

— Nunca dejaré de preocuparme por ti, Lauren.

Esas palabras que debían haberla llenado de esperanza le provocaron, por el contrario, una enorme tristeza.

— Pero prefieres refugiarte en tu dolor y no dar una oportunidad a lo que sentimos.

Él se mordió el labio y la miró durante unos segundos tan intensamente que ella pensó que podría derretirse bajo el fuego azul de sus ojos. Luego tomó un mechón de su pelo y lo acarició, absorto.

— No lo entiendes Lauren.

— Explícamelo.

— ¡¡Ya lo hice, por Dios!! Estuve casado, fue horrible perderlo todo, no quiero volver a pasar por eso y no merezco otra oportunidad.

— Yo tampoco la merezco entonces, te condenas a ti mismo por algo de lo que no tienes la culpa y me condenas a mí por tu miedo a volver a sentir.

— ¡Oh Lauren! ¡Ojalá todo fuese distinto! Pero sé que no te haría feliz…

— No, no lo sabes Logan. No intentes decidir lo que es mejor para mí.

Derrotado él apoyó su frente en la de ella y Lauren aprovechó para acariciar suavemente su rostro, ¡lo amaba tanto! ¿Por qué no podía entender que todos merecemos una segunda oportunidad? Nadie podría vivir con la conciencia permanente de la muerte acechando; si así fuese nunca nos separaríamos de nuestros seres queridos y les haríamos entender de todas las formas posibles cuánto los amamos, pero así no disfrutaríamos la vida con toda su intensidad. Logan nunca dejaría de sentirse culpable por no haber estado con su mujer y su hijo el día en que murieron, y esa culpabilidad le impedía volver a amar de nuevo.

— Volveré dentro. — De repente ella deseaba marcharse, alejarse de él, tenerlo tan cerca y saberlo tan lejos era una tortura difícil de soportar.

— Lauren…

Pero ella no añadió nada más y dando media vuelta entró en el compartimento y se arrojó sobre el estrecho catre, mientras profundos sollozos la sacudían como las olas de un mar embravecido sacudirían a una endeble balsa.
……………………………….

La llegada a la estación de Pittsburgh supuso un ajetreado vaivén de instrumentos y mujeres excitadas que comentaban todo lo que veían con franco entusiasmo. Pittsburgh era una ciudad muy industrializada que había crecido mucho demográficamente, con población inmigrante europea y afroamericanos. Aunque Nueva York era la ciudad más grande de Estados Unidos, la mayoría de las mujeres, apenas se habían movido de los barrios donde residían. En la estación se vieron inmersas en un crisol de lenguas y movimiento que en la mayoría de los casos las apabullaba, pero que a la vez les resultaba fascinante.

El viaje había transcurrido sin ningún contratiempo y Lauren había agradecido sobremanera el hecho de que Sarah y el señor Carlson compartieran camarote con ella y Logan. El charloteo constante de Sarah, las agradables discusiones musicales que se establecían entre el señor Carlson y Logan y en las que ellas también participaban, los ocasionales paseos hasta la cafetería y las visitas rutinarias que realizaba al resto de las integrantes de la orquesta ocuparon satisfactoriamente esos días. Después del sorprendente encuentro con Logan sus noches habían sido mucho más difíciles de llenar. A menudo permanecía despierta, fingiendo dormir y luchando contra la tristeza que la embargaba al saber que en cuestión de días el hombre al que amaba iba a desaparecer de su vida para siempre.

En ese momento oyó una voz gritar su nombre.

— ¡Señorita Wilson!

Al volverse vio a un hombre de mediana edad, bajo y con un sombrero hongo que mostraba una amplia sonrisa y al verla la saludó con la mano. Mientras se acercaba a ella con pequeños pasitos que parecían saltos de un alegre duendecillo.

— Señorita Wilson, permítame presentarme. Soy el señor Tyson, presidente del Circulo de las Artes de Pittsburgh. Bienvenida a nuestra ciudad — al decirlo hizo una enrevesada reverencia que provocó la sonrisa de Lauren.

— Encantada señor Tyson, pero ¿cómo me ha reconocido?

El hombre soltó una risilla y señaló alrededor de la joven, donde el resto de componentes se iban congregando con los estuches de sus instrumentos, mientras los pasajeros que descendían y las personas que los recibían las miraban con sorpresa. Logan y el señor Carlson permanecían aún dentro del tren supervisando que todo el material que llevaban fuese debidamente descargado.

— Por si todo este despliegue fuese poco vi su foto en el periódico tras el concierto inaugural de la Orquesta Femenina Wilson, junto al señor Holton. Déjeme decirle que es usted mucho más hermosa en persona.

Ella sonrió, agradecida por el cumplido.

— Muchas gracias, señor Tyson.

En ese momento Logan se acercó a ellos con largas zancadas y el ceño fruncido.

— ¡Lauren!

— ¡Señor Holton! Le presento al señor Tyson, el presidente del Círculo de Artes.

El señor Tyson observó como ese hombre, con más pinta de boxeador que de director de orquesta, se relajaba visiblemente al conocer su identidad. No obstante habían intercambiado varias misivas en el último mes.

— Es un placer tenerlo en nuestra ciudad por fin, señor Holton.

— Créame, el placer es mío.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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