• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 3

 

Boston, 1892

 

Logan Holton trataba de deshacerse de la bruma que aún persistía en su mente y que le impedía concentrarse en las palabras que el presidente del consejo directivo de la Orquesta Sinfónica de Boston le dirigía. Sabía que era un asunto serio, trascendental incluso, pero las ingentes cantidades de alcohol que había consumido la noche anterior junto al opio que había comenzado a fumar le impedían atender el discurso del señor Kearney con la debida concentración.

— ...hemos tratado de ser comprensivos con su situación, señor Holton —decía en ese momento el señor Kearney — y durante los primeros meses hemos sido condescendientes con sus...ehm...disipadas costumbres. Pero en vista de que la situación no sólo no mejora si no que, de manera evidente va empeorando, nos vemos en la penosa obligación de prescindir de su labor como director adjunto.

Logan sintió una especie de vacío, un mareo momentáneo, que paradójicamente lo ayudó a espabilarse de golpe.

— Señor Kearney, yo...— ¿realmente su voz había sonado tan gangosa y titubeante?

— Señor Holton, comprendo que la muerte de su esposa e hijo en ese horrible accidente fue un hecho devastador para usted, y como le he dicho anteriormente, hemos sido más pacientes de lo que la cortesía nos obligaba, pero nos debemos a la institución y en sus actuales circunstancias, usted no está en condiciones de desempeñar el trabajo para el que fue contratado.

Los restos de la borrachera que aún arrastraba, se disiparon de golpe. Toda su vida había soñado con ser director de orquesta; había creído tocar el cielo con las manos cuando dos años antes consiguió el puesto de director adjunto, siendo Arthur Nikisch, uno de los directores más prestigiosos del momento, director titular. Era joven, siete meses atrás había pasado su treinta y dos años cumpleaños, tenía un futuro prometedor ante sí, una mujer encantadora y un hijo de cinco años, Alfred.

¿Cómo su vida se había desmoronado de una manera tan absoluta? Tan solo seis meses antes parecía tenerlo todo y de un día para otro había perdido a su mujer, a su hijo y ahora perdía el trabajo con el que siempre había soñado. Creía que ya nada podría causarle dolor, pero con sorpresa descubrió que esta última pérdida le dolía.

Tragó saliva y pensó algo qué decir y que llevase al Consejo a reconsiderar su decisión, pero la mirada implacable del señor Kearney le hizo saber que su despido era inapelable, así que se limitó a asentir con la cabeza y a levantarse con lentitud. Al hacerlo se tambaleó ligeramente.

Cuando se disponía a salir del despacho, la voz del presidente hizo que se detuviese en seco:

— Señor Holton, no quiero que crea que somos insensibles a su tragedia, bien sabe Dios que cualquier otro hombre en su situación hubiese reaccionado de la misma forma. — La mirada del hombre, que hasta ese mismo momento había sido tan decidida, pareció expresar algo de emoción —, usted ha desempeñado un trabajo encomiable hasta que...bueno, ya sabe; si en unos meses consigue retomar las riendas de su vida, nos demuestra que ha superado su duelo y ha dejado atrás sus dudosas costumbres, podríamos reconsiderar el contratarle de nuevo.

Logan tragó saliva. Le hubiese gustado tener un motivo para enfadarse, gritar y romper cosas, pero sabía que todo lo que el señor Kearney había dicho era cierto. Le habría gustado también poder decir en ese momento que lo conseguiría, que en unas semanas volvería a recuperar su empleo, pero era consciente de que no estaba en disposición de asegurar algo así. Le había dolido perder su trabajo, sí, pero no lo suficiente como para enfrentarse a la pérdida que le corroía el alma y que lo llevaba a buscar el olvido en el alcohol y los opiáceos.

Sintiendo que su vida carecía ya de cualquier sentido volvió a su casa, la casa que sólo unos meses antes le había parecido tan alegre y acogedora y que ahora estaba tan fría y vacía como su corazón.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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