• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Junio 2020

Un legado inesperado

Capítulo 29

 

Al día siguiente iniciarían el viaje a Pittsburgh y los nervios y el miedo escénico habían hecho acto de aparición entre gran parte de la plantilla. Finalmente habían conseguido pasaje en tren para casi todas las componentes de la orquesta; habían decidido llevar un programa de cámara para reducir personal y gastos y asegurarse la acomodación en el tren y en la ciudad.

De las casi ochenta componentes iban sólo treinta para un programa que incluía obras de Mozart, Haydn y Vivaldi. A Lauren le había apenado no poder viajar con toda la orquesta al completo pero tal y como les dijo a las chicas, era la primera gira fuera de Nueva York tras apenas cuatro meses de andadura, vendrían más y a la próxima irían todas, y estaba dispuesta a cumplir su palabra, aunque para conseguirlo tuviera que pagar parte del viaje de su propio bolsillo.

Los miembros del círculo de Artes de Pittsburgh habían acomodado a las componentes en sus propias residencias, y tuvieron la deferencia con el señor Holton, como director, el señor Carlson, como director adjunto, y con ella misma, como fundadora, de alojarlos en el prestigioso Hotel Plaza. También habían reservado un vagón para ellos tres en el que habían incluido a Sarah, en atención al decoro. El viaje duraba varios días.

Esa noche, mientras preparaba su bolso de viaje, Lauren sentía una molesta inquietud que la mantenía intranquila. Le preocupaba la acogida que tendría la orquesta en Pittsburgh y el hecho de que la presión por actuar fuera de la ciudad fuese demasiado para las chicas. Pero sobre todo le preocupaba la cercanía con Logan. Había asumido que cualquier sueño romántico que pudiese albergar respecto a él no iba a realizarse y aún a pesar de saberlo no podía evitar emocionarse al saber que estarían unos días trabajando casi codo con codo. Que Logan sintiera cierta afinidad hacia ella, poco importaba. Si tal como Sarah decía él no perdía detalle de sus movimientos, nada significaba. Si cuando la besaba parecía que el mundo desaparecía y solo quedaban ellos dos, nada cambiaba. En ese tiempo Lauren había llegado a conocer bien la fuerza de voluntad del hombre; Logan se marcharía, ella sospechaba que en breve, y lo haría sin mirar atrás.

El problema era que esta certeza no había menguado los sentimientos que ella experimentaba hacia él, por el contrario, cada vez que lo veía sentía cómo su anhelo crecía hasta convertirse en una bola dolorosa que oprimía su pecho. Se había enamorado de él, con toda la pasión que era capaz de experimentar, y la imposibilidad de ese amor la llenaba de tristeza y amargura.
…………………………..

La señora Thurber fue a despedirlos a la estación Grand Central, en la calle cuarenta y dos. Lauren había advertido a las chicas que se mantuvieran todas juntas ya que el tránsito por la enorme estación solía ser caótico y muy pocas de ellas había hecho nunca un viaje en tren. Lauren reconoció sus caras de asombro al contemplar las bóvedas acristaladas bajo las que permanecían estacionados los trenes. En ese momento experimentó un súbito sentimiento de orgullo por la orquesta que había contribuido a crear y comprendió que lo que habían logrado trascendía el hecho de que esas mujeres que amaban la música pudiesen dedicarse de manera profesional a ello. Muchas de ellas no habían conocido más que sus humildes barrios, no habían tenido más esperanza que parir un hijo tras otro temiendo siempre no poder alimentarlos; el mundo se reducía para la mayoría de ellas a las cuatro paredes que constituían sus hogares, donde su papel era el de criar a sus hijos y calentar el lecho de sus esposos, y donde eran tratadas en ocasiones como objetos útiles pero sin ideas ni inquietudes propias.

En la orquesta Wilson habían descubierto que eran mujeres talentosas, capaces de crear algo hermoso y sublime. Se habían sentido valoradas y admiradas, algunas por primera vez en su vida; los estrechos horizontes que su condición de mujeres y la propia sociedad les imponía se habían expandido hasta límites que nunca hubieran imaginado. Ahora, muchas de ellas viajaban por primera vez en su vida; aquellas que habían tenido maridos reticentes pronto encontraron facilidades en cuanto el dinero comenzó a entrar en la casa y algunas, como ella misma, se habían rebelado contra quienes querían imponerles un modo de vida que no se ajustaba a sus inquietudes.

Sus mejillas se habían sonrojado y una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro mientras las contemplaba orgullosa, sabiendo que se sentían libres por primera vez en sus vidas.

A su vez Logan la contemplaba a ella, tan fascinado que no podía apartar la mirada de su hermoso rostro. Daba gracias al cielo porque la tortura que estar cerca de ella suponía pronto acabaría, pero aún le quedaba una última prueba para la que necesitaría toda su fuerza de voluntad.

A Lauren le parecieron horas hasta que todas estuvieron acomodadas en sus respectivos vagones y el tren comenzó a marchar. Había estado supervisando el acomodo de todas las integrantes de la orquesta, asegurándose de que no les faltara nada y que estuviesen cómodas. Ellas, excitadas como niñas a las que acaban de regalar muñecas nuevas, asentían a todo con enormes sonrisas y exclamaciones de júbilo. Solo cuando se aseguró de que sabrían dónde encontrarla si surgía algún contratiempo, volvió a su vagón.

El señor Carlson y Logan se encontraban enfrascados en el estudio de una partitura, tratando de decidir si el ritardando debía empezar en el compás ciento ochenta y cuatro o en el ciento ochenta y seis. Por su parte Sarah miraba absorta por la ventanilla mientras el tren alcanzaba su velocidad máxima. Al percatarse de su presencia, los hombres dejaron de hablar e hicieron el intento de levantarse, pero ella los detuvo con una mano. El señor Carlson la saludó con una franca sonrisa a la que ella correspondió de manera automática. Por primera vez pensó cuánto más fácil sería todo si en lugar de a Logan pudiese amar al señor Carlson.

Por su parte a Logan no se le escapó el intercambio de sonrisas entre ambos y a su pesar le dolió. Sin decir nada, volvió a guardar las partituras en la cartera de cuero marrón que llevaba a tal fin. Lauren se sentó al lado de Sarah, que la miró con ansiedad.

— ¿Qué tal ha ido todo? ¿Ha habido algún problema?

— Oh, no, todas están cloqueando como gallinas en un gallinero, pero han prometido acudir a mi si surge el más mínimo contratiempo.

— No tema señorita Wilson — intervino solícito el señor Carlson — estoy seguro de que todo va a salir según lo planeado, ¿qué contratiempo podría surgir?

— Imagino que ninguno, pero algunas de ellas jamás ha viajado en tren.

— Lo peor que les puede pasar es que se mareen.

— Supongo que tienes razón Sarah.

Logan comenzaba a sentir que el vagón era demasiado pequeño; la presencia de Sarah y el señor Carlson no mitigaba la profunda conciencia que él tenía de Lauren. Si se movía un poco sus rodillas se tocarían, la tenía justo enfrente y sin poder evitarlo su mirada la acariciaba con el mismo anhelo con el que deseaban hacerlo sus dedos. Debía alejarse de allí, poner distancia entre ellos, antes de ponerse en evidencia como un jovencito imberbe.

— Debo anunciarles algo y creo que ha llegado el momento oportuno.

Logan sintió como tras su anuncio tres pares de ojos se clavaban en él.

— El consejo ciudadano de Pittsburgh me ha ofrecido fundar una orquesta en la ciudad. No regresaré con ustedes.

Por unos instantes Lauren sintió que le faltaba el aire mientras unos puntitos negros bailoteaban delante de sus ojos; tratando de controlar el pánico que parecía haberse adueñado de ella se clavó las uñas en las palmas de la mano con fuerza.

— Pero la señora Thurber…— su voz sonó temblorosa y sintió como la mirada de Sarah se clavaba en su rostro a la vez que la tomaba disimuladamente de la mano.

— La señora Thurber lo sabe, por supuesto, pero le pedí que me dejara a mí darles la noticia.

— Oh señor Holton, eso es tan…inesperado — el señor Carlson también parecía aturdido. — Creí que contaría con algo más de tiempo.

— No tengo la menor duda de que está suficientemente preparado para asumir el papel de director titular señor Carlson.

El joven asintió mientras sus mejillas se coloreaban por el placer del halago. Logan miró fugazmente a Lauren, que había empalidecido, pero apartó la vista enseguida. Esperaba que el anuncio les ayudara a ambos a recordar que la suya era una relación que nunca había tenido futuro y que ahora llegaba a su fin.

Este relato está inscrito en el Registro de la Propiedad Intelectual por su autora. Queda totalmente prohibida su reproducción total o parcial en cualquier otro lugar sin su consentimiento expreso. La violación de sus derechos de autor puede llevar a su propietario a tomar medidas legales.

Imágenes de portada: stock.adobe.com

Página anterior / Página siguiente

Página siguiente

Índice de capítulos

Da capo

 

 

Otros contenidos de la web

Copyright © 2002 - 2020 rnovelaromantica.com y elrinconromantico.com

| Aviso legal | Política de privacidad | Política de Cookies |