• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Mayo 2020

Un legado inesperado

Capítulo 27

 

Logan permaneció inmóvil durante apenas una fracción de segundo pero la dulzura y el sabor de Lauren le inundaron las venas como si de un potente licor se tratase; se sintió embriagado por el deseo. Abrazándola por la cintura y la nuca la acercó hasta su torso apretándola contra él, estremeciéndose al notar los pechos femeninos. Su boca devoraba la boca de la joven, su lengua exploraba, lamía y succionaba, con la misma glotonería que un niño pequeño devoraría un pastel. No podía pensar en nada, en ese momento ninguna razón parecía lo suficientemente importante como para resistir la increíble magia que se estaba produciendo entre ellos.

Lauren dejó escapar un gemido y él se enardeció al oírla; sin pensar en lo que hacía la arrastró consigo mientras la besaba y se apoyó sobre el enorme escritorio que dominaba la estancia, con ella entre sus piernas. Luego dejó que su boca y su lengua resbalaran por el cuello femenino, mientras Lauren echaba el cuello hacia atrás, franqueándole el acceso. Logan notaba cómo la piel de la joven se erizaba bajo sus caricias. Su mano se deslizó por la parte delantera del vestido hasta que su palma se topó con un enhiesto pezón. Cogiéndolo entre el dedo pulgar y corazón comenzó a amasarlo suavemente. Lauren sintió una llamarada ardiente que parecía inundarle el vientre y bajaba hasta su entrepierna, dejándola sorprendentemente húmeda. Sentía una extraña y placentera ingravidez, y supo que no querría estar en otro lugar por nada del mundo. Notó el frío en las piernas y sólo entonces se dio cuenta de que Logan había levantado su falda y con la mano que tenía libre manipulaba los botones de su pantalón, ella, llevada por la sorpresa, contuvo el aire y en ese momento él pareció tomar conciencia de lo que estaba sucediendo y dejó caer la falda a la vez que se apartaba de ella respirando con agitación y mesándose el cabello, hasta dejarlo despeinado.

— ¡Maldita sea! No pudo, no puedo…es superior a mí — mientras murmuraba frases inconexas movía la cabeza dando pequeños golpes con la palma de la mano en su frente.

— Logan…

Él la miró con intensidad y no perdió detalle de los labios húmedos y entreabiertos de la joven, los ojos brillantes de largas pestañas y el vaivén agitado de su pecho al respirar. ¡Era tan bella y tentadora! Y él no podía resistirse a ella. Se maldijo en silencio por haberse dejado llevar por un momento de vulnerabilidad pero por unos instantes había sido tan hermoso limitarse a senrie sin pensar en nada más que en la maravilla de tenerla por fin entre sus brazos…

— Lo siento Lauren…

— ¡¡No!! No te disculpes por esto. Lo deseaba tanto como tú y ambos lo sabemos.

Logan esbozó una sonrisa triste. Su intrépida Lauren no iba a tomar el camino fácil y tampoco jugaría a ser una desvalida damisela, pero a pesar de su sinceridad y su valor era inocente en muchísimos aspectos.

— Tienes razón, te deseo. Con una intensidad que a veces me asusta — de nada servía negarlo, no después de cómo había reaccionado ante ella; por muy inocente que fuera había sido evidente que se había vuelto loco de deseo en cuanto la había tocado. — Pero esto no va a cambiar nada, hace tiempo tomé una decisión y no voy a echarme atrás.

— ¿A qué decisión te refieres?

Logan dudó unos segundos; desvelar según qué cosas de su pasado le resultaba tremendamente doloroso y además le provocaba una terrible vergüenza. Si ella lo supiese toda la verdad sobre él huiría asqueada, aún así sabía que le debía una explicación y no quería mentirle, así que decidió contarle parte de la verdad.

— Estuve casado Lauren; mi esposa y mi hijo murieron hace casi un año en un accidente de carruaje.

Así que era cierto, Logan era viudo. Lauren se había tapado la boca con las manos, abrumada por la pena. Todo su cuerpo le pedía abrazarlo y consolarlo por el evidente dolor que su voz y su postura transmitían, pero se dio cuenta de que él no quería recibir su consuelo.

— Yo…no estuve con ellos; nunca estaba con ellos Lauren…

— Logan fue un accidente.

La cara sonriente de su hijo pasó por su mente y con horror se dio cuenta de que los ojos se le humedecían. No quería hablar, no quería recordar y revivir el dolor y la culpa.

— Lauren, no quiero volver a casarme. Tuve una familia y la perdí, no supe cuidar de ellos como merecían. No voy a cometer el mismo error otra vez.

— Pero no es justo que te culpabilices por…

— ¡¡Por favor Lauren!! Basta.

Ella se mordió el labio inferior y lo contempló sintiéndose triste y derrotada. Imaginaba lo terrible que debió ser perder a su mujer y a su hijo pero no entendía que se castigase por ello. Aún así supo reconocer la determinación en él y se dio cuenta de que esos sentimientos de culpa los separaban con más eficacia que su próxima partida.
………………………….

Tras llamar a un coche para Lauren y darle instrucciones precisas al cochero para que esperase hasta que la joven entrara en su casa, Logan volvió andando hasta su hotel, no demasiado lejos de la residencia del señor Travis. Estuvo tentado de acompañar a Lauren pero permanecer un solo minuto más junto a ella era una tortura que no estaba seguro de poder soportar. Cada minuto que pasaba se le hacía más difícil resistir a lo que la joven le hacía sentir pero sabía que no merecía esa segunda oportunidad, que de manera irremediable acabaría arrastrando a Lauren a la oscuridad que habitaba en él.

Logan había tomado egoístamente el amor, los cuidados y la comodidad que Lindsay, su esposa, le había ofrecido; estaba centrado en su carrera, tanto que a veces pasaban varios días sin ver a Alfred despierto porque llegaba demasiado tarde a casa. Lindsay nunca se quejó y él pensó que ella era feliz así. Se dedicaba en cuerpo y alma a su trabajo en la orquesta, convencido de que lo que hacía era tan importante que no se cuestionaba su dedicación a la familia. Tenía un vago recuerdo de escuchar decir a Lindsay que estaba preocupada por Alfred, tosía mucho, algo que él no había observado porque casi nunca estaba en casa. El día que murieron según supo después por la señora McGregor, vecina y amiga de su esposa, Alfred había empeorado. La tos era persistente y el niño lloraba porque le dolía mucho la garganta. Lindsay decidió llevarlo al médico.

Logan la imaginaba andando a paso rápido con su hijo de la mano, preocupada y sola, como siempre. Según había declarado el cochero, habían cruzado la calzada sin mirar y aunque él trató de girar para esquivarlos, los caballos, asustados por el movimiento brusco y los gritos se encabritaron. Uno golpeó con el casco a Alfred en la cabeza y lo mató al instante, cuando Lindsay se arrodilló sobre el cuerpo de su hijo el coche la aplastó. Ese día, en cuestión de unos pocos segundos había perdido a toda su familia.

Demasiado tarde comprendió que hasta ese momento había dado por sentadas demasiadas cosas. La calidez, la comodidad, el amor, la esperanza...todo había desaparecido de su vida de un plumazo. La certeza de que todo ese tiempo que no había dedicado a su hijo ya no lo iba a recuperar nunca más era como un yunque colgado de su cuello. Sentía el peso de la pena y el remordimiento de manera constante, aunque no pensara en Alfred o Lindsay de manera consciente.

A veces cuando contemplaba a Lauren quería pensar que otro comienzo era posible; ella hacía que su sangre cosquilleara, que se sintiese vivo, que la pesada carga de culpabilidad que arrastraba se esfumase como se esfumaba una nota en decrecendo. A su lado todo fluía con facilidad, sin esfuerzo, pero el sueño duraba demasiado poco y su carga esperaba paciente, un momento de debilidad, de duda o de soledad para volver a atormentarlo.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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