• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Mayo 2020

Un legado inesperado

Capítulo 25

 

Cuando Logan llegó al salón de ensayos encontró que el señor Carlson ya estaba ahí, hablando animadamente con la señorita Wilson. Ambos eran de edades similares, ambos con la misma inocencia de quién no se ha cruzado aún con la adversidad, ambos formaban una pareja admirable y el darse cuenta de ello le provocó un fuego ardiente que pareció subirle por la garganta.

En cuanto lo divisó el señor Carlson se acercó a él.

— Buenos días señor Holton.

— Señor Carlson — la sequedad de su tono pasó inadvertida al entusiasmado joven.

— La señorita Wilson ya me ha indicado las piezas que están mirando, imagino que empezaran con Brahms.

— Esta mañana temprano he recibido un mensaje de la señora Thurber, nos han ofrecido tocar en el Carnegie Hall, será la semana que viene y para entonces aún no tendremos montada la tercera sinfonía. Hoy miraremos a Mozart y Haydn.

— Los clásicos nunca fallan.

Logan asintió con la cabeza. En ese momento se les acercó la señorita Wilson y Logan tragó saliva mientras la observaba. Cuando ella estaba cerca tenía la sensación de que el aire a su alrededor se condensaba y sus nervios se ponían en tensión, como si ella fuese un instrumento afinado en la misma frecuencia que él y el más mínimo gesto o movimiento que hiciese pudiese provocar una respuesta.

— Buenos días señor Holton — Lauren se felicitó por lo serena que había sonado su voz.— Le he explicado al señor Carlson el repertorio que estamos interpretando, afortunadamente está familiarizado con todas las obras.

Logan captó la sonrisa que el señor Carlson dedicó a Lauren y los celos, amargos como la hiel, le subieron por la garganta y amenazaron con ahogarlo. Ese sentimiento oscuro y ardiente constituyó toda una sorpresa para él, no solo porque no recordaba haberlo experimentado antes, si no porque no tenía razón de ser. Lauren y él no eran nada ni lo serían nunca, era absurdo ese sentimiento de agravio que experimentaba solo porque un joven la mirase con adoración. Desde luego la señorita Wilson no era una mujer que pudiese pasarle inadvertida a nadie, menos aún a un hombre joven como el señor Carlson. Luchó por disimular la extraña desazón que lo había invadido.

— Precisamente le estaba diciendo al señor Carlson que hoy no ensayaremos Brahms. He recibido una nota de la señora Thurber que me informa que el próximo jueves actuaremos en el Carnegie Hall.

— Oh, ¿otra actuación en la ciudad con tan poco tiempo de diferencia? Eso es…muy inusual ¿no es cierto?

— Sin duda nuestra fama nos precede. — Al decirlo esbozó una sonrisa y el corazón de Lauren tembló al observar cómo ese gesto embellecía sus facciones.

Durante unos extraños segundos Lauren olvidó todo lo que la rodeaba, a las mujeres que afinaban y practicaban pasajes de especial dificultad con sus instrumentos y al señor Carlson. Miraba al señor Holton como no lo había mirado nunca antes; la animosidad que una vez había sentido hacia él había desaparecido por completo. Sabía que era un hombre reservado, distante incluso, pero a la vez capaz de una enorme pasión que transmitía a raudales cuando dirigía. De repente se dio cuenta de que se había quedado mirándolo como una tonta y carraspeando hizo un gesto animoso con las manos.

— Si me disculpan iré afinando mi violín.

Durante el ensayo Lauren no dejó de echar miradas furtivas al señor Holton, consciente de que en poco tiempo él se iría y era más que probable que no volviera a verlo nunca más. A su lado, el señor Carlson observaba los movimientos del director y ocasionalmente le pasaba las páginas de su guión, perfectamente podría haber sido invisible a los ojos de Lauren, apenas reparó en su presencia.
…………..

Tal y como había sucedido la primera vez, el éxito de la orquesta había sido arrollador. El público abarrotaba la enorme sala y aunque no pudieron evitar que un grupo de detractores desplegara una pancarta donde se leía: “Volved a casa, por decencia” lo cierto es que la sensación de ser aclamadas era tan embriagadora como una copa de buen whisky. Tras la actuación uno de los patrocinadores había organizado una pequeña recepción a la que invitó a la señora Thurber y su esposo, al señor Holton y a la señorita Wilson.

Aunque Lauren se sentía bastante cansada la señora Thurber había señalado la importancia de alternar con lo mejor de la sociedad neoyorkina.

— Querida, deje que la vean, que la conozcan, la van a adorar. Con su simple presencia y forma de ser va a dejar al nivel de absurda pataleta las protestas de esa asociación de damas remilgadas.

Así que allí se encontraba Lauren, en una enorme mansión de la Quinta Avenida, en lo que ella había creído sería una reunión íntima de unas pocas personas y que en realidad era casi tan numerosa como un baile de presentación. Había cambiado la falda azul y la blusa banca que usaban como uniforme para tocar por un hermoso vestido de seda malva, de línea sencilla, adornado en el escote con una tira de encaje que bajaba hasta la cintura y de mangas ligeramente abullonadas. El escote de su vestido era pronunciado, dejaba ver gran parte de su piel satinada e insinuaba el comienzo de sus redondeados senos.

El señor Travis los había anunciado como si se tratasen de miembros de la realeza inglesa y todas las cabezas se habían vuelto hacia ellos mirándolos con abiertas sonrisas y mucha curiosidad. Enseguida se vieron rodeados por grupos de personas que querían saber todo tipo de cosas variopintas, desde cómo habían aprendido todas esas mujeres a tocar un instrumento hasta qué loción para después del afeitado usaba el señor Holton. La señorita Wilson respondía con paciencia a todas aquellas cuestiones que le eran planteadas; no se le escapaba la mirada de curiosidad que le lanzaban las damas allí presentes ni el hecho de que algunas de sus preguntas y comentarios fueran malintencionados, como el de la señora Woodwart al decir:

— Evidentemente la falta de un prometido o un esposo le permite a usted dedicar tanto tiempo al arte.

— Cualquier hombre que pretenda ser mi esposo debe aceptar que continúe dedicándome a la música.

La señora Woodwart había levantado las cejas y había lanzado una mirada socarrona al resto de damas que la acompañaban.

— Cualquier hombre estaría tan agradecido por poder casarse con la señorita Wilson que el hecho de que ella tenga una ocupación profesional será un detalle sin importancia.

Lauren miró al señor Holton con la boca abierta por la sorpresa, él ignorando las risitas que su comentario había provocado le dijo:

— Señorita Wilson la acompañaré a por otra copa de ponche — y sin añadir nada más la tomó del codo y la alejó del grupo que los contemplaba con suspicacia y curiosidad.

— ¡Malditas cacatúas envidiosas!

Lauren ahogó una risilla al oírlo.

— Muchas gracias señor Holton.

— ¿Por qué me das las gracias?

— Por lo que le ha dicho a esa…cacatúa envidiosa — sin poder evitarlo Lauren lanzó una carcajada, cuando se recompuso miró al señor Holton con los ojos aún chispeantes y una sonrisa en los labios, pero ésta se borró lentamente al observar la fijeza con la que el hombre la contemplaba.

Logan la miraba fascinado, el sonido de su risa junto a la línea de su esbelto cuello que había quedado expuesto le habían provocado el ansia inexplicable de deslizar la lengua por toda su longitud hasta llegar a sus suaves labios. Se sentía inerme, sin fuerzas para luchar contra lo que sentía. Con la voz ronca por el deseo exclamó:

— No les he dicho más que la verdad, cualquier hombre que pueda tenerla debe sentirse el más afortunado de los mortales.

Lauren tragó saliva y se mordió ligeramente el labio inferior, azorada y tan emocionada que no supo que decir.

— Señor Holton…

— Por favor, deje de llamarme así. Mi nombre es Logan.

Lauren se sentía casi mareada por la felicidad que las palabras de Logan habían provocado en ella. Sin pensarlo deslizó la mano del brazo del hombre hasta su mano, de dedos largos y fuertes y dejó que la suya, mucho más pequeña y suave se deslizara hasta que ambas se acomodaron. A su lado Logan retuvo el aire con sorpresa pero enseguida sus dedos comenzaron a juguetear con los dedos femeninos; el rubor y una emoción que no supo definir la inundaron, mientras excitantes cosquilleos subían por su brazo, pero de repente y con brusquedad él la soltó.

— Lauren, que yo la encuentre la mujer más fascinante que he conocido jamás no cambia nada, que yo prefiera estar con usted aunque solo sea para contemplarla en silencio, antes que con cualquier otra persona, no cambia nada…dentro de poco me iré y no tengo intención de volver la vista atrás. ¿Entiende lo que le digo?

La joven había palidecido y lo miraba con los ojos muy abiertos; Logan hizo caso omiso de la mirada desconcertada y dolida de ella.

— Dígame que lo ha entendido.

— Lo he entendido señor Holton. — Consciente de que si permanecía un solo segundo más junto a él se pondría en evidencia le dio la espalda y se marchó, ajena a las lágrimas que empañaban sus ojos, mientras Logan la veía alejarse con los puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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