• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Mayo 2020

Un legado inesperado

Capítulo 24

 

Apenas unos minutos después de que el señor Holton se marchase, Lauren se dio cuenta de que habían extralimitado el tiempo que se consideraba apropiado para una visita.

— Señora Thurber, ha sido muy agradable tomar el té con usted y conocer al señor Carlson pero debo marcharme ya.

El hombre se puso en pie con rapidez al ver que las mujeres se levantaban y se despidió de la señora Thurber con una inclinación de cabeza a la vez que decía:

— Señora Thurber no puedo expresar con palabras lo importante que es para mí la oportunidad que usted me ha ofrecido. Haré todo lo posible por no defraudarla — mirando de soslayo a Lauren, añadió: — a ninguna de ustedes.

Hans Carlson no decía más que lo que realmente sentía. Hijo de un próspero zapatero que había emigrado en su juventud procedente de Noruega, había sentido desde niño una enorme atracción por la música. Comenzó tocando un pequeño piano que su padre había regalado a su madre, la primera profesora de música que había tenido, pero con solo diez años pareció evidente que su talento necesitaba una guía más profesional. Tras acabar sus estudios de piano y subyugado por las actuaciones orquestales a las que había acudido como público, comenzó a sentir el cosquilleo de la dirección de orquesta y había acabado este último año con el prestigioso compositor checo Antonin Dvorák. La propuesta de la señora Thurber era más de lo que había soñado. No había mentido al asegurar que le había parecido soberbio el concierto de presentación de la Orquesta Wilson, y aunque no pudo evitar escuchar algunas exclamaciones escandalizadas a su alrededor por el hecho de que todas esas mujeres estuvieran exhibiéndose encima de un escenario en lugar de estar en sus casas con sus maridos e hijos, él no les había dado importancia ninguna. Para Hans solo importaba la música, y si esta provenía de un grupo de mujeres eso era una cuestión secundaria.

Una vez en la calle, Lauren le dedicó una luminosa sonrisa.

— Señor Carlson, le veré mañana en el ensayo.

— Señorita Wilson, ¿me permite esperar con usted hasta que pase un coche?

— No estoy esperando ningún coche señor Carlson, me gusta mucho caminar y apenas son veinte minutos hasta Washington Square.

— En ese caso la acompaño.

— No es necesario…

— Insisto.

Ella asintió con un gracioso gesto de cabeza y una sonrisa que hizo que el joven parpadeara.

— En ese caso, no se hable más.

Mientras iban caminando el señor Carlson volvió a preguntar por los entresijos de la orquesta Sentía una especial curiosidad por saber cómo alguien del prestigio de Logan Holton había accedido a dirigirlas.

— No me malinterprete por favor, señorita Wilson —se apresuró a añadir al darse cuenta de cómo sonaba su pregunta. — Creo que la orquesta suena tremendamente afinada y compacta y en poco tiempo estarán ustedes a la altura de la Filarmónica de Nueva York o la Sinfónica de Boston, pero resulta extraño que un hombre como él, que no tiene necesidad de demostrar nada, estuviese dispuesto a embarcarse en un proyecto tan…— el señor Carlson carraspeó y sus mejillas se sonrojaron un poco; trataba de encontrar una palabra que no sonara ofensiva.

— ¿Disparatado?

Al ver el rostro y los ojos redondeados por el espanto del señor Carlson, Lauren no pudo evitar echarse a reír. El joven se sintió desconcertado en un primer momento, pero luego comenzó a sonreír a su vez.

— En realidad yo no sé cómo la señora Thurber consiguió que el señor Holton accediera a dirigirnos, imagino que hay pocas cosas que se le puedan resistir.

— Cierto, es una mujer admirable.

— Y más aún si pensamos que el señor Holton, al contrario que usted, era algo escéptico respecto al éxito de nuestra orquesta.

El señor Carlson la miró con las cejas alzadas por la sorpresa y ella se limitó a asentir.

— Estoy seguro de que ahora se siente profundamente orgulloso de ver lo que ustedes son capaces de conseguir.

“Y aún así se marchará en cuanto pueda”, pensó ella con repentina tristeza.

Por suerte la curiosidad y el interés del señor Carlson por todo lo que tenía que ver con la orquesta parecía no tener límites y sus continuas preguntas hicieron que la incipiente aflicción se disipara.

— …fue una sorpresa descubrir que había mujeres que tocaran instrumentos como los timbales, la trompa o el fagot.

— Hay vida más allá del violín y el piano señor Carlson, aunque en honor a la verdad debo admitir que fue muy difícil encontrar a algunas instrumentistas, principalmente de viento o percusión.

— ¿Dónde las encontraron, si se me permite preguntarlo?

— La señora Thurber reclutó a algunas chicas del conservatorio, algunas ya lo habían dejado pero ella consiguió que volvieran, también puso anuncios en el periódico. — Lauren hizo una breve pausa, sopesando la conveniencia de continuar hablando, nadie, ni siquiera la señora Thurber, sabía que se había aventurado hasta cerca del Five Points preguntando, indagando y dejando caer que había una oportunidad de trabajo para cualquier mujer que supiera tocar un instrumento. — Muchas de las componentes han participado en agrupaciones populares, o en el entorno de sus familias…hemos tenido que trabajar duro pues una gran parte de ellas no había oído ni un solo acorde de música clásica en toda su vida.

Hans miró a la joven con renovada admiración. Ella le había dicho que vivía en Washington Square, una de las mejores zonas de Nueva York, eso por sí solo proclamaba que era de clase acomodada. Pero además resultaban evidentes su educación, la calidad de su vestimenta, sus maneras pausadas y elegantes…era toda una dama criada entre algodones que aún así dedicaba gran parte de su tiempo a ensayar y a gestionar algo tan complejo como una orquesta.

Cuando por fin llegaron a la enorme plaza, la señorita Wilson le señaló la parte norte de la misma, donde estaban las viviendas conocidas como The Row. La casa donde se había criado él no era ni mucho menos una choza pero no tenía nada que ver con el encantador estilo de la enorme vivienda ante la que se detuvo la señorita Wilson. Era una mansión con profusión de detalles clásicos; columnas de estilo dórico, según le pareció, sujetaban la balaustrada delantera de mármol. La señorita Wilson era algo más que adinerada, debía poseer una cuantiosa fortuna para vivir en un lugar como ese.

Lauren adivinó lo que el señor Carlson estaba pensando. Sin duda, tal y como le había ocurrido al señor Holton antes que a él, creía que su dedicación a la orquesta no era más que el capricho de una niña rica.

— La casa es todo lo que pude conservar después de la muerte de mi padre. No quedó ni un centavo señor Carlson.

Él la miró a la cara, sorprendido por su repentina confesión. Comprendió que ella había podido leer sus pensamientos y tuvo el buen gusto de sonrojarse ligeramente.

— Lamento oír eso, señorita Wilson. Pero no es totalmente cierto lo que dice, usted conservó algo más que la casa, conservó su orgullo.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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