• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Mayo 2020

Un legado inesperado

Capítulo 23

 

Como siempre le sucedía, la voz del señor Holton provocó un leve estremecimiento en ella, como si una traviesa mariposa hubiese aleteado detrás de su oreja. Se volvió hacia él y lo saludó, procurando darle un tono desenfadado a su voz y esquivando su mirada.

— Buenas tardes señor Holton, si su destino es la residencia de la señora Thurber, efectivamente nos dirigimos al mismo sitio.

Logan la contempló, repentinamente mudo. La señorita Wilson estaba arrebatadora con su elegante vestido de paseo de corpiño ajustado en un tono malva claro y un gracioso sombrerito que enmarcaba su rostro ovalado. Era como uno de esos pastelillos de nata que exhibían en los escaparates de las más selectas pastelerías, delicada, dulce y perfecta. Le atraía como el néctar atrae a las abejas en primavera.

Sorprendida por su silencio Lauren lo miró y se topó con sus ojos azules fijos en ella con concentrada intensidad. Sobresaltada apartó la vista.

— No me gustaría llegar tarde —murmuró a la vez que echaba a andar, sin mirar si él la seguía.

Él la seguía, por supuesto, como si ella lo hubiese hipnotizado con el vaivén de sus caderas, preguntándose si esa mujer indiferente era la misma que unos días atrás había llorado ante la posibilidad de que él se fuera. Y aunque no quería que ella lo extrañase, que lo atase con sus lágrimas, se encontró añorando la calidez que ese momento le había hecho sentir.

La señora Thurber los estaba esperando, según le dijo la doncella que les había abierto la puerta mientras los conducía a una estancia situada en la parte izquierda de un largo pasillo. Al apartarse para que los dos visitantes pasaran, la señora Thurber se volvió hacia ellos y entonces comprobaron que no estaba sola. A su lado había un joven de unos veinticinco años, que se levantó nada más verlos entrar.

— Señor Holton, señorita Wilson. Permítanme que les presente al señor Carlson.

El señor Carlson era alto y esbelto, vestía de manera elegante aunque sin ostentación. Su cabello era rubio y sus ojos marrones. Tenía un rostro atractivo y agradable. Los saludó con afabilidad y la señora Thurber les pidió que se sentaran mientras ordenaba con un movimiento de la cabeza que les sirvieran el té. Cuando la doncella, después de realizar la tarea con eficacia, se hubo marchado, la señora Thurber comenzó a hablar.

— El señor Carlson es el alumno más aventajado del maestro Dvorak y ha aceptado encantado sustituirle cuando usted se marche, señor Holton.

— Será para mí un verdadero honor, es una oportunidad única de aprender de alguien de su prestigio — se dirigía al señor Holton al decirlo. — Tuve el inmenso placer de asistir al concierto de inauguración de la Orquesta Wilson y me pareció una actuación soberbia.

Lauren lo miró con renovado interés. El señor Carlson parecía serio y entusiasta, pero ella no pudo evitar preguntarse si poseería la pasión por la música y la capacidad de transmitirla de la que hacía gala el señor Holton.

— Y usted es el alma mater de esta maravillosa orquesta, ¿no es así? —el joven se dirigía a ella, con una amplia sonrisa dibujada en su afable rostro.

— Creo que ese papel corresponde a la señora Thurber — respondió Lauren con humildad.

— Oh querida, no diga tonterías. Yo sólo la ayudé a llamar a algunas puertas, pero usted concibió todo esto y está demostrando que tenía razón, además me consta que dedica gran parte de su tiempo a ensayar con las demás, incluso en su propia casa.

— Ciertamente el trabajo de la señorita Wilson es fundamental — intervino Logan, y a la señora Thurber no se le escapó la calidez con la que miraba a la joven al decirlo. — Sin ella no habríamos podido conseguirlo.

Lauren sintió un agradable cosquilleo al escuchar al señor Holton, sintiéndose absurdamente feliz por su reconocimiento. Notó cómo enrojecía y tomó un sorbo de su taza de té para ocultar su turbación.

— Siento que poder dirigir a la orquesta es una gran oportunidad para mí y les prometo que me voy a esforzar por hacerlo todo lo bien de lo que sea capaz.

— No me cabe la menor duda de ellos, señor Carlson — replicó amable la señora Thurber. — Señor Holton, había pensado que el señor Carlson puede acudir a los ensayos hasta que usted se vaya, para observar el funcionamiento y plantear todas las dudas que surjan...espero que eso no será ningún problema.

— Por supuesto que no, estaré encantado de ayudarle en todo lo que me sea posible.

— ¡¡Bien!! Entonces todo queda resuelto — exclamó la señora Thurber con alegría.

El señor Carlson esbozó una enorme sonrisa y Lauren quiso responder a la misma, pero sentía como si su rostro fuese de duro cartón y esperó que nadie notara la rigidez de su mueca; le había agradado el señor Carlson pero su presencia hacía más real la marcha del señor Holton. Ajeno a la turbación de la joven, el señor Carlson comenzó a hacerles preguntas a ella y a Logan sobre la plantilla y el repertorio mientras la señora Thurber los miraba en silencio, con una sonrisa en su rostro.

A pesar de lo extraño que se le hacía pensar que ese hombre sustituiría más pronto que tarde al señor Holton, Lauren tuvo que reconocer que era sumamente agradable y educado y que parecía estar tan entusiasmado con el proyecto como ella misma. Casi sin darse cuenta se entregó a saciar la curiosidad del hombre con el mismo fervor con el que él preguntaba y pronto entablaron una conversación en la que solo intervenían ellos.

A Logan no se le escapaba las miradas fascinadas que el señor Carlson lanzaba a la señorita Wilson, ni tampoco lo pronto que ambos parecían haberse olvidado de la presencia de la señora Thurber y la suya propia. Se dijo que ese hecho no debía importarle lo más mínimo, de hecho el señor Carlson parecía la respuesta a sus plegarias. A pesar de haber asegurado que no tendrían problema para encontrar otro director, había temido que los prejuicios que muchos directores tenían ante las mujeres instrumentistas dificultase esa tarea y el pensar que tras su marcha no encontrasen a nadie le había provocado un molesto sentimiento muy parecido a la culpabilidad. El señor Carlson carecía de experiencia, pero la supliría con trabajo y entusiasmo, además estaba seguro de que la señora Thurber jamás le hubiese ofrecido ese puesto si no hubiese estado segura de que podría desempeñarlo con éxito.

Sí, el señor Carlson era como el maná caído del cielo y le permitiría marcharse sin pensar en lo que dejaba atrás. Entonces, ¿por qué sentía esa repentina opresión en el pecho? ¿por qué observar la sonrisa que la señorita Wilson dedicaba al joven le hacía querer estrellar la taza de té contra el suelo? En ese momento el señor Carlson reía por algo que ella había dicho y al observar como ambos se miraban sintió que no soportaría esa escena ni un minuto más.

— Deben disculparme, tengo algunos asuntos que resolver; señor Carlson, lo veré mañana en el ensayo. — Haciendo un gesto vago hacia las damas, murmuró: — señoras. — Y salió sin esperar que nadie le acompañase.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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