• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Mayo 2020

Un legado inesperado

Capítulo 22

 

—Señoras, me consta que desde hace algunos días tienen repartidas las nuevas partituras y algunas ya han podido ensayarlas con la señorita Wilson, — un gesto de asentimiento corroboró sus palabras. — Lo que requerirá mayor esfuerzo es la sinfonía tercera de Brahms. Ustedes deben entender la grandeza musical de este compositor, un hombre que tuvo que trabajar desde bien joven para ayudar ya que su familia tenía escasos recursos y ha llegado a convertirse en uno de los más grandes compositores de todos los tiempos. Además, Johannes Brahms estaba inmerso en un amor imposible. — Logan ocultó una sonrisa al escuchar suspiros entre las componentes de la orquesta. — Imagínense al pobre tipo profundamente enamorado de la virtuosa esposa de su mejor amigo, Schumann.

— ¿Y ella lo amaba a él? — la señora Finley no pudo evitar preguntarlo.

Antes de comenzar el ensayo el señor Holton había querido ponerlas en situación, hablarles del compositor y la época para que ellas comprendieran mejor cómo debía ser interpretado. La mayoría de las mujeres que lo escuchaban se encontraban subyugadas por sus palabras. Logan sabía el poder que tienen las historias, sobre todo cuando son historias reales de gente real.

— Bueno, ella era una honorable mujer casada, pero ¿quién sabe? Mantuvieron una maravillosa amistad y se conservan algunas cartas que dan a entender que en cierta forma ambos sentían lo mismo.

En esta ocasión el suspiro fue general y Logan ya no pudo reprimir la sonrisa.

— Piensen en todo esto cuando comencemos a ensayar la sinfonía y usted, señora Preston —dijo dirigiéndose a Sarah — ponga toda el alma en el solo que lleva en el tercer movimiento.

Cuando el señor Holton empezó a mover la batuta, Lauren tuvo que reprimir un suspiro de alivio. Cada una de las palabras que él había pronunciado parecían haberse clavado en su corazón.

Apenas conocía al hombre, sólo al director, pero sentía que algo muy profundo comenzaba a echar raíces dentro de ella. La admiración, la atracción física, la manera en la que él conseguía estimularlas para dar lo mejor de sí mismas, la forma en que él trascendía, más allá de la ejecución instrumental propiamente dicha, dándole una dimensión nueva a la música en la que ninguna de ellas había reparado nunca antes…Lauren no podía por menos que sentirse agradecida por el inmenso regalo que él, tan generosamente, les hacía, mostrándole la música a través de sus ojos.
Esa mañana había temido volver a verlo después de la manera en la que ella se había marchado pero sus temores habían sido totalmente infundados. Él no había mostrado ningún signo de que hubiese oído sus palabras o de que estas le hubiesen importado lo más mínimo.
………………………….

Logan daba vueltas en la cama incapaz de conciliar el sueño, había apartado con brusquedad la sábana que lo cubría y se había sentado en el borde del colchón, enterrando la cabeza entre las manos. ¡Maldita mujer! El ensayo de esa mañana había sido un auténtico infierno; sentía el cuello rígido por el esfuerzo que había hecho para evitar mirarla; ella como concertino que era se sentaba a su izquierda, tan cerca que si la miraba podía observar la deliciosa manera en que fruncía los labios cuando se concentraba en un pasaje, o el adorable gesto que hacía con el hombro para tratar de apartar el rebelde mechón de fino cabello que escapaba, rebelde, de su recogido. Esa mujer empezaba a obsesionarlo, se le había metido en la cabeza que era la mujer más hermosa que había visto jamás, además de la más valiente, y con semejantes títulos cualquier otra palidecía a su lado.

Pensar que a ella le importaba él lo suficiente como para no soportar la idea de que se fuese era tan embriagador como el mejor de los licores, y se dijo que precisamente eso era lo que necesitaba esa noche, un buen trago de cualquier cosa que lo ayudara a conciliar el sueño y olvidar el insistente deseo de volver a abrazar y besar a la fastidiosa señorita Wilson. La idea de tomarse una copa comenzó a arraigar cada vez con mayor fuerza en él, hasta el punto de que el deseo de tomar algo se hizo casi insoportable. Maldiciendo en voz alta cogió su pantalón y su camisa, que había colgado en el perchero de la habitación y comenzó a vestirse. Tenía que salir de la habitación, las paredes parecían oprimirlo, como si de manera imperceptible se fuesen estrechando, robándole el aire que necesitaba para respirar.

Se sentía sobrepasado, aturdido, dividido entre la voluntad y el deseo. Le parecía que desde que su esposa y su hijo habían muerto no había hecho otra cosa más que huir; primero del remordimiento, después del dolor, ahora huía de Lauren porque sabía que él no era hombre para ella, ni para nadie en realidad. Solo tenía para ofrecer amargura y arrepentimiento. Lauren lo admiraba porque él había sido parte importante en su proyecto, un director con cierto renombre además, pero si llegara a conocerlo de verdad, si supiera lo egoísta que había sido, cómo había dedicado más tiempo a su carrera que a su propia familia, en la certeza de que siempre estarían ahí para él y, sobre todo, el despojo humano en el que había llegado a convertirse después, no sentiría otra cosa mas que repugnancia.
Pero ella no sabía nada de esto y a veces era tan insoportablemente dulce pensar que quizá…
…………………………………

Lauren caminaba con paso rápido, absorta en sus pensamientos no reparó en el saludo que una imponente matrona le dedicaba. Hacía algo menos de una hora había recibido un mensaje de la señora Thurber invitándola a tomar café en su residencia particular. No había añadido nada más pero ella sabía que sin duda tendría algunas noticias sobre la orquesta, quizá relacionadas con la próxima gira a Pittsburgh.

La señora Thurber actuaba como una especie de mecenas o relaciones públicas y Lauren no podía por menos que agradecerlo pues los contactos de la mujer y su enorme conocimiento del mundo musical hacían que el prestigio de la orquesta aumentara así como el número de patrocinadores que querían asociar el nombre de sus empresas o productos con la orquesta que estaba en boca de todo el mundo. Después del concierto inaugural habían tenido algunas pequeñas apariciones en algún acto conmemorativo de la ciudad o invitadas por algún comité benéfico. Si bien esas actuaciones no les habían reportado ganancias al no cobrarse entrada, la señora Thurber les había asegurado que en cuanto se viera la cantidad de público que atraía la orquesta los patrocinadores estarían más que deseosos de formar parte del proyecto, y así había sido. Los ingresos que tenían por el momento eran modestos, pero continuos, y la orquesta no había hecho más que arrancar.

Contaban también con el apoyo incondicional de la Asociación de Mujeres sufragistas, que cada vez tenían más fuerza, y algunas asociaciones que luchaban por los derechos civiles pero también tenían poderosos detractores. A Lauren no se le escapaba que el señor Holton tenía razón cuando aseguraba que muchos irían solo por el morbo. En un principio esa afirmación le había molestado, pero porque había creído que él se expresaba con desdén. Ahora sabía que una parte importante del público iba solo para “escandalizarse” y para despotricar contra la terrible ofensa al decoro que ellas constituían, según había podido leer en un deleznable panfleto, pero tal y como le dijo la señora Thurber con cínico pragmatismo:

— Querida, esas personas también pagan su entrada.

En casa la tensa relación que había existido entre ella y su madre parecía haberse aligerado. Aunque Lauren sabía que a su madre seguía sin gustarle lo que hacía, la notoriedad que había alcanzado entre sus antiguas amistades la había aplacado. Por su parte, la amargura que provocaba en ella la actitud de su madre, iba diluyéndose poco a poco. Comenzaba a comprender que la sociedad que a ella le resultaba injusta y en gran medida opresiva era la misma sociedad que había permitido a su progenitora conseguir todo aquello que había deseado desde niña.

Su madre no entendía que nunca hubiese alentado los avances de los distintos jóvenes, todos ellos de familias impecables, que habían intentado cortejarla. Para ella el máximo desarrollo al que podía aspirar una mujer era a hacer un buen matrimonio y a dar hijos sanos y fuertes a su marido. Con amargura lamentaba el día en que había puesto un violín en las manos de su hija por primera vez, culpando al instrumento de lo que ella catalogaba cmo rebeldía.

Ella no quería que la meta de su vida fuese ser esposa y madre. No tenía nada en contra del matrimonio ni de la maternidad, pero no veía posible integrarlos con su pasión por la música. Por su mente pasaron los rostros de algunos de los últimos pretendientes que había tenido y no pudo evitar esbozar una sonrisa al pensar lo horrorizado que se sentiría cualquiera de ellos si su esposa se hubiese embarcado en algo tan trasgresor como una orquesta formada por mujeres.

Nadie que no amase la música tanto como ella podría entenderlo y aceptarlo, y mientras pensaba esto una voz que conocía muy bien la sacó de su abstracción:

— Señorita Wilson, creo que nos dirigimos al mismo lugar.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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