• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 2

 

Lauren movía los dedos de manera rítmica. Trataba de evitar que el nerviosismo los entumeciera pero a su pesar se notaba tensa y sudorosa. Sabía que no eran las mejores condiciones para la prueba que se disponía a realizar pero confiaba en su talento, y sobre todo, en su enorme necesidad.

Desde que a los seis años comenzara a tocar el violín éste se había convertido en su mejor amigo y en un compañero inseparable. Su profesor, un alemán que hablaba un inglés macarrónico, pronto apreció en ella cualidades excepcionales. A los diez años comenzó a dar sus primeros recitales, siempre entre las amistades de su familia, la flor y nata de la burguesía de Nueva York, y no había celebración o acto importante en que no se requiriera su presencia como violinista. Cuando Lauren cumplió quince años el señor Schröder, su profesor, manifestó que no tenía nada más que enseñarle, pues su dominio del instrumento superaba al propio.

Lauren era una gran enamorada de la música clásica; a los dieciséis años acudió a ver a la Orquesta Filarmónica de Nueva York por primera vez. La dirigía Theodore Thomas e interpretaron la Sinfonía Pastoral de Beethoven. La huella que escuchar esa música sublime y perfecta dejó en su alma nunca se borró y a partir de ese día siempre que era posible, y acompañada de su padre, acudía a los conciertos que daba la orquesta.

Desde que su padre había fallecido tres meses antes se había empeñado con tesón en la búsqueda de un trabajo; a pesar de que su madre le había asegurado que moriría del bochorno si se le ocurría ir a la Asociación de Damas de Nueva York, que solían organizar conciertos y eventos para recaudar fondos, Lauren fue a proponer sus servicios como violinista, ignorando las amenazas maternas. La señora Hartmann, presidenta de la asociación, le dijo que estaría encantada de contar con alguien de su inmenso talento, pero que por supuesto esperaba que lo hiciese de forma altruista. “Todo el dinero que recibimos va para la causa, querida”.. Lauren sabía que eso no era cierto pero se limitó a dar las gracias y a marcharse.

Después de eso había visitado a todas aquellas familias pertenecientes al círculo social más elevado y con los que hasta hacía unos meses compartía eventos y fiestas, pero todos se horrorizaban cuando escuchaban sus pretensiones, incluso la señora Geldof había sugerido que su “absurda idea” de trabajar no era más que un signo de soberbia.

Las únicas ofertas que había recibido eran de tabernas que ofrecían música en directo a sus clientes. Lauren sabía que acabaría cediendo y aceptando uno de esos trabajos, aunque para ello tuviera que mentir a su madre, pero se dijo a sí misma que esperaría dos semanas más; si en ese tiempo no lograba encontrar nada más apropiado aceptaría la oferta de la taberna que tuviese un aspecto más pulcro y decente. Fue durante ese plazo cuando, mirando en la sección de noticias del New York Herald, vio la oferta de empleo de la Orquesta Filarmónica. Su corazón había comenzado a latir con fuerza mientras sentía que una corriente de energía la invadía. La orquesta solicitaba varias plazas de instrumentistas entre ellas tres para violinistas di ripieno. Enseguida supo que debía conseguir una de esas plazas; no sólo le permitiría ganar un sueldo que si bien sería modesto, le alcanzaría para alimentar a su madre y a ella misma, si no que además la idea de tocar en una orquesta del prestigio de la Filarmónica de Nueva York, de la que tantísimo había disfrutado como espectadora, se le antojaba un sueño.

La audición de los aspirantes comenzaba en cinco minutos. A su alrededor los músicos calentaban sus instrumentos, formando una cacofonía que hacía casi imposible oír la voz de los demás. Ella flexionó los dedos por última vez y sacó su violín del estuche, un Stradivarius importado de Italia que hizo que su madre pusiera el grito en el cielo al saber el precio que el señor Wilson había pagado por él. Se ajustó la almohadilla bajo el mentón y casi con reverencia tomó el arco. El suyo era de curva cóncava, lo cual permitía una mayor tensión que los de curva convexa. Tocó la nota la, buscando la afinación perfecta, pero el ruido de su alrededor le impedía oír con nitidez, así que se alejó lo más que pudo y de espaldas al resto de aspirantes comenzó a afinar.

En ese momento se abrió la puerta de la sala donde esperaban y un ujier anunció que podían ir pasando en orden y de uno en uno. Varias cabezas se volvieron hacia donde ella estaba.

— Usted señorita, pase primero, por favor.

Lauren aceptó la caballerosa galantería de uno de los aspirantes con una inclinación de cabeza e inspirando profundamente atravesó la puerta. De repente se encontró en la sala de conciertos del Carnegie Hall; la grandeza del lugar y, sobre todo, el verse en el mismo escenario en el que tantas veces había visto actuar a la orquesta, la sobrecogió.

— Disculpe...¿usted es...? — Lauren se dio cuenta de que en el patio de butacas había cuatro hombres sentados, sin duda alguna el tribunal que iba a realizar el proceso de selección.

Los hombres comenzaron a hablar en susurros entre sí, sus voces sonaban sorprendidas y alteradas.

— La señorita Lauren Wilson, señor.

— ¿Wilson dice?

— Sí, señor. — Su afirmación se vio seguida de más cuchicheos.

Tras varios minutos, el que parecía llevar la voz cantante, volvió a dirigirse a ella tras carraspear sonoramente.

— Señorita Wilson, como imaginará supone una sorpresa inesperada el hecho de que usted sea una mujer.

— En el anuncio no especificaban nada al respecto, señor.

— Ya, bueno, se daba por entendido que...

— Nunca una mujer ha formado parte de nuestra orquesta ni de ninguna otra que yo sepa.

— Quizá sea el momento de que eso cambie — la indignación hizo que su voz temblara.

Comenzaba a temerse que ni siquiera le iban a permitir realizar la prueba, así que apoyando el violín sobre su hombro acometió la interpretación del Rondó del concierto no 2 de Paganini con toda la intensidad y la pasión que bullían en su interior.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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