• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 19

 

Los ensayos se reanudaron en un ambiente más distendido que los anteriores. El haberse enfrentado por primera vez a un auditorio abarrotado y haber salido con éxito de la prueba había infundido una gran confianza a las componentes de la orquesta; también al señor Holton, que les había anunciado el nuevo repertorio que comenzarían a ensayar y que incluía obras de Vivaldi, Haendel y Brahms.

— Señoras, Mozart y Vivaldi son grandes compositores y han dejado un legado musical impagable, pero Brahms…eso es otro nivel —les había dicho nada más comenzar.

El entusiasmo del hombre era contagioso, la inmensa mayoría de ellas no había oído hablar jamás de Brahms ni Vivaldi, casi todas eran autodidactas, algunas procedían de agrupaciones populares o bandas que habían surgido a imitación de la de Sousa. Conocían bien todo tipo de marchas, bailes y canciones populares, pero no sabían nada de sinfonías ni sonatas.

Aún así Logan reconocía que eran excelentes intérpretes y no estaban contaminadas por ideas preconcebidas ni poseían un ego inflado contra el que tuviese que batallar, como sucedía en otra orquestas con músicos profesionales. Si las circunstancias fuesen otras él podría sentirse totalmente inspirado para llevar a la Orquesta Femenina Wilson a lo más alto, pero sabía que sus días allí estaban contados.

Por su parte, Lauren trataba de actuar con naturalidad, pero era consciente de que el esfuerzo que debía hacer para atender a la partitura y dejar de observar al señor Holton no tenía nada de natural. De repente sus gestos al dirigir se convirtieron en lo más fascinante que Lauren había visto jamás, su manera de fruncir el ceño al concentrarse en un pasaje, la manera en que la camisa se ceñía a sus hombros al alzar los brazos y pedirles más intensidad le resultada absolutamente viril, cuando tomaba aire con fuerza justo antes de empezar una obra y su pecho se hinchaba ella sentía que era una minúscula partícula de aire atraída por su fuerza, cuando él entonaba algún fragmento tratando de explicarles lo que quería conseguir, ella experimentaba un cosquilleo en la nuca, como si la voz masculina estuviese en la misma frecuencia que sus terminaciones nerviosas y las hiciera vibrar.

Era consciente de que estaba obsesionándose con el señor Holton y esa sensación agridulce de atracción e incertidumbre que experimentaba por primera vez en su vida no la llenaba de idealismo como les sucedía a tantas jóvenes con el primer amor. Intuía que esos sentimientos le traerían solo frustración y sufrimiento pues sentía que el señor Holton no soportaba su cercanía. ¿Por qué si no apartaba la vista con los labios apretados siempre que ella lo sorprendía mirándola? ¿Por qué ya nunca se dirigía a ella en privado cuando quería consultar algo referido a la plantilla o la organización? Ahora expresaba sus dudas desde la tarima, en los recesos de los ensayos.

A Lauren le avergonzaba pensar que él había notado su enamoramiento y la rehuía de la misma manera que los hermanos se esconden de sus molestos hermanos menores y aunque trataba por todos los medios de mostrarse distante y profesional se temía que sus ojos no fuesen capaces de ocultar lo que sentía cada vez que lo miraban.

Ese día, al terminar el ensayo y como era habitual, Sarah se quedó junto a ella ayudándola a recoger. Lauren escuchaba su parloteo sólo a medias, repasando en su mente los gestos y miradas furtivas que había sorprendido en el señor Holton y atesorándolos como un bien preciado. En ese momento Sarah decía algo sobre él.

— Perdona Sarah, no te he oído ¿puedes repetir lo que acabas de decir?

— Decía que ahora que el señor Holton se muestra más simpático, tiene a las chicas revolucionadas, nada más saben cuchichear sobre su sonrisa, lo negro que es su cabello y …bueno, — Sarah enrojeció, dándose cuenta de repente de la juventud e inocencia de la señorita Wilson — ya sabe — terminó diciendo con un gesto vago de la mano.

No, Lauren no sabía pero tampoco quería saberlo. Darse cuenta de que no era la única a la que el señor Holton había cautivado la hizo sentir tonta de remate. A pesar de notar que el hombre se mantenía alejado de ella había habido gestos, momentos, que le habían hecho pensar que algo especial sucedía entre ellos, algo que quizá había sido efímero, pero había sucedido; ella no creía habérselo imaginado. Y, por supuesto, estaba aquel beso… Pero ahora las ocas certezas de las que había creído disponer se habían transformado en dudas, quizá su inexperiencia le había hecho suponer cosas donde no había nada.

— Ya les he dicho que no se hagan falsas esperanzas, — continuó diciendo Sarah —, está claro que si el señor Holton ha puesto sus ojos en alguien, ese alguien es usted señorita.

Lauren dejó a medio recoger las partituras y alzó la vista sintiendo cómo enrojecía.

— ¿Por qué dices eso Sarah? El señor Holton apenas me mira.

— ¡Claro que la mira!

— Eso no es cierto…antes quizá sí, pero ahora…

Sarah miró a la joven con suspicacia.

— Créame señorita Wilson, el señor Holton la mira de la misma forma que mi Jimmy mira el escaparate de la pastelería.

Lauren sintió cómo su corazón se alborotaba deseando que las palabras de Sarah fuesen ciertas, pero en su fuero interno sabía que no era así. Desde el día que la besó en los pasillos de la Academia de la Música el señor Holton se había dedicado a mantenerse lo más alejado posible de ella.

— Sarah, el señor Holton no siente ningún interés por mí, de ser así yo lo sabría.

— Señorita Wilson, con todo el respeto, déjeme decirle que aunque usted sabe mucho de música y es con diferencia la mejor de nosotras, de hombres no sabe usted nada…
……………………………

Tres días después la señora Thurber los había citado a ella y al señor Holton en su despacho. En ese tiempo Lauren se había esforzado con una tenacidad propia de un sabueso bien entrenado en apartar al señor Holton de su mente. Cada vez que comenzaba a divagar con ensoñaciones de sus gestos, sus miradas y, sobre todo, el beso que habían compartido, se obligaba a ocuparse en cualquier cosa que la ayudara a desterrarlo de su mente.

En esos tres días había aguantado las charlas de cotilleos de su madre que tanto la aburrían, había practicado con el violín hasta casi hacerse daño en los dedos e incluso le había pedido a la cocinera que la enseñara a hacer pan.

Ahora, mientras se dirigía al conservatorio para su reunión con la señora Thurber, estaba más o menos convencida de que ya había conseguido superar la peor fase de su enamoramiento y que sería capaz de enfrentar esa reunión con él con un talante tranquilo y profesional.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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