• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 18

 

Lauren tuvo la sensación de que acababa de quedarse dormida después de una larga noche dando vueltas en su cama, cuando la voz excitada de su madre la despertó.

— ¡¡Lauren, por favor!! Despierta ya, son más de las diez…

Ella metió la cabeza debajo de la almohada, deseando robarle al sueño unos minutos más, pero su madre tenía otros planes.

— ¡Oh Lauren, tienes que ver esto! No te lo vas a creer.

Poco a poco, mientras los últimos jirones del sueño la abandonaban, Lauren se dio cuenta de dos cosas, primero que hacía mucho tiempo que su madre no iba a despertarla a su habitación, y segundo que su voz sonaba tremendamente excitada. La extrañeza la ayudó a despertarse.

— ¿Qué sucede madre? — mientras lo decía frotaba sus ojos con fuerza contra las palmas de la mano.

— ¡Mira! ¡Mira todo esto!

Su madre señalaba un montón de tarjetas que tenía en el regazo, parecían invitaciones.

— ¡Hay invitaciones a tomar el té de casi todas las señoras que merecen la pena de Nueva York! — hacía mucho que su madre no se mostraba tan entusiasmada y Lauren volvió a maravillarse de lo importante que era para ella la aceptación social. Decidió no decirle que probablemente lo único que querían era saciar su morbosa curiosidad sobre la orquesta y ella misma.

— Por supuesto te incluyen a ti en las invitaciones.

— No sé si voy a poder madre, vamos a estar muy liados preparando el nuevo repertorio…— se calló al ver cómo su madre apretaba los labios la vez que la miraba con cara de decepción. — Aunque supongo que a alguna de ellas sí podría ir…

Su madre se relajó visiblemente y se levantó de la cama. Cuando estaba a punto de abrir la puerta se volvió con una sonrisa en la cara.

— Esta tarde la señora Wharfield nos espera a la hora del té. Deberías levantarte ya.
…………………..

Tal y como había supuesto, el único interés de la señora Wharfield era hablar de las componentes de la orquesta, del papel de la señora Thurber en la creación de la misma y del suyo propio. Apenas había intercambiado unas pocos frases corteses con su madre, luego toda la atención de la mujer se había vuelto hacia ella. Afortunadamente su madre no parecía sentirse agraviada; la notoriedad que la escandalosa actividad de su hija le acababa de dar entre sus antiguas amistades parecía agradarle.

Lauren respondía con paciencia a las preguntas de la señora Wharfield, la había reconocido como una de las mujeres que hablaban con el señor Holton en la recepción y su madre le había estado contando, mientras se dirigían hacia su residencia que había enviudado el año anterior y que su marido, el difunto señor Wharfield, había hecho fortuna con la explotación de minas en el oeste y la había dejado en una situación económica envidiable. Lauren supo leer la crítica implícita hacia su padre pero resistió la tentación de responder.

— El director, el señor Holton, parece un hombre notable ¿no es cierto señorita Wilson?

— Sí, por supuesto, señora Wharfield, es un gran director. Hemos sido muy afortunadas por poder contar con él.

— Imagino lo agradable que será trabajar con un hombre tan atractivo como él…

Lauren sintió cómo sus mejillas ardían y se preguntó si la señora Wharfield lo había notado. Echó un rápido vistazo a su madre y ella le devolvió la mirada con curiosidad.

— No sabría decirle señora Wharfield…

— ¡Oh vamos! — la mujer lanzó una carcajada y exclamó: — ¡Estas muchachas jóvenes de hoy en día no saben apreciar un buen ejemplar masculino cuando lo tienen delante de sus narices!

Lauren se ruborizó, incómoda por la chabacana forma de hablar de la señora Wharfield, y miró a su madre, que también parecía escandalizada, no obstante su sonrisa era afectada y Lauren supo que su madre aceptaría casi cualquier comentario procedente de la señora Wharfield, por improcedente que éste fuese, si eso le aseguraba recuperar el papel en la sociedad que la muerte y la ruina del esposo le habían arrebatado.

— Tengo entendido que es viudo.

— No lo sabía señora Wharfield — Lauren contuvo una exclamación de sorpresa —, sólo lo veo durante los ensayos y mantenemos una relación estrictamente profesional.

A pesar de su cortante respuesta, Lauren tuvo que reprimir las inoportunas ganas de preguntarle al respecto. ¿Cómo se había enterado la señora Wharfield que el señor Holton era viudo? ¿Tenía hijos? Ella había supuesto que era soltero, sobre todo después de que la hubiese besado, pero si la señora Wharfield estaba en lo cierto él había estado casado antes.

— Créame señorita Wilson, el señor Holton pronto tendrá más atención de la que pueda desear.

La señora Wharfield no podía saberlo, pero si Logan hubiese podido escucharla no habría tenido más remedio que darle la razón.

Esa mañana el recepcionista del hotel en el que se hospedaba le había dicho que había un periodista que le esperaba y mientras desayunaba en el salón del hotel había sorprendido varias miradas de abierta curiosidad. Había pretendido que su paso como director de la Orquesta Femenina Wilson pasase con discreción hasta que pudiese encontrar algo mejor; acaba de darse cuenta de lo absurdo de su intención.

Logan había reducido su mundo a una única cosa: la música. La música siempre iba a estar ahí, la entendía, conocía sus reglas, era lo suficientemente bueno como para saber que tarde o temprano encontraría un puesto mucho mejor; la música era todo lo que necesitaba. Además él no se permitiría necesitar nada más, no llenaría su vida con nada más que acordes y sinfonías, no se aferraría a nada que pudiese perder.

Era perentorio encontrar otro puesto como director; las cosas en Nueva York estaban complicándose mucho y aunque disfrutaba enormemente del reto que suponía dirigir una orquesta de las características de la Orquesta Femenina Wilson y se sentía orgulloso de formar parte de la historia de la misma, sentía que corría peligro si no se marchaba cuanto antes.

Si tan solo un mes antes le hubiesen dicho que la fastidiosa señorita Wilson le iba a provocar ganas de salir corriendo como un conejo asustado por un disparo se habría reído a carcajada limpia. Pero ya no se reía.

No tenía nada de gracioso pensar en ella día y noche. No era divertido estar dirigiendo y tener que forzarse a no mirarla por el riesgo de ensimismarse y olvidar por qué compás iba. No era agradable añorar el sabor de su boca y la suavidad de sus labios con tanta ansia que el sueño le rehuía…

Tenía que encontrar algo, pronto, y decidió ponerse ese mismo día manos a la obra.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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