• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 17

 

En menos de una hora las puertas de la Academia de la Música se abrirían y la Orquesta Femenina Wilson afrontaría su primer concierto. Las chicas estaban nerviosas, deseosas de hacerlo bien y Lauren había tenido que disimular su propio temor para infundirles coraje, pero tras un breve ensayo que había servido como prueba acústica, fueron las palabras del señor Holton las que habían conseguido tranquilizarlas a todas y llenarlas de entusiasmo.

— Bien señoras, excelente. — Había dejado la batuta sobre el atril y sentándose en la banqueta alta que tenía detrás y que casi nunca usaba se había cruzado de brazos para dirigirse a ellas.

— No tengo ni la más mínima duda de que el concierto de esta tarde va a salir tan bien o mejor de lo que han salido los ensayos. Son todas ustedes unas excelentes músicos y el concierto saldrá bien gracias al esfuerzo, tenacidad y talento que poseen — hizo una breve pausa y paseó su mirada por todas ellas; a Lauren no se le escapó el hecho de que al llegar a su lugar el señor Holton apartó la mirada con rapidez. — No puedo asegurarles cómo va a ser la acogida, lo que sí puedo decirles es que son ustedes las personas más valientes que conozco; no debe importarles lo que digan después de este día, sólo deben tener claro una cosa: ustedes están haciendo historia.

Tras sus palabras todas habían comenzado a aplaudir, Lauren aprovechó ese momento en que nadie la miraba para, de un manotazo, limpiar las lágrimas que rodaban por sus mejillas. No eran las palabras del hombre las que las habían provocado, a pesar de que se había emocionado como todas, sus lágrimas se debían a la certeza de que el señor Holton no iba a pasar por su vida sin más, y, estaba segura, tendría el mismo efecto sobre ella que el que tiene el paso de un huracán sobre una cabaña de paja.
…………………………………….

Lauren recibía felicitaciones en la recepción que la señora Thurber había organizado en su propia residencia tras el concierto. A la misma estaban invitadas todas las componentes de la orquesta, muchas de las cuales no habían podido quedarse, periodistas, el alcalde y algunas de las personalidades más representativas del mundo de la música y de la alta sociedad de Nueva York. Dos reporteros habían insistido en hacerle unas preguntas y ella había accedido con timidez. La orquesta había sonado maravillosamente y la sonrisa que el señor Holton les dirigió al acabar la había inundado de calidez. Pero no todo habían sido parabienes.

Algunas personas se habían levantado y se habían marchado antes de que finalizase el concierto y aunque ella se negó a permitir que eso le afectase lo cierto es que sabía que al día siguiente muchas de las objeciones que esas personas tenían en contra de la orquesta aparecerían en los periódicos. Así se lo había insinuado el joven reportero del Herald, el señor Martin.

— Han montado una buena señorita Wilson —el joven sonreía encantado, a Lauren le pareció una de esas hienas que había visto una vez en la exposición de un prestigioso fotógrafo europeo. — Toda la ciudad quiere saber sobre usted; la mitad de ellos la admiran por su iniciativa y la otra mitad la aborrecen por darle la espalda a la clase social de la que procede.

— No veo por qué nadie podría pensar que por hacer música y difundir la cultura le estoy dando la espalda a nada ni a nadie — había contestado ella sonriendo a su vez, pero las palabras del señor Martin la inquietaron.

A su alrededor las caras eran en su mayoría de satisfacción, los patrocinadores habían recuperado el dinero invertido y habían conseguido una buenísima publicidad ya que el evento había sido cubierto por numerosos periódicos, no solo neoyorkinos, la señora Thurber parecía resplandecer, las chicas de la orquesta que habían podido asistir comían felices los exquisitos bocados del buffet y charlaban en grupos entre ellas…tan solo Lauren parecía sentirse fuera de lugar, como si la tensión de las últimas semanas la hubiese abandonado de golpe, dejándola hueca. Se sentía satisfecha, por supuesto, la orquesta había sonado mejor que nunca, el público, en su mayoría, les había aplaudido con entusiasmo; todo había salido mejor de lo que imaginaba, aunque había una ausencia que la entristecía profundamente: su madre se había negado a ir. Esa misma mañana Lauren había dejado en la bandeja que la doncella le subiría a su dormitorio una invitación para el concierto, pero su madre no había aparecido.

El señor Holton, por otro lado, había estado impecable; ella nunca había dudado de su profesionalidad pero esa tarde había brillado con luz propia, sus gestos, sus miradas alentándolas a todas ellas a dar lo mejor de cada una, su innegable carisma y magnetismo que había mantenido al público pendiente de cada gesto y cada nota… Por un momento deseó poder seguir viéndolo como el hombre pomposo y desagradable que se burlaba de sus ilusiones, pero para desgracia suya ya le resultaba imposible mirarlo igual. Había demostrado que creía en ellas y, lo más imperdonable de todo, había conseguido que su corazón se acelerase con solo mirarlo. Sin poder evitarlo lo buscó con la vista y lo encontró, rodeado por tres damas vestidas con seda y satén. Todas parecían estar encantadas con él y las caídas de sus pestañas y las risitas que acompañaban a cada una de las palabras que él pronunciaba. El señor Holton lucía impresionante con su chaqué negro y su impoluta camisa blanca. El cabello negro peinado hacita atrás despejaba su frente ancha y sus ojos parecían destellar en mitad de su rostro.

Las mujeres que lo rodeaban se lo comían con los ojos y ¿por qué no? El señor Holton era un hombre joven, tremendamente atractivo y además talentoso. No debería sorprenderse de que las mujeres lo asediaran, y con desagrado tuvo que admitir que no era precisamente sorpresa lo que sentía.

En ese momento un hombre interrumpió la conversación que tenía el señor Holton con las damas y éste, tras escucharlo atentamente, levantó la vista y la miró sin titubear, a la vez que le hacía una seña. Lauren sintió como un nervio de su mejilla temblaba a la vez que se acercaba al pequeño grupo, ignorando el escrutinio de las tres mujeres. Le había dado la sensación de que él había sabido en todo momento dónde se encontraba ella.

— Señoras, señor Holton — al llegar junto al grupo saludó con una leve inclinación de cabeza.

— ¡Señorita Wilson! Estaba deseando conocerla — el hombre que se había acercado al señor Holton la miró sonriente. — Permítame presentarme, soy Henry Scott, tengo un estudio de fotografía en la Quinta Avenida y le estaba diciendo al señor Holton que me encantaría hacerles una fotografía juntos. — Ella miró al director con gesto interrogante pero él le devolvió la mirada, impasible. — He hecho varias fotos de la actuación de la orquesta, que por cierto he disfrutado mucho, y he pensado exponerlas en mi escaparate. Sería estupendo poder tener una foto del director y de la fundadora juntos.

— Por supuesto señor Scott.

Logan se disculpó con las damas con las que había estado hablando y tomó a Lauren por el codo. La joven parecía muy pequeña pequeña y vulnerable a su lado. Se preguntó por qué su semblante estaba tan serio, todo el mundo que se acercaba a ella lo hacía para felicitarla, debería estar exultante y en lugar de eso parecía un cervatillo huérfano.

El señor Scott les pidió que lo acompañaran a una habitación junto al gran salón en la que la señora Thurber le había indicado que podía guardar su cámara. Una vez allí les pidió que lo aguradaran unos minutos mientras la montaba. Lauren sintió que el nerviosismo se apoderaba de ella. Desde que la mañana anterior él la había besado no habían vuelto a cruzar ni una sola palabra. Su voz la sobresaltó.

— Bueno Lauren, imagino que estará satisfecha — de nuevo la tuteaba. — El concierto ha sido un éxito.

— Creo que no todo el mundo piensa lo mismo…ha habido algunas personas que se marcharon antes de que terminara.

— Teniendo en cuenta que se han ido silenciosamente y sin armar escándalo yo lo consideraría una buena señal, podrían haberse mostrado mucho más desagradables, créame.

— Supongo que tiene razón.

Logan alzó las cejas con sorpresa y esbozó una sonrisa socarrona mientras la miraba, pero ella se limitó a apartar la vista. Parecía extrañamente silenciosa, como si el fuego que él sabía que poseía la hubiese abandonado dejando sólo unas titubeantes ascuas. Probablemente se sentía incómoda en su presencia, quizá pensaba que iba a abalanzarse sobre ella como la mañana anterior, y no la culpaba. Si ella pudiese leer sus pensamientos echaría a correr aterrorizada. Supo que debía tranquilizarla, hacerle saber que no tenía la más mínima intención de dejar que volviese a suceder algo similar entre ellos.

— Lauren, hay algo que debo decirle.

Sus ojos color ámbar se clavaron en él y su boca pareció temblar.

— Lo que sucedió ayer…le pido disculpas. Debe olvidarlo, le aseguro que no volverá a pasar — a la vez que lo decía su mano se cerró en un puño. Sabía que iba a tener que echar mano de toda su fuerza de voluntad para mantenerse firme en su propósito, de igual forma que sabía que debía permanecer alejado de Lauren si quería evitar sufrir de nuevo.

— Está bien señor Holton, no pasa nada . — Pero no estaba bien, nada estaba bien.

Lauren era una mujer joven, con todos sus sentidos a flor de piel, una mujer que había despertado al placer sensual que ese hombre había despertado en ella con su beso y sus apasionadas caricias. No quería que él le prometiese que no volvería a pasar; se dio cuenta con horrorizada sorpresa que lo que verdaderamente quería es que él la tomara en sus brazos y volviera a besarla de nuevo.

— ¡¡Listo!!

El señor Scott le proporcionó la excusa que necesitaba para apartar la mirada. Tragando saliva se esforzó por sonreír mientras se preguntaba cómo podría expulsar al señor Holton de su mente.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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