• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 14

 

No era más que una niña, mimada y protegida, no sabía nada de la vida, del dolor o de la pérdida, no sabía lo que era desear estar muerto y buscar la muerte, no sabía lo vacío que se siente uno cuando ya no tiene esperanzas. Ella no sabía nada, no tenía por qué importarle lo que pensara de él y si se estrellaba con su orquesta a él no le importaba en absoluto. Haría el trabajo por el que le pagaban y se iría en cuanto encontrase algo mejor, algo con futuro.

Logan reconocía que la orquesta cada vez sonaba mejor; realmente el esfuerzo y el trabajo que hacían sus integrantes era encomiable. Él sabía que dedicaban muchas horas a estudiar sus partituras y que la señorita Wilson ayudaba a las que podían tener más dificultad. Lo cierto es que ella estaba tan volcada en esa orquesta que él dudaba que tuviese tiempo para nada más. Por primera vez se preguntó sobre su vida, ¿dónde vivía? ¿qué circunstancias la habían empujado a acometer ese proyecto? ¿tendría un prometido? Frunció el ceño. La señorita Wilson era muy hermosa, lo más probable es que tuviese una horda de jóvenes babeando tras ella, era impensable creer que nadie se hubiese fijado en sus numerosos encantos.

Ella no tendría la sensatez de aceptar a alguno de ellos y tratar de llevar una vida más convencional y sin poder explicarse por qué, ese pensamiento lo reconfortó.
……………………………………

Lauren se despidió de Judith, una de las violistas, que había estado practicando un pasaje de especial dificultad con su ayuda. Le había ofrecido tomar un té antes de irse, pero la mujer alegó que su esposo, impedido tras caer de un tejado que arreglaba, la necesitaba. Estaba cansada y le apetecía retirarse a descansar o leer un rato en la acogedora soledad de su habitación, pero sintió una ligera punzada de culpabilidad; sabía que su madre estaba tomando té en su salita y llevaba muchos días sin dedicarle algo de su tiempo. No se le escapaba lo mucho que ella desaprobaba lo que hacía pero después de varias semanas había sido capaz de ponerse en su lugar y disculparla. Su madre no era ni mejor ni peor que otras mujeres, simplemente estaba acomodada y agradecida a unas normas por las que se habían regido millones de mujeres antes que ella y que le había proporcionado todo lo que había ansiado y necesitado.

Sabía que tarde o temprano su madre acabaría por comprender que esas normas que tanto defendía, no servían para ella; Lauren nunca sería feliz siendo una anodina ama de casa dedicada únicamente al cuidado de un esposo y unos hijos. No tenía nada en contra del matrimonio, pero no creía que fuese una opción para ella, no cuando probablemente eso implicaba abandonar lo que tanto amaba, lo que completaba su alma. Comenzaba a percibir a las mujeres de la orquesta como parte de su propia familia y las sentía más cercanas de lo que nunca había sentido a su propia madre. Ellas eran mujeres reales, con vidas reales, en la mayoría de los casos vidas muy duras, pero eran valientes y a pesar de sus extremas circunstancias había algo en todas ellas que Lauren envidiaba y que hasta ese momento nunca había tenido: libertad. Todas ellas eran libres para elegir uno u otro camino, no estaban sujetas a arcaicas reglas de decoro o comportamiento. No se le escapaba que esas mismas reglas habían favorecido el que ella pudiese llevar una vida privilegiada, alejada de las penurias de tantas de sus compañeras y no pretendía erigirse en mártir de nada, ni esperaba el sufrimiento o el ostracismo como una abnegada asceta religiosa, nada de eso. Pero sentía que la vida real era esto, hacer lo que le gustaba, lo que le llenaba, lo que daba sentido a su vida, y si el resto del mundo no lo aceptaba no le quedaría más remedio que luchar por ello.
……………………………….

La señora Thurber miraba con disimulada curiosidad a sus dos invitados. Estaban en el elegante salón de su residencia particular y acababan de servirles el té. Ambos se comportaban con exquisita cortesía, pero una corriente subterránea parecía fluir entre ellos. La señorita Wilson, que siempre le había parecido una joven locuaz y apasionada, estaba extrañamente silenciosa, el señor Holton parecía más serio de lo habitual.

— ¿Cómo van los ensayos?

— Bastante bien señora Thurber — Logan dejó el delicado platillo de porcelana sobre la mesa, al hacerlo sus nudillos rozaron la suave piel de la mano de la señorita Wilson, que justamente cogía su taza en ese momento. Ella se sobresaltó cómo si su contacto le hubiese quemado. Él apretó las mandíbulas. — Creo que en un mes podríamos dar el concierto inaugural.

Lauren se vio obligada a intervenir sobreponiéndose a su nerviosismo. Sabía que esa incomodidad que la presencia del señor Holton provocaba en ella y que sentía como un cálido puño apretando sus entrañas era absurda, así que carraspeó y añadió:

— El señor Holton ha pensado realizar un concierto monográfico dedicado a Mozart.

— Oh, me parece una estupenda elección. — La señora Thurber asintió con la cabeza a la vez que lo decía. — Mozart siempre gusta y a modo de presentación será atrayente para mucha gente.

— La propia idiosincrasia de la orquesta de por sí ya será atrayente para muchas personas.
Lauren apretó los labios al oír la afirmación del señor Holton, para su sorpresa la señora Thurbor se rió.

— Eso es cierto…habrá murmuraciones de todo tipo.

— ¿Y eso le preocupa? — la preocupación era evidente en la voz de Lauren.

— ¡Por supuesto que no, querida!

Lauren tuvo que hacer un esfuerzo consciente por no lanzar una mirada de triunfo al señor Holton.

— Sé que muchas personas considerarán esta orquesta como algo escandaloso — continuó diciendo la señora Thurber — y no descarto que alguna asociación de damas pudorosas o de hombres mentecatos quiera armar un poco de jaleo, pero no permitiremos que eso nos detenga, ¿no es cierto?

— ¡Por supuesto que no señora Thurber! — Lauren esbozaba una sonrisa de oreja a oreja. Su rostro parecía haberse iluminado. Había temido que el pesimismo del señor Holton se hubiese contagiado a tan importante benefactora. Sintió la mirada del hombre sobre ella y se la devolvió sonriente, él la apartó con rapidez.

— Es loable la determinación que las anima, señoras. Pero lamento tener que decir que, si el público decide no asistir a los conciertos, no habrá manera de sostener la orquesta.

— Señor Holton ¡claro que asistirán! Usted no puede imaginar hasta qué punto llega la hipocresía y el gusto por lo morboso de ciertos Knickerbocker.

Lauren sintió cómo se relajaba; a su pesar el pesimismo del señor Holton había conseguido hacer mella en ella, como un gusano insidioso que logra agujerear una manzana, ahora sentía el impulso infantil de sacarle la lengua. Imaginar que lo hacía y, sobre todo, cuál sería la reacción de él hizo que tuviese que reprimir una risita.

Logan la miró alzando una ceja, imaginaba qué era lo que le hacía tanta gracia. Sin duda pensaba que todas las objeciones que él había esgrimido acababan de volatilizarse. Observar su franca sonrisa y el brillo de sus ojos lo dejó sin aliento y deseó de corazón estar equivocado. Pero algo le decía que las cosas no serían tan fáciles como las planteaba la señora Thurber.

Ésta, al parecer, ajena a la silenciosa comunicación que se había establecido entre sus invitados, exclamó alegremente:

— Bueno, habrá que ir pensando un nombre para la orquesta ¿no les parece?

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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