• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 12

 

Mucho tiempo después de que el señor Holton dejara de tocarla, Lauren sentía aún el tacto de sus dedos en su piel, como si la hubiese marcado a fuego. Apenas había oído lo que él le había dicho, algo de lobos y ovejas, la cercanía masculina la había puesto más nerviosa de lo que recordaba haberse sentido nunca antes.

Se sentía estúpida, sabía que él había notado lo disgustada que estaba, lo mucho que su crítica le había afectado. No podía permitir que eso volviera a pasar, sino él la vería como una chiquilla que se vendría abajo ante el mínimo contratiempo y nunca llegaría a respetarla.

El resto del ensayo se desarrolló sin contratiempos aunque a ella le costó concentrarse en la partitura; cuando el señor Holton dio por finalizado el trabajo, Lauren apenas pudo reprimir un suspiro de alivio, sentía los nervios tensos como las cuerdas de un piano. Con alivio comenzó a recoger primorosamente las partituras para guardarlas, respondiendo distraídamente a las despedidas de las chicas; tan solo Sarah se quedó junto a ella, ayudándola.

La voz profunda del señor Holton la sacó de su abstracción.

— Mañana a las ocho la espero aquí señorita Wilson.

Ella se limitó a asentir, demasiado azorada como para decir nada. Sabía que a su lado Sarah la miraba con curiosidad pero prefirió ignorarla. No le sirvió de nada.

— Señorita Wilson, no nos había dicho que el señor Holton era tan joven y apuesto.

— Mmmm no me había fijado…

La joven lanzó una alegre carcajada.

— ¡Vamos señorita Wilson! Debería ser usted ciega como un topo para no haberse fijado en eso.

— El señor Holton es un gran director, eso es lo único que importa —Lauren no quería decirle a ninguna de las chicas que además le parecía altivo, arrogante y pomposo; quería mantenerlas ajenas a la pobre opinión que él tenía de la orquesta en la medida de lo posible.

— ¿Y para qué han quedado mañana? — Lauren la miró con expresión reprobatoria, pero la sonrisa franca y la abierta curiosidad la desarmaron.

— Quiere que lo acompañe a un carpintero para que fabrique las sordinas.

— Ah, sí, eso…ha parecido muy disgustado por esa cosa, sea lo que sea…

Lauren no respondió; no quería recordar su reacción, recordar como casi se pone a llorar delante de él aún la turbaba. Sarah continuó ayudándola a apartar los atriles y las sillas a un lado del escenario, parloteando sobre sus impresiones del ensayo y Lauren se alegró al constatar que la joven parecía contenta y con buen ánimo.

Cuando hubieron finalizado de recoger, Lauren le dio las gracias.

— Nos vemos dentro de tres días Sarah, has estado estupenda hoy.

— Gracias señorita Wilson, y eso que estaba tan nerviosa que creía que no me saldría ni la nota de afinar, pero ha sido empezar y ya sólo podía pensar en la música.

— Cada vez será mejor, créeme. Hoy estábamos todas muy tensas pero conforme vayamos practicando más, entenderemos mejor al señor Holton y nos resultará más fácil.

En su fuero interno rezó por tener razón en esto, pero la inquietud no la abandonaba. ¿Por qué le importaba tanto la opinión del señor Holton?
…………………………….

A la mañana siguiente, mientras se acercaba a la puerta del conservatorio pudo distinguir la alta figura del señor Holton. Reprimió el deseo absurdo de atusar su cabello, en lugar de eso irguió la barbilla, tratando de disimular el nerviosismo que parecía invadirla cada vez que estaba cerca de ese hombre. Trataba de ser condescendiente consigo misma; después del primer encuentro que mantuvieron y de que él le expresase de una manera tan poco cortés sus reparos a la orquesta femenina, era normal que ella sintiese cierta aprensión cada vez que se encontraba a su lado.

— Buenos días señor Holton.

— Señorita Wilson —él inclinó ligeramente la cabeza. — ¿Me permite? —al preguntarlo señaló el estuche alargado donde ella llevaba su violín.

— No es necesario, muchas gracias.

Él se limitó a sonreír. Empezaba a comprender que la señorita Wilson, a pesar de su juventud, estaba decidida a no necesitar a nadie. Era tan diferente al resto de mujeres que había conocido hasta ese momento que se sentía fascinado por ella. Aunque sospechaba que su hermoso rostro, el brillo de sus grandes ojos ámbar y su bien desarrollada figura también tenían algo que ver.

— Bueno señor Holton, ¿va a explicarme por fin qué es una sordina?

Habían comenzado a andar y con la seguridad que le daba el ir caminando y no tenerlo parado frente a él, se animó a saciar su curiosidad.

— Se trata de una pequeña pieza de madera, con forma de púas de tenedor, que al insertarla en las cuerdas, cerca del puente, hace que estas suenen mucho más piano.

— ¡Vaya! Qué simple y qué ingenioso.

— Así es…es algo muy común, no se me ocurrió pensar cuando elegí esta sinfonía que no dispusieran de ella.

— Como ya le dije…—él levantó la mano interrumpiéndola.

— Recuerdo perfectamente lo que dijo, y tiene toda la razón. Si no han tocado en una orquesta anteriormente, no lo han echado en falta. Lo entendí, a pesar de ser…¿cómo me dijo usted? Ah, sí, absurdo y anticuado.

Lauren sintió cómo enrojecía. No sabía si él esperaba una disculpa o estaba bromeando. Quizá lo había juzgado con demasiada precipitación; tal vez su intenso deseo de que todo saliera perfecto hacía que estuviese demasiado susceptible.

— Señor Holton, lamento si lo que le dije le pareció injusto. —Y lo lamentaba realmente, el señor Holton de repente no parecía el ogro que ella había imaginado el primer día que lo conoció, aún así no se sentía cómoda en su presencia; era como si él tuviese un poder sobre sus emociones que nunca antes había sentido que nadie tuviese. — Pero nadie me convencerá de que el hecho de que las mujeres no podamos formar parte de cualquier orquesta tiene alguna razón lógica y comprensible. Tal vez le he juzgado equivocadamente y he dado por supuesto que usted también está en contra de que las mujeres podamos…

— Señorita Wilson, antes de que continúe errando el tiro déjame que le aclare algo: si bien nunca he pensado con seriedad en el hecho de incluir mujeres en la plantilla de la orquesta y no tengo una opinión formada al respecto, veo una auténtica locura esta orquesta que usted ha querido formar. — Logan la oyó tomar aire con fuerza; sabía que el que atacara a su querida orquesta le resultaba más intolerable que si la atacara a ella personalmente, pero quería dejar clara su postura. — Admito que la orquesta suena bien, todas las intérpretes, tal y como usted me dijo, son excelentes y aún llegará a sonar mejor.

— ¿Y cuál es el problema entonces?

— El problema es que nadie se las va a tomar en serio; los hombres estarán más pendientes de sus encantos femeninos que de la música y las mujeres en su mayor parte se preocuparán más de criticar que de disfrutar del espectáculo…

— No, señor Holton, el problema es otro —a su pesar, Lauren temblaba como una hoja mecida por el viento, indignada y decepcionada —, el verdadero problema es que es usted el que se niega a tomarnos en serio y proyecta sus prejuicios en los demás.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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