• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 10

 

Lauren tardó una semana entera en calmarse, una semana que dedicó a estudiar la partitura de la sinfonía no 41 de Mozart como si en ello le fuera la vida, tratando de evitar que el arrogante señor Holton tuviese la más mínima queja de su trabajo. También estuvo cada tarde, sábado y domingo incluidos, estudiando con la fagotista y la percusionista sus partes de la obra, ya que ellas tenían dificultad para interpretar la partitura. No las expondría al desdén del señor Holton, no si podía evitarlo.

A Lauren no se le escapaba que la elección de esa sinfonía en concreto venía motivada por la escasa confianza que el señor Holton tenía en la plantilla de la orquesta. La sinfonía no 41 de Mozart era una pieza excelente y que bien interpretada haría las delicias de cualquier tipo de público, pero en la instrumentación de la misma intervenían muy pocos instrumentos de viento. El señor Holton sin ninguna duda conocía lo difícil que había sido encontrar mujeres que tocaran instrumentos de viento metal y sin ninguna duda suponía que era incapaces de tocar bien. Pues se iba a llevar una sorpresa, porque ella se había entregado en cuerpo y alma a este proyecto y no permitiría bajo ningún concepto que él lo ensombreciese con su agrio carácter.

 

Una semana después, con expresión seria, Lauren y toda la plantilla de la orquesta con sus instrumentos perfectamente afinados esperaban a que llegase el señor Holton. Ella había madrugado muchísimo y junto a Emily, la primera cornista, había dispuesto las sillas, los atriles, repartido las partituras y colocado la tarima desde donde el señor Holton dirigiría. Ella, como violín

principal tenía el papel de concertino, como tal era el enlace entre el director y el resto de la orquesta, era la máxima autoridad entre los músicos, exceptuando, por supuesto al director, pero además, al mirar a todas esas mujeres, la mayoría con enormes dificultades a su espalda, pobres pero trabajadoras y casi tan ilusionadas con el proyecto como ella misma, se sintió profundamente responsable de ellas. Todas y cada una de esas mujeres habían confiado en ella, algunas tan maltratadas por la vida que sus ojos transmitían un cansancio perenne. Al pensarlo sintió una presión en el pecho a la que pudo poner nombre sin ningún problema: la responsabilidad. Cerró los ojos con fuerza; no iba a ponerse nerviosa, no en ese momento. Sí, tenía una enorme tarea ante ella, pero tenía la fuerza, las ganas y la voluntad necesarias para llevarla a cabo. Jamás en su vida había creído tanto en nada ni en nadie como creía en ese proyecto. Era justo, era posible y por todo lo que era sagrado que ella iba a dar hasta su último aliento para sacarlo adelante, a pesar del horrible señor Holton.

Al pensar en él tomó el reloj de cadena que colgaba de uno de los botones de su elegante blusa. El señor Holton se retrasaba, constató apretando la mandíbula. Se obligó a respirar profundamente, no quería estar irritada en el primer ensayo pero ese hombre se lo estaba poniendo muy difícil. Tratando de disimular su inquietud dio unos suaves golpecitos con el arco en el atril, llamando la atención del resto de mujeres, que charlaban entre ellas o practicaban la partitura.

— Señoras demos de nuevo la nota de afinar. Ya sabéis que primero Mary Jane dará el la y luego afinaré yo, después de mí afinaremos por cuerdas, ¿de acuerdo? — todas asintieron; si a alguna le extrañó volver a hacer algo que ya habían hecho no dijo nada.

Lauren se puso de pie y esperó a que Mary Jane tocase la nota con su oboe, una vez afinó ella se fue dirigiendo a cada sección de la orquesta, asintiendo satisfecha conforme iba oyendo las notas.

Cuando Logan entró vio a la señorita Wilson de pie, afinando a las trompetas. Ella no reparó en su presencia, así que él se permitió estudiarla.

Llevaba una falda color lavanda y una blusa blanca, de mangas anchas abotonadas en el puño, ropa cómoda pero de buena calidad, que contrastaba con las ropas sencillas de alguna de las demás mujeres. Su cabello castaño oscuro estaba recogido en un moño y a Logan le pareció terriblemente joven.

Era casi una niña, una niña con unas definidas curvas de mujer. Al darse cuenta de hacia donde derivaban sus pensamientos frunció el ceño; era la primera vez en ocho meses que pensaba en una mujer en esos términos. Inquieto se acercó al escenario y saludó en voz alta.

— ¡Buenos días señoras!

Se hizo un silencio repentino y Logan sintió como unos sesenta pares de ojos se dirigían hacia él.

— ¡Buenas tardes señor Holton! —a él no se le escapó la ironía que había empleado ella. Se sintió dividido entre la irritación y la diversión.

Decidió ignorar su pulla.

— Prosigan con lo que estaban haciendo, por favor.

— Ya sólo queda Jennifer por afinar los timbales.

Él asintió con la cabeza y se dirigió a la tarima, ojeando el guión de la sinfonía distraídamente con el sonido de las notas del timbal de fondo y ajeno a las miradas especulativas y admirativas que lo recorrían. Cuando todo quedó en silencio, Logan alzó la cabeza y paseó la mirada por la que a partir de ese día iba a ser su orquesta, reprimiendo un suspiro de exasperación. Mujeres en su mayoría jóvenes, aunque alguna ya había alcanzado la edad madura. Se obligó a disimular su escepticismo.

— Señoras, mi nombre es Logan Holton. He sido contratado para dirigirlas. — Logan podía sentir la mirada de la señorita Wilson sobre él, pendiente de todas y cada una de sus palabras. — Como creo que ya sabrán comenzaremos trabajando la sinfonía 41 de Mozart.

Algunas mujeres asintieron, Lauren se permitió relajarse un poco. Si bien su tono era seco, se estaba comportando con estricta profesionalidad.

— Soy extremadamente serio trabajando —continuó diciendo él — y seriedad es lo que les voy a pedir a ustedes. No tengo paciencia con los perezosos y espero una interpretación perfecta de cada uno de sus instrumentos, quiero dejar claro que mi papel es dirigir, no enseñar.

Lauren sorbió aire con tanta fuerza que Logan la miró de reojo; sus grandes ojos color ámbar parecían brillar y sus mejillas habían enrojecido. A la señorita Wilson no le habían gustado sus palabras, no podía importarle menos; si no le gustaba lo que oía ese era su problema. Todas deberían atenerse a sus reglas, por mucho que necesitase el trabajo no pensaba tirar por la borda el prestigio que tanto le había costado adquirir y que ya de por sí pendía sobre la cuerda floja.

— Y ahora, por favor, da capo.

Lauren se maldijo interiormente cuando lo oyó. Había estado repasando con las chicas que menos conocimiento formal de música tenían las indicaciones musicales más habituales que podían escuchar: allegro, piu mosso, andante, forte, piano...¿cómo se le había pasado eso? Antes de poder pensarlo se volvió hacia la orquesta y tratando de imprimir a su voz un tono animoso, exclamó:

— ¡¡Señoras!! Comenzamos, vamos al principio.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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