• Autor/a: Lola Rey
  • Actualización: Abril 2020

Un legado inesperado

Capítulo 1

 

Nueva York, 1892

 

— Madre, por Dios, ¿qué pone en la carta?

La señora Wilson levantó la mirada, acuosa por las lágrimas que trataba, con poco éxito, de contener. Sus labios y sus manos temblaban. 

Sabía que estaba preocupando a Lauren, su hija, pero no podía evitarlo; las noticias que le daba el señor Harris, el que había sido socio a partes iguales de su esposo recientemente fallecido, eran peores de lo que jamás podría haber imaginado.

— Lauren, querida... el señor Harris...—su voz volvió a apagarse, incapaz de poner sonido a las funestas noticias.

Impaciente Lauren arrancó la fina hoja de papel de las manos de su madre y comenzó a leer con avidez mientras la señora Wilson enterraba la cara entre las manos, dejando escapar a borbotones su miedo y su preocupación en forma de sollozos.

— No puede ser...— al escuchar el lamento de su hija, la señora Wilson arreció en sus sollozos.

Las manos de Lauren comenzaron a temblar y como si de una marioneta a la que le acaban de cortar las cuerdas se tratase, se dejó caer sobre el coqueto silloncito que tenía justo a la espalda.

— Yo creía...siempre pensé que la empresa...

Se calló. Las implicaciones que la carta del señor Harris tenía en sus vidas era brutal. Oía los sollozos de su madre como algo lejano, absorta mientras repasaba las opciones que tenían y tratando de no desesperarse al tomar conciencia de la terrible situación en la que ambas se encontraban. Poco a poco las brumas de la desesperación se disiparon lo suficiente como para que su mente comenzara a funcionar.

— Si vendemos la casita de Los Hamptons podremos solventar al menos la mitad de la deuda, también debemos despedir a casi todo el personal...—su voz se quebró ligeramente —, será terrible, pero no nos queda otra opción. Mantendremos sólo a la cocinera y a una criada.

Su madre seguía sollozando, la cara enterrada entre las manos, como si no la oyera.

— También venderemos el caballo y el carruaje, eso deberá ser suficiente para pagar esta maldita deuda.

— ¡Lauren por favor! No seas soez...

La joven apretó los labios y contuvo una réplica mordaz. Le sorprendía que ante el desmoronamiento de sus vidas tal y como la habían conocido hasta ese momento, su madre mostrase preocupación por su vocabulario.

Una semana antes su padre había fallecido de un repentino ataque al corazón, Lauren se preguntó con tristeza si la terrible situación económica en la que se hallaban y de la que ellas no tenían ni idea, había sido la causa.

Cuando apenas acababa de asumir que su padre, la persona que más la entendía en este mundo, ya no estaba, recibían esta terrible noticia.

— Afortunadamente nuestro guardarropa es más que suficiente para aguantar varios años madre — Lauren conocía la desmesurada afición de su madre por los vestidos, zapatos, joyas y demás fruslerías — y a partir de ahora debemos intentar comer con más frugalidad; alimentos de temporada, que siempre hay en los mercados y que están mejor de precio que las exquisiteces de importación...

La señora Wilson dejó de llorar de repente. Levantando la cara enrojecida por el llanto, exclamó:

— Lauren, querida, ¿no crees que estás llevando las cosas demasiado lejos?

— ¿Demasiado lejos dices? — sin apenas ser consciente de lo que hacía Lauren se levantó y estrujó la carta, acercándola al rostro congestionado de su madre —. ¿Prefieres acaso que sean los acreedores los que se hagan cargo de todo? ¡Créeme, si eso sucediera ni siquiera tendrías un techo bajo el que vivir!

— Pero hija...no puede ser tan terrible.

— Madre, el señor Harris lo deja bien claro en su misiva, él ha vendido casi todo lo que tenía para hacer frente a esta terrible deuda...no tenemos más remedio que hacer otro tanto.

La señora Wilson rompió a llorar de nuevo, lamentos desgarradores que sacudían su menudo cuerpo por entero.

— ¿Y de qué vamos a vivir? ¿Cómo vamos a conseguir dinero para alimentos, para pagar a una cocinera y a una criada...? ¡Oh Dios mío!

— Buscaré un trabajo.

La señora Wilson lanzó un gritito y miró el hermoso rostro de su hija, lleno de determinación, con horror. Una palidez mortal cubrió su tez y se desmayó.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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