• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 8

 

Tras aterrizar nos fuimos a un hotel cercano, situado muy cerca del centro de París. Lorenzo había reservado tres habitaciones individuales con maravillosas vistas de la ciudad.

Me instalé en mi habitación y cuando terminé de colocar mi pequeño equipaje en el armario salí en busca de doña Isabella. Para mi sorpresa, cuando toqué en la puerta de su habitación no fue ella la que me abrió la puerta sino Lorenzo.

—Lo siento, pensé que doña Isabella estaba sola regreso más tarde.

—Me temo que mi abuela ha tenido bastante por hoy, se ha quedado dormida y creo no se va a despertar hasta mañana.

—Pero si aún no son sino las siete de la tarde.

—Quizás para ti sea temprano, pero para una señora de ochenta y cinco años ya es bastante tarde.

—Bueno, tendré que cenar sola en mi habitación.

—No tienes por qué cenar sola, yo iba ahora a cenar al restaurante del hotel, si quieres puedes acompañarme.

—No quiero molestar.

—Jajajajajaja, tranquila no serás molestia sino buena compañía.

Durante la cena Lorenzo me habló de su labor en el ejército y de cómo había tomado la iniciativa de abrir el hotel tras retirarse. Yo, por mi parte, le hablé de mis años como estudiante de periodismo y de mi sueño de escribir un libro cuando tuviera una buena historia en mente. Tanto hablamos que no nos dimos cuenta de que ya habían pasado más de tres horas desde que nos habíamos sentado a comer.

—Creo que será mejor que nos levantemos ya —dije mientras miraba el reloj.

—¿Por qué? —me preguntó Lorenzo dando un último sorbo a su vino francés.

—No sé si te habrás dado cuenta, pero son más de las diez.

—¿En serio? Se nos ha ido el tiempo volando sin darnos cuenta, jajajajaja, acaso ¿tienes que madrugar mañana?

—No, pero me gustaría descasar —protesté ante su burla.

—¿Qué te parece si terminamos la noche dando un paseo por los campos Eliseos?

—No sé, es muy tarde ya y…

—¿Acaso tienes que madrugar mañana? No, pues vamos, te aseguro que te va a encantar pasear por los campos Elisios y tomar un bien café junto al arco del triunfo.

—De acuerdo, pero nada de café creo que tengo demasiada cafeína encima.

Salimos de hotel y empezamos a caminar por la avenida disfrutando del paisaje de luces nocturnas y de la tranquilidad de la ciudad. Al fondo de la avenida se podía ver el arco del triunfo.

—No digas que no ha merecido la pena venir.

—La verdad es que París de noche tiene una magia especial.

—Dime una cosa, ¿por qué te has metido en este lio de las cartas?

—Bueno, como le conté a tu abuela fue por casualidad, yo colaboro en el club de Julieta y la carta cayó en mis manos.

—Y decidiste así por las buenas dejar todo e ir en busca de su dueña.

—Puede sonar a locura, pero si fuera al revés y la dueña de esa carta fuera yo me gustaría que alguien se preocupara en buscarme

—Puedo parecer demasiado curioso, pero dudo mucho que una chica como tú este soltera y sin compromiso.

—La verdad es que nunca fui lo que se dice afortunada en amores. Tuve una relación de tres años con un compañero de la universidad, pero se cansó de esperar.

—¿Esperar?

—Esperar a que tuviera tiempo libre para él, ya que le dedicaba gran parte de las horas del día a cuidar a mi madre y apenas lo veía.

—Bueno, él tenía que ser consciente de lo que estaba pasando.

—Tan consciente que empezó a salir con otra y me dejó sin importarle en absoluto si necesitaba ayuda o no, solo me dejo y punto.

—Ese tipo de relación nunca llega a ningún sitio, créeme vas a estar mejor si él.

—Sí, después de algunos meses tras la ruptura y la muerte de mi madre empecé a salir adelante refugiándome en el trabajo y en mi labor de colaboradora en el club.

—Eres una auténtica superviviente.

—¿Y tú? Qué me dices de ti, ¿cómo es que un hombre como tú está soltero y sin compromiso?

—Supongo que ya no confío en nadie, en ocasiones una traición puede romper demasiadas cosas.

—Sí, lo sé.

—Para olvidar malos momentos y retener solo los buenos te voy a llevar a un lugar especial.

—No sé si es buena idea, ya son casi las doce.

—¿Acaso eres la cenicienta y debes estar en el hotel antes de media noche? Pues entonces confía en mí.

—La última vez que confíe en alguien termine llorando varias semanas.

—Conmigo no va a ser así.

En ese momento me cogió de la mano y tiró suavemente de mí para llevarme ágilmente por las calles iluminadas de París. Justo cuando íbamos a llegar al Arco de Triunfo se giró y paró un taxi que pasaba justo por allí. Una vez dentro los dos le dijo en perfecto francés que nos dejará cerca del puente del Arte. En cuestión de minutos nos dejó en la plaza del museo Louvre y nos bajamos.

Tenía que admitir que el Louvre de noche era una imagen que se te quedaba guardada en la retina para siempre. El imponente palacio real y aquella pirámide iluminada bajo la noche parisina era sin duda una imagen que jamás olvidaría por muchos años que pasarán. Lorenzo continuó tirando de mí hasta que llegamos a un puente que cruzaba el Sena.

—¿Dónde estamos? —pregunté al ver que Lorenzo se detenía en ese lugar.

—En el puente del Arte, mejor conocido como el puente de los candados.

La brillante luz de las farolas iluminaba suavemente el puente. Al mirar fijamente pude ver los candados pegados a él.

—Pero ¿por qué están todos esos candados ahí?

—Son los deseos de amor eterno de los enamorados que vienen a Paris. Creen que al colgarlos del puente su amor durará para siempre.

—Es parecido a lo que hacen en la casa de Julieta cuando ponen sus peticiones colgadas en la pared del museo.

—Como en Paris no tienen a Julieta utilizan el puente como vía de amor eterno.

—Es hermoso en ocasiones creer en algo así, pero ¿qué hacemos nosotros aquí?

—Bueno, ambos estamos atados a dos candados invisibles que nos dejaron nuestras antiguas parejas.

—¿Y crees que estando aquí romperemos esas ataduras?

—Sí.

—Pues yo no creo que sea tan sencillo, en ocasiones la carga es demasiada pesada como para dejarla marchar.

—De eso va la leyenda de este puente, de la magia y de la fe en uno mismo, lo único que tienes que hacer es soltar cualquier amarre que tengas como si de un candado se tratara y lanzarlo al río para que se hunda lejos de ti. Ven dame tu mano.

Cuando nuestras manos se cruzaron fue como si todo lo anterior desapareciera, como si todo el peso que llevaba a mis espaldas se hiciera cada vez más ligero. Juntos nos asomamos para ver bajo nuestros pies el Sena y alzamos la mano que teníamos libre al aire con el puño cerrado. Justo debajo de ella estaba el Sena, sereno y tranquilo, abrimos lentamente los dedos y mientras nos dedicábamos una sonrisa cómplice soplamos con fuerza sobre la palma para que todo lo malo que teníamos guardado en ella volara y se hundiera para siempre en el río.

Tras hacer esto mi cuerpo antes tenso se empezó a sentir cada vez más ligero, tan ligero que no me di cuenta cuando giré deprisa y perdí el equilibrio. Cuando abrí los ojos al no sentir el duro dolor de la caída vi delante de mí los ojos verdes más hermosos de mundo y unos labios tentadores que me hicieron perder la razón de tal forma que terminé por besarlos.

Los labios de Lorenzo se unieron a los míos en un apasionado beso, un beso apasionado y dulce a la vez, un beso tan diferente al resto de los que había recibido a lo largo de mi vida, un beso de amor.

En ese momento, la realidad fue más fuerte que el romántico instante que estaba viviendo y empujé suavemente a Lorenzo para apartarlo de mí.

—Lo siento, no sé lo que me pasó, no debí…

No deje tan siquiera que me contestara, salí corriendo de allí a toda velocidad para llegar cuanto antes al hotel y olvidar lo que había pasado segundos antes en el puente de los candados de París.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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