• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 7

 

—Doña Isabella, no necesitaba tantas cosas para viajar a París —protesté al ver todo lo que me había metido doña Isabella en mi maleta.

—Por supuesto que sí, hija, además te quedan todas muy bien, ¿verdad, hijo, que este vestido azul le queda muy bien?

—Sí, no está mal.

—Con un vestido como este tan bonito cualquier chica se vería bien —refunfuñé para evitar que se me viera lo colorada que estaba.

—No todo el mundo puede presumir de tener un cuerpo como el tuyo, hija, fíjate que yo a tu edad también era bastante delgadita y tenía las curvas bien pronunciadas como tú y me encantaba presumir de ellas todo el tiempo.

—Abuela, por favor —protestó Lorenzo mientras se aflojaba un poco la corbata.

—Y bien, hija, ¿qué te parece el avión privado de mi nieto?

—Pues muy bien. —Miré hacía la ventanilla con la intención de cortar aquella incómoda conversación cuanto antes.

—Mi nieto, antes de empresario fue militar, y estuvo varios años colaborando en varias operaciones importantes como la guerra de Bosnia.

—Abuela, no creo que a Fiorella le interese conocer mi vida.

En esos momentos solo podía decir tierra trágame. Doña Isabella estaba sentada a mi lado y Lorenzo lo tenía justo frente de mí, observando cada uno de mis gestos. Así que para evitar quedar mal tan solo sonreí ligeramente ante aquel comentario.

—Ahora el pobre está soltero, y hace caso omiso de mis consejos para buscar novia, ¿te lo puedes creer Fiorella? Tiene casi cuarenta años y aún no me ha dado nietos.

—Abuela, por favor —protestó de nuevo Lorenzo.

—Y tú, Fiorella, ¿tienes novio?

—No.

—¿Y eso? ¿Cómo es que una chica tan guapa como tú aún no está casada?

—Abuela, creo que te estás pasando ya de la raya.

—No, no importa, la realidad es, señora Isabella que no tengo pareja porque no he tenido tiempo de tenerla, la verdad es que me paso el día entero trabajando y cuando llego a casa solo tengo ganas de dormir o ver un rato la televisión.

—Pero hija, para eso no hace falta tiempo sino ganas, y veo que tú muchas ganas no has tenido, pero eso tiene que cambiar.

—Abuela, por favor.

—¿Qué le parece, doña Isabella, si cambiamos de tema y nos habla de su romance con Didier?

—Que es una manera sutil de decirme que cambie de tema, pero no importa, te contaré lo que quieras saber, aunque si prefieres te lo puede contar Lorenzo.

—Abuela, la única historia que voy a contar algún día es la estupidez que estoy haciendo ahora mismo, nada más.

—Siempre tan aburrido, hijo, pues comienzo entonces, ¿qué quieres saber?

—¿Cómo se conocieron usted y Didier?

—Pues de una forma inesperada ya que casi me mata con el coche.

—¿Qué?

—Pues que estuvo a punto de atropellarme sin querer con el coche. Yo salía de la peluquería tan distraída que no me di cuenta de que había cruzado la calle sin mirar. Si Didier no hubiera tenido buenos reflejos al volante yo no estaría aquí ahora mismo. Salió del coche y me ayudó a levantarme del suelo. Cuando nuestras miradas se encontraron algo muy especial ocurrió entre nosotros.

—Es maravilloso, y ¿qué sucedió después?

—Bueno, en un primer momento nos despedimos y todo quedo ahí hasta que nos volvimos a encontrar de nuevo por casualidad en una librería donde yo solía ir a comprar mis libros favoritos. Como comprenderás en esos tiempos no había móviles ni correos electrónicos, así que nos dimos la dirección postal para enviarnos cartas de vez en cuando para mantener el contacto. Pues de ahí todo empezó a ir más lejos hasta que terminamos por enamorarnos perdidamente.

—Creo que ya estamos a punto de llegar a Paris —dijo Lorenzo, sin apartar sus ojos de la ventanilla de su jet privado.

Al escuchar eso miré por la ventanilla que tenía justo a mi lado y pude ver a lo lejos la torre Eiffel—. ¡Qué maravilla! No me puedo creer que este en Paris.

—¿Nunca has estado en París? —me preguntó doña Isabella al verme tan emocionada

—No, nunca.

—Pues te va a encantar, ya que es una de las ciudades más bonitas y románticas del mundo. Lorenzo, imagino que tú vas a ser el guía de Fiorella. —Lorenzo apartó la mirada de su periódico y miro a su abuela con cara de pocos amigos.

—No es necesario, doña Isabella, yo soy muy buena con los mapas y callejeros, además he visto tantos videos sobre esta ciudad que ya es como mi segunda casa.

—De ninguna manera, hija, no puedo permitir que vayas sola. —Lorenzo no la dejó terminar la frase ya que en ese momento el jet empezaba a aterrizar.

—Pónganse el cinturón de seguridad porque estamos a punto de aterrizar en Paris.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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