• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 6

 

Habían pasado ya más de dos horas y doña Isabella permanecía encerrada en el despacho de Lorenzo. Yo estaba allí sentada en el sofá de aquel amplio salón con grandes ventanales, desde donde se podía ver la belleza de la cumbre de Gran Canaria. Me levanté del sofá y fui hacía la ventana para disfrutar del paisaje, mientras disfrutaba de una taza de té que minutos antes me había traído la asistenta de doña Isabella. Estaba tan perdida en mis propios pensamientos que ni cuenta me di cuando una mano se posó sobre mi hombro.

—Fiorella ya le enviado el e-mail. —Doña Isabella había salido del despacho de su nieto con los ojos lagrimosos.

—¿Y?

—Me ha contestado.

—¿Qué le ha dicho?

—Bueno, no me ha contestado él directamente sino su nieto, me ha dicho que su abuelo está muy mal y que su último deseo antes de morir es volver a verme.

—¿Tan mal está?

—Me temo que sí, ahora debo esperar a mi nieto para partir cuanto antes a Paris, que es donde está viviendo Didier.

—Lorenzo está enterado de lo suyo con Didier.

—Para nadie de mi familia es un secreto, ya que siempre han sabido que me casé a la fuerza con mi marido. Nunca le quise ni él a mí tampoco. Si nos mantuvimos juntos fue solo por mantener las apariencias.

—Debió ser duro vivir una vida así.

—Al principio sí, pero cuando llegó mi primer hijo y luego mi hija todas mis prioridades cambiaron y mi amor por Didier paso a un segundo plano, aunque nunca dejé de esperar que apareciera de nuevo, pero no estando ya en las últimas.

—Lo siento, la verdad es que cuando recibí por casualidad esta carta no dude en buscar a la dueña de ese amor tan bonito, pero ahora que sé la verdad no sé si hice bien en venir.

—Por supuesto que sí, quiero estar con él aunque sea por unas horas, días o incluso minutos. Tengo tantas cosas que decirle antes de que, bueno no quiero pensar en eso, solo tengo una petición, ¿puedes venir conmigo a Paris? —me preguntó sujetándome con fuerza por ambos brazos.

—Me encantaría acompañarla, doña Isabella, pero me temo que mi presupuesto no da para mucho más.

—Por eso no te preocupes, hija, a mí el dinero es lo que menos me preocupa, lo único que quiero saber es si vas a venir conmigo.

—Yo no tengo problemas, pero a lo mejor a Lorenzo no le parece…

—No le parece ¿qué? —Me gire rápidamente al escuchar aquella potente voz detrás de mí y me encontré de nuevo con esos impresionantes ojos verdes mirándome. Llevaba puesto unos pantalones azules y una camisa blanca de seda con tres de los botones de arriba desabrochados que dejaban entre ver parte de su musculoso torso bronceado con una ligera mata de pelo.

—Verás, hijo, necesito viajar a Paris a primera hora de la mañana.

—¿Y eso por qué, abuela? ¿Vas a ir de compras o a visitar a una amiga?

—Ni una cosa ni otra, hijo, voy a ver a Didier.

—¿Didier? ¿Qué Didier?

—Sabes perfectamente de quién te estoy hablando, hijo —contestó doña Isabella enfadada con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Sí lo sé, abuela, pero ya sabes lo que pienso de todo eso.

—Sabes que es una parte importante de mi vida que no puedo borrar, y ahora tengo la oportunidad de volver a verlo antes de que…

—Y ¿cómo sabes que es él?

—Lee la carta que me ha traído Fiorella desde Verona. —Sacó la carta del bolsillo de su vestido azul y se la dio a su nieto.

—Esta carta la has traído tú, pero ¿qué juego es este? —Su tranquilo semblante ahora era serio y me miraba de una manera poco amistosa.

—Tú lee la carta, hijo, y después sabrás el resto —protestó su abuela.

Tras unos escasos minutos Lorenzo levantó por fin los ojos de la carta y volvió a mirarme a mí, esta vez su mirada era algo más serena.

—¿Eres de Club de Julietta?

—Sí.

—Tú eres la chica que estuviste preguntando por mí en la recepción minutos antes del accidente. ¿Por qué te fuiste corriendo?

—La verdad es que me arrepentí y decidí salir corriendo de allí, ya que realmente no tenía muy claro lo que le iba a decir ni tampoco cómo ibas a reaccionar ante esta carta.

—Lo del accidente fue ¿truco o trato?

—No fue ningún truco, es más si no llega a ser por ese dichoso accidente a estas horas estaría en mi casa y me habría estado sintiendo como la más miserable de este mundo por cobarde. No quiero tener ningún conflicto con usted, Lorenzo, solo quiero que un amor tan hermoso como el de su abuela y el de Didier no muera en el olvido.

—Primero, de tú, por favor, y sin tanto formalismo, ya que creo no soy tan mayor para ser tratado de usted y segundo, ¿por qué no me hablaste de esta carta esta mañana?

—Porque esa carta es de doña Isabella, y creo que era ella la primera que debía leerla.

—Venga, hijo, no seas tan borde, necesito viajar a Paris cuanto antes y quiero que Fiorella venga conmigo.

—Sabes que mi avión privado está a tu disposición, abuela, pero si tú pones condición yo también pondré la mía.

—Y ¿cuál es hijo?

—Voy con ustedes.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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