• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 5

 

Me sentía muy relajada, pero aun así abrí lentamente los ojos ante la insistencia de las llamadas que oía.

—Señorita, necesito que abra lentamente los ojos y luego siga la luz sin mover la cabeza con las pupilas.

Nada más abrir los ojos me encontré delante una intensa luz que tuve que seguir sin mover la cabeza.

—Yo la veo perfectamente, ya le hemos hecho un escáner y no hemos visto nada fuera de lo normal salvo un ligero chichón sin importancia.

—¿Está seguro, doctor? Lleva inconsciente varias horas.

—Es normal por la impresión, pero por lo demás está bien. Ahora me voy y un rato y vuelvo en quince minutos.

—¿Dónde estoy? —conseguí decir mientras me sentaba en la cama.

—En mi casa. —No me lo podía creer estaba en la casa del hombre de los ojos verdes que me había ayudado tras el accidente.

—¿En su casa? Pero ¿Qué hago yo aquí?

—¿No se acuerda del accidente?

—Por supuesto que me acuerdo del accidente, lo que no sé es ¿qué hago aquí? ¿No tendría que estar en un hospital?

—El hospital está bastante lejos de aquí, justo en la capital de la isla y me pareció que era mejor que viniera mi médico a revisarla.

—Se lo agradezco, la verdad, pero creo que me voy ya, necesito volver a mi casa antes de que mi familia se preocupe por mí.

—Ya les he llamado, y me han dicho que iban a venir a buscarla enseguida.

—Les ha llamado ¿pero cómo ha conseguido el número?

—Me he tomado la libertad de mirar su móvil en busca de un familiar cercano y salió en la lista de llamadas su tía.

—¿Me puede devolver mi móvil, por favor?

—Lo tiene ahí justo dentro del su bolso. —En ese momento no pude aguantar más y me puse de pie furiosa.

—¿Cómo se atreve a tocar mi bolso y a traerme a esta casa sin mi permiso?

—No le toque nada tan solo llame a su pariente más cercano para que viniera a buscarla, y con respecto a lo de traerla a mi casa, ya le explique antes que era lo mejor ya que el hospital está bastante lejos de aquí.

—Disculpe es que he estado algo nerviosa estos días y me temo que… —No me dio tiempo a disculparme ya que la puerta de la habitación se abrió de repente.

—Señor Conti, la tía de la señorita ya está aquí.

—Perfecto, dígale que suba, por favor.

—Conti, ¿es usted el señor Conti?

—Sí, así es, ¿me conoce? —preguntó extrañado ante mi pregunta.

—No, sí, bueno no sé qué decirle exactamente.

—Es bien sencillo, sí o no.

—Vera es que… —Como en el caso anterior no me dio tiempo a terminar ya que mi tía entró en la habitación en ese momento y nos interrumpió.

—Hija, ¿pero qué te ha pasado?

—Nada, tía, ha sido solo un accidente, nada más. Estoy bien.

—¿Estás segura?

—Sí, además tía tengo que presentarte a una persona, bueno al héroe que me ha traído aquí a su casa y me ha rescatado .

—¿Quién?

—Pues nada más y nada menos que el señor Conti.

—¿Qué? ¿Usted es el señor Conti?

—A ver, ¿alguien me puede explicar qué está pasando? —gritó el señor Conti.

—Nada. —Me puse de pie—. Es solo que mi tía tiene familia en Tejeda, y ya sabe cómo son los pueblos, todo el mundo se conoce y más cuando es alguien tan importante como usted. ¿Verdad, tía? —Le lance una mirada asesina a mi tía como advertencia para que fuera más discreta.

—Sí, es eso nada más, encantada de conocerle, señor Conti.

—Bueno, mi tía ya se marchaba.

—No, qué va —refunfuñó mi tía.

—Tía, tienes que marcharte ya, ya sabes que tienes que recoger el niño del colegio.

—¿Qué niño? ¿Tiene hijos?

—No, qué va, para nada. Son los hijos de mi primo, ¿verdad, tía?

—Sí, ellos son.

—La verdad es que me encuentro algo mareada. —Empecé a tambalearme hasta llegar a la cama.

—¿Se encuentra usted bien? —El señor Conti fue a donde me encontraba yo y se sentó a mi lado, preocupado.

—Sí, bueno, no necesito que venga el doctor para que me tome la tensión.

—Voy a buscarlo antes de que se marche.

—Sí, por favor. —Mientras el señor Conti salía de la habitación y cerraba la puerta yo le hacía señas a mi tía para que se sentará a mi lado.

—Hija, este señor Conti es todo un monumento la verdad es que no podía imaginar que un señor tan importante pudiera ser tan joven.

—Olvídate de eso ahora, tía, necesito que te marches y me dejes aquí sola.

—¡Vaya! Veo que no te gusta perder el tiempo hija, pues te dejo para que…

—Te quieres dejar de tonterías tía, no quiero ligar con él, quiero quedarme aquí para hablar con la señora Isabella Conti, ella es su abuela ¿recuerdas? Además, ¿no te has dado cuenta de la pinta que tengo? Parezco una loca, con el pelo todo enredado y estos jeans sucios y desgastados por el tiempo.

—Bueno, pero aunque tengas que solucionar ese pequeño tema no puedes negar que el chico no está nada mal —refunfuñó—. Además, la culpa es tuya, no quieres arreglarte como es debido siempre estas con jeans y camiseta.

—La verdad, tía, es que ahora mismo no estoy buscando pareja, sino arreglar este dichoso tema de una vez.

—Venga, me voy ya, pero ya sabes que un bombón nunca amarga a nadie.

Mientras mi tía salía de la habitación para marcharse el señor Conti entró seguido por el médico.

—¿Se encuentra bien? Me ha dicho el señor Conti que le han dado mareos.

—Sí, me dieron, pero ahora ya estoy mejor creo que es porque estoy muerta de hambre, no he comido nada desde esta mañana.

—¿Quiere comer aquí en la habitación? —me preguntó mientras me ayudaba a poner de pie sujetándome suavemente por el brazo.

—La verdad es que no me gustaría comer aquí sola, pero tampoco quiero molestar a su familia y mucho menos a su mujer.

—No estoy casado.

—¿No? No me puedo creer que un hombre tan guapo como usted este soltero. —En ese momento me quede callada, no me podía creer que hubiera dicho eso en voz alta.

—¿Le parezco a usted guapo, señorita? Por cierto, ¿cómo es su nombre? En un solo día la he atropellado, rescatado y hablado con su familia y aún no sé ni su nombre.

Roja como un tomate ante mi torpeza titubeé como pude mi nombre.

—Fiorella, me llamo Fiorella.

—Fiorella, bonito nombre, ¿es usted italiana?

—Bueno, en realidad soy una mezcla padre italiano y madre canaria.

—Creo que yo me voy ya —dijo el doctor al ver que ninguno de los dos le hacíamos caso.

—¿Le acompaño a la salida, doctor?

—No hace falta, señor Conti, mejor quédese haciéndole compañía a la señorita Fiorella. —Haciéndome un guiño con el ojo izquierdo salió de la habitación.

—¿Vive aquí usted solo, señor Conti?

—Vivo con mi abuela Isabella.

—¿Y sus padres y hermanos?

—Mis padres murieron hace años en un accidente y no tengo hermanos, por desgracia soy hijo único.

—¿Y usted? —me preguntó mirándome directamente a los ojos.

—También estoy sola, por desgracia también soy hija única y mis padres murieron hace algunos años.

—Parece que tenemos bastantes cosas en común.

—Pues sí. —Asentí con la cabeza para apartar mi vista de su mirada.

—¿Le apetece bajar a comer?

—Pues la verdad es que sí, ¿estará su abuela?

—Sí, ¿por qué quiere conocerla? —me preguntó extrañado.

—La verdad es que sí.

—Pues vamos entonces a ella le encanta recibir visitas.

Mientras salíamos de la habitación se detuvo de repente.

—Por cierto, mi nombre es Lorenzo.

—Lorenzo, bonito nombre. —Otra vez volví a hablar en voz alta sin darme cuenta.

—Sí, Lorenzo, así que ya podemos tutearnos si no te importa ya que lo de señor Conti me hace sentir mayor.

—Sí, no me importa, bueno, quiero decir que si a usted, bueno a ti no te importa pues a mí tampoco.

—Bajemos ya entonces. —Me indicó el camino a seguir levantando suavemente la mano derecha.

Mientras bajábamos por una impresionante escalera de mármol, con barandales de bronce, no pude evitar fijarme en todos los cuadros que estaban colgando de las paredes. Había muchas fotos familiares y varios cuadros de paisajes canarios. Entre ellos, uno que llamó poderosamente mi atención donde se veía el Roque Nublo y al Teide detrás. Me paré en seco para verlo mejor y sin darme cuenta di media vuelta para preguntarle quien lo había pintado y choque de frente con él.

—¡Lo siento! No me di cuenta de que estaba tan cerca. —Nos quedamos a escasos centímetros mirándonos frente a frente.

—La culpa es mía, sin duda, por no detenerme a tiempo, ¿ibas a preguntarme algo?

—Sí, quería saber ¿quién pintó ese cuadro?

—Pues si quieres que te diga la verdad no lo sé, ya que fue un regalo de mi abuela.

—¿Puedo mirarlo más de cerca?

—Por supuesto.

Me acerqué con mucho cuidado, ya que quería ver un pequeño rincón del cuadro. El mismo rincón donde mi padre firmaba cada una de sus obras con una pequeña d de Dante. Y como me imaginé desde el principio ahí estaba.

 —No te lo vas a creer, pero este es uno de los primeros cuadros de mi padre, y este justamente es el que le regaló a mi madre el día que le pidió matrimonio.

—Un cuadro puede esconder muchos misterios, y este es uno de ellos —dijo dedicándome una ligera sonrisa.

—Mi madre lo vendió pocos meses después de la muerte de mi padre. No quería tenerlo en casa, ya que cada vez que lo miraba le recordaba a él y se sentía muy mal. Me alegra que lo tenga usted, bueno que lo tengas tú.

—Querido, ¿quién es esta chica tan guapa? —Una señora de alrededor de ochenta años estaba mirándonos fijamente a los pies de la escalera. Estaba vestida elegantemente con un vestido de color azul turquesa de seda y un perfecto recogido en el pelo de color plateado que le daba un toque muy sofisticado—. ¿Y bien?

—Te presentó a la señorita Fiorella Mancini.

—¿Italiana?

—Sí y además de Verona, señora Conti.

—Verona, ha pasado ya tanto tiempo desde que estuve allí por última vez.

—¿Cuánto tiempo, señora Conti? —pregunté mientras bajaba lentamente por las escaleras para ir a su encuentro.

—Pues casi veinte años ya, tuve que irme tras la muerte de los padres de Lorenzo para cuidar de él.

—Así es, mi abuela de la noche a la mañana se convirtió en mi padre y madre a la vez, y la verdad es que siempre le estaré eternamente agradecido. ¿Vamos ya a comer?

—¿Te vas a quedar hoy con nosotros Fiorella? —me preguntó la señora Conti mientras se cogía de mi brazo.

—Bueno, no sé no quiero molestar.

—Tranquila, no molestas, además me gustaría que te quedarás aquí hasta mañana para quedarme más tranquilo.

—¿Tranquila por qué hijo?

—Verás abuela la razón de que Fiorella este aquí es que la atropelle con el coche esta mañana.

—¿Qué? — al ver que la señora Conti se estaba poniendo muy nerviosa me puse frente a ella para tranquilizarla.

—No fue culpa de su nieto, la verdad es que fue todo culpa mía, crucé sin mirar la calle.

—Pero ¿tú estás bien, verdad?

—Sí, señora, gracias a los cuidados de su nieto estoy como nueva.

—Pues vamos a comer entonces, antes de que termine de desmayarme por una bajada de tensión por los nervios.

Nada más terminar de comer nos fuimos a sentar al salón las dos solas, ya que Lorenzo se tuvo que marchar a trabajar.

—Bueno, ahora que estamos solas, querida Fiorella, me tienes que poner al día con respecto a Verona, cuéntame cómo va todo por allí. ¿Conoces el club de Julietta?

—No solo lo conozco, señora Conti, además colaboro allí por las tardes contestando las cartas que llegan.

—¿No me digas que tú colaboras con el club de Julietta? ¿Sabes que yo también lo hacía cuando vivía en Verona?

—Lo sé, señora Conti.

—Y tú ¿cómo puedes saber eso? ¿Eres hija de alguna de mis compañeras?

—No, no soy hija de ninguna de sus amigas.

—Y entonces ¿cómo puedes saber eso?

—Verá, doña Isabella, la razón de que yo sepa eso es que he recibido esta carta en el club de Julieta dedicada a usted. —Isabella cogió la carta entre sus manos y con mucho cuidado la abrió y empezó a leerla.

—¡Dios mío! Es de Didier, pero ¿cómo es posible? ¿Cuándo llegó esta carta?

—Hace menos de una semana. —Isabella se puso de pie y empezó a caminar nerviosa por todo el salón de un lado para el otro sin parar.

—No me lo puedo creer Didier está vivo y me está buscando. ¿Dónde está? ¿Sabes dónde vive?

—No, pero podemos averiguarlo enviándole un e-mail a su nieto, ya que él fue el que se puso en contacto no nosotras.

—¿Tienes el e-mail ahí?

— Sí, lo tengo anotado en la agenda.

—Vamos al despacho de mi nieto para que le respondas al e-mail.

—¿Usted utiliza correo electrónico propio?

—Sí, para contactar con mis amistades.

—Pues, doña Isabella, creo que será mejor que sea usted misma la que responda a este e-mail en privado.

—¿Tú crees?

—Sí, ahora es su momento, doña Isabella.

Doña Isabella entró en el despacho de su nieto y tras cerrar la puerta todo fue silencio en aquel salón.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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