• Autor/a: Dalia Ferry
  • Actualización: Diciembre 2019

Cuando Romeo se cruzó con Julieta

Capítulo 4

 

Llevaba tres días en Gran Canaria y aún no me había atrevido a ir a ninguna parte. Me había pasado las horas muertas sentada en la terraza de la casa de mi tía mirando el mar, mientras intentaba explicar con mis propias palabras el motivo de mi visita, pero por mucho que lo ensayaba no encontraba las palabras.

—Fiorella aquí tienes la dirección de ese hotel, como puedes ver esta justo en el mismo centro del pueblo de Tejeda.

—No sé, tía, creo que me estoy arrepintiendo.

—Arrepintiendo ¿de qué?

—De todo esto, tía, no sé si es buena idea ir a hablar con ese hombre, además ¿qué le voy a decir? Perdón, señor Conti, necesito que me preste a su abuela para que solucione un pequeño romance de su pasado.

—Sé que puede resultar algo difícil, Fiorella, pero esa carta cayó en tus manos y como buena ayudante de Julieta tienes que estar a su altura.

—Está bien, tía, dame esa maldita dirección.

—Por cierto, Fiorella, no olvides coger el coche del garaje, así llegarás antes.

—Está bien.

Hasta mi tía se había puesto de parte de esa pareja de enamorados, pero ¿por qué a mí? ¿Por qué tuvo que caer en mis manos esa maldita carta? Ahora tengo que enfrentarme yo sola a un total desconocido, que seguramente me va a tomar por la loca de turno. Bueno, como dice mi tía, ya no hay marcha atrás así que ya estoy tardando en arrancar el coche.

En menos de una hora ya estaba en el centro de la isla. Era principio de febrero, así que los almendros estaban en flor preparados para dar sus mejores almendras. Dejé el coche en las afueras del pueblo y me eché a andar disfrutando de su paisaje y aromas. Hacía años que no venía por la isla, ya que tras la muerte de mi madre evité visitar sus lugares favoritos, pero ahora que estaba aquí no podía dejar de sentirme tranquila y a la vez feliz de volver a las raíces de mi madre.

Nada más llegar al centro del pueblo vi un cartel que indicaba el camino a seguir para llegar hasta el hotel. Así que sin pérdida de tiempo lo seguí. Un par de metros más allá me encontré delante del hotel con muchas dudas y pocas palabras que decir. Así que entré por la puerta principal y fui directa a la recepción, donde se encontraban dos recepcionistas, que nada más verme llegar me saludaron con una amable sonrisa.

—Buenos días, señorita. ¿En qué podemos ayudarla?

—Necesito hablar con el director de este hotel, el señor Conti.

—¿Tiene usted una cita con él hoy?

—La verdad es que no.

—Entonces no creo que pueda recibirla hoy, señorita. Si quiere le tomo nota y la aviso cuando el señor Conti tenga un hueco disponible.

—No creo que pueda esperar, necesito regresar cuanto antes a Verona por motivos laborales.

—Pues lo siento, pero es lo único que puede hacer por usted en estos momentos.

—Gracias, pues anote ahí que soy… —iba a decirle mi nombre pero me arrepentí en el último momento y me di media vuelta y salí a toda prisa de allí. Había hecho lo que había podido por ayudar a los dos enamorados, pero mi trabajo terminaba ahí. Salí corriendo del hotel lo más rápido que pude sin mirar atrás y haciendo caso omiso a la recepcionista, que me llamaba desde la puerta extrañada por mi huida. No quería saber nada más, así que hice un rápido movimiento de cabeza para indicarle a la recepcionista que no necesitaba nada, cuando sentí un fuerte golpe en las piernas que hizo que perdiera el equilibrio y cayera sin remedio sobre el asfalto de la carretera.

Estaba tan aturdida que ni cuenta me había dado de que un coche me había golpeado y estaba tirada en la carretera. No me dolía nada, tan solo sentía un fuerte ardor en la piernas y las palmas de las manos. Me tumbé sobre el asfalto y cerré los ojos lentamente, mientras escuchaba a mi alrededor muchas voces que gritaban cada vez más, todas menos una.

—Apártense de ahí, por favor, la chica necesita tomar aire —protestó una voz masculina con un marcado acento italiano—. ¿Se encuentra bien, señorita? —me preguntó, mientras me ayudaba a levantar un poco la cabeza. Yo como pude volví a abrir los ojos y nada más hacerlo me encontré delante de uno de los hombres más atractivos que había visto en mi vida. Ojos verdes y un impresionante cabello de color castaño claro—. ¿Se encuentra bien? ¿Puede oír lo que lo estoy diciendo?

—Sí —logré decir mientras me sentaba lentamente—. Estoy bien, no me duele nada, ¿puede ayudarme a ponerme de pie?

—Sí, por supuesto. —Puso una mano detrás de mi brazo y me levantó rápidamente sin problemas de suelo como si no pesará nada—. ¿Se puede tener en pie sola?

—Sí, puede soltarme, me encuentro bien.

A mi alrededor había mucha gente tanta que apenas me llegaba el aire para respirar. El coche que me había golpeado estaba delante de mí

—¿De quién demonios es este coche? —grité mientras todo a mi alrededor espesaba a girar cada vez más rápido.

—Mío —respondió el hombre de ojos verdes que me había ayudado a levantar del suelo. Eso fue lo último que oí antes de ver todo negro.

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Imágenes de portada: stock.adobe.com

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